Producción campesina: entre amenazas y el silencio oficial

(Corregimiento de San Cristóbal)

Por Álvaro Lopera

Cultivos y Paisaje veredal, Fotos: Álvaro Lopera

En una vereda del corregimiento de San Cristóbal, desconocida por muchos, llamada San José de la Montaña, donde habitaban cerca de 250 familias ancestrales campesinas que han producido sus alimentos en pequeñas parcelas, se sumaron cerca de cien familias más debido a la expansión urbana de Medellín, es decir, se acrecentó el número de habitantes con nuevos dueños de la tierra que llegaron para quedarse como vecinos improductivos, con sus fincas o casas de recreo pequeñas o grandes, más que como productores.

Allí, si se observa de lejos, solo existe esta convivencia no natural de vecinos productivos e improductivos; pero no, debajo del tejido social y aparte del gran conocimiento ancestral que subsiste y se impulsa en las actividades productivas de la familia campesina, existe una amenaza endémica en todas las veredas del corregimiento: la de grupos armados que como parásitos succionan la riqueza generada con las manos campesinas y hacen que el proceso de emigración hacia las ciudades se acelere, sin que aparezca en el horizonte la mano de una autoridad que ponga fin a esta espada de Damocles.

En Medellín existe un proceso centrífugo de expulsión de habitantes de las ciudades que pasaron a poblar las zonas suburbanas y agrarias del Área Metropolitana por motivos de contaminación de todo tipo (ambiental, ruido), inseguridad, calentamiento lento de la ciudad con el fenómeno del albedo el cual nos cobra en las noches la absorción de calor del cemento de las innumerables construcciones y del asfalto durante el día. A lo anterior se agrega el fenómeno de inversión financiera y non sancta, esto es, hay mucho dinero legal e ilegal que se mueve en la dirección de la compra de terrenos en las zonas más frías de Medellín como Santa Elena, San Antonio de Prado, Palmitas y San Cristóbal, en busca de lo que se conoce como la plusvalía de la tierra y del lavado de monedas extranjeras.

Se ha ido perdiendo la tradición y vocación campesinas –y eso es un fenómeno nacional-, sumado a la violencia, porque los jóvenes han ido saliendo a las ciudades, en tanto, además de las amenazas, no hay valoración del trabajo ni oportunidades reales para ellos y estos, al vivir esa situación objetiva, migran. Después los padres, viejos, cansados de lidiar con algo que no es defendido ni valorado por nadie, gobierno, población, deciden vender todo el terruño o solo una parte de él para tener así unas pequeñas entradas que de otra manera nunca lograrían.

La llegada a la vereda

Se puede acceder por dos vías: La tradicional, ahora abandonada por el Estado que partía del corregimiento de San Cristóbal y ascendía hasta la vereda por la carretera a Boquerón; pero esta, tras el abandono que sufrió con la apertura de la carretera de Occidente, que por medio del túnel se conecta a Medellín con Santa Fe de Antioquia, fue olvidada y pasó a ser casi que una vía secundaria. Y la segunda, por la vía que conecta al túnel de Occidente desde San Cristóbal: antes del peaje, se hace un giro a la derecha y se sube en cualquier móvil hasta el destino final. O sea, estamos hablando de hasta 10 kilómetros para llegar a las viviendas campesinas en San José, lo cual agrega costos para mover los productos campesinos.

Es de aclarar que la segunda vía derivada de la principal, antes del túnel, fue hecha enteramente por la comunidad: ellos contrataron máquinas, pusieron la mano de obra, y el Estado solo se limitó a mirar.

La producción

“Las familias son tradicionalmente nucleares, esto es, hay presencia de los dos padres. Los hombres preparan la tierra, abonan, y las mujeres hacen parte fundamental de la producción familiar a veces en zonas faldudas y otras en zonas planas. Los hombres hacen los trabajos más rudos y las mujeres se dedican a desyerbar, a cosechar, es decir, a labores que no requieran fuerza bruta”, afirmaba con ahínco Mariela, una vecina del sector.

La labor de las mujeres es central, se puede decir que la labor cultural la realizan ellas en las huertas. Además, tienen sus pequeñas huertas, donde se siembra lo más básico de la alimentación: la cebolla, el cilantro. Normalmente están a cargo de las semillas, es decir, ellas fortalecen enormemente, con su trabajo cotidiano, la economía familiar.

En vista de que una huerta no puede producir toda la alimentación que requiere una familia, los campesinos establecieron hace mucho tiempo formas de intercambio, entre ellos, el trueque de alimentos. De esta manera las economías familiares se robustecen al hacer estos intercambios y el dinero normal pierde, entre ellas, el valor que tradicionalmente se le da.

Mariela dice que, debido a estas formas de intercambio, donde se pierde el concepto de dinero y se trastoca por el de alimentación sana y satisfactoria para toda la familia, se podría hablar de soberanía alimentaria. “En pandemia las familias campesinas del sector fuimos, en cierta forma, autosostenibles con lo que cultivábamos. Nos sostuvimos con lo que teníamos, con lo que cosechábamos e intercambiábamos entre nosotros, entrando naturalmente en la modalidad de una economía sostenible. Naturalmente teníamos que vender parte de nuestra producción porque no todos los alimentos se pueden cultivar en tierra fría. Pero nunca nos faltó el alimento en nuestra mesa”.

Aproximadamente una cuarta parte de lo que cosechan lo intercambian, y un 75% lo llevan a la venta pues no son autárquicos. Los que tienen familia en tierra caliente, intercambian entre ellos por medio del trueque y tienen que vender menos, pero la gran mayoría tienen que vender para conseguir el resto de alimentos que le quedarían faltando en la mesa familiar.

“En los mercados campesinos semanales también nos encontramos campesinos de distintas regiones y allí también se dan trueques importantes. Lo anterior hace que el mercado campesino sea muy fuerte en lo concerniente a la economía de todas las familias. Hay muchas mujeres que se dedican a las plantas medicinales, aromáticas y con ellas se dan los intercambios de productos, haciendo de ello una economía marcadamente femenina”, me explicó Mariela como una maestra.

Cuando los campesinos tienen el dinero en sus manos, van a las tiendas del corregimiento y adquieren los otros alimentos que complementan la producción familiar, es decir, si hubiera una posibilidad de intercambiar libremente los productos de cada región, el dinero sobraría de la escena campesina, solo que lo anterior empieza a ser utópico cuando se ven sometidos a comprar muchos insumos para la agricultura y para la vida cotidiana. Respecto de la proteína animal, el campesinado está sufriendo el embate de los altos precios de la carne de ganado vacuno, y por ello decidieron empezar a producir pollos campesinos orgánicos, pues estaban siendo esquilmados por la inflación.

Repensar las actividades cotidianas

Mariela, hablando de la cotidianidad, me comentó algo relacionado con el contexto actual: “Ha habido un retorno al sistema tradicional de tener una vaca, gallinas ponedoras y pollos orgánicos, producto de las necesidades objetivas de la producción y el intercambio. La agroecología se está mirando de una manera más activa; es así que la agricultura ancestral nos está llamando de nuevo, esa producción que era sin químicos, sin venenos. Pero debo reconocer que es la actual situación económica la que está forzando al campesino a volver a las viejas prácticas. Hace veinte años nos miraban, en términos sociales, como locos porque todo el mundo estaba convencido que la agroecología, con todo lo que ello significa, no podía aplicarse de tal forma que se pudiera vivir de ella”.

Lo que se está viendo ahora con la dependencia y los costos de los insumos, de las semillas es la necesidad de retornar a las prácticas tradicionales de custodiar semillas, abonar con compost, con gallinaza como la llaman los campesinos; mirar la lombricultura como una oportunidad, etc. Los precios se treparon a las nubes, y según Mariela, ya nadie tiene el mejor bolsillo para proceder a comprar lo que les ofrecen en las tiendas especializadas.

Pero va a haber un problema: se va a presentar escasez de producción, pues los suelos están contaminados con los agroquímicos y debe el campesinado esperar que se desintoxique aquello envenenado por tantos años. “Va a pasar mucho tiempo mientras lo anterior sucede y la economía familiar va a sufrir, a lo que se agrega que las técnicas agroecológicas en muchos sectores no se conocen, y por ello la ONU empezó a incursionar en la educación para sobrepasar la revolución verde”, sostiene nuestra amiga. “Las mujeres ahora están jugando un papel muy importante pues están en otro proceso educativo con sus hijos, mostrándoles que el campo es todo un proyecto de vida y les están hablando de la importancia de permanecer haciendo las labores productivas, pues la ciudad, por veces el miedo y la falta de oportunidades, los mantiene con la mirada puesta en el desplazamiento, en la salida de su tierra”. Todo indica que hay un cambio, casi que una revolución cultural en ciernes, pues asegura Mariela que en las escuelas hay una campaña lanzada hace un buen rato para enseñarle a los niños que la tierra es vida, que de allí salen los alimentos, que la tierra no significa ensuciamiento de las manos, sino vida sana.

El papel fundamental de las mujeres

Han implementado bancos de semillas y el intercambio de estas. “La mejor forma de cuidarlas, de preservarlas es sembrándolas, no guardándolas en la nevera”, aclara Mariela. Conversan con la red de huerteros, con Corantioquia, y cada familia siembra y retorna las semillas después del sembrado. Es toda una circularidad que la han aprendido, que la han desarrollado instintivamente. Tienen en este contexto una asociación de mujeres, llamada Asociación de Mujeres Campesinas Siempreviva” que nació hace veinte años, donde “participamos cerca de veinte –llegaron a tener presencia cerca de cien mujeres, muchas de ellas migraron, murieron, pero se llevaron el conocimiento-, pero nos ganamos grandes apoyos porque movemos semillas, movemos ideas como la implementación de la huerta femenina, cultivada exclusivamente por la mujer para mejorar la economía familiar y darle a ella esa autonomía importante que requerimos todas. Se pasó pues de comprar en la tienda, básicamente harinas, a sembrar legumbres, hortalizas, para diversificar la mesa de cada hogar”.

Violencia contra la comunidad y en especial contra la mujer

A pesar de esta construcción social que ya lleva décadas, en donde la mujer ha jugado un gran papel en la economía familiar, se observa en el panorama social desde hace más de quince años, la presencia del lumpen en la zona. Existen bandas armadas derivadas de las AUC que se mueven como Pedro por su casa sin que nadie les ponga fin y ninguna autoridad haga nada por detenerlas.

Hace varios años, en otro recorrido por las veredas, nos encontramos que el campesinado casi que tiene que compartir su trabajo con estos combos que se la pasan extorsionando y poniendo las reglas de juego ilegales y violentas; y han medrado tanto, que hasta familias y propiedades tienen en la zona. Su rutina es caminar de finca en finca y amedrentar a todas las veredas haciéndoles conocer que tienen que pagar vacunas para poderse quedar en la tierra, lo que agrega una variable más a la inestabilidad de los jóvenes y campesinos.

Pero a todas estas, y ante la falta de acción de las autoridades, los campesinos y campesinas les han plantado cara y muchos, de una manera individual, hacen caso omiso de las extorsiones; en resumen, se han enfrentado al miedo, pero, aun así, siguen haciendo de las suyas con campesinos que tienen en su haber galpones u optan por construir vivienda u otras infraestructuras.

Hace tres años, la lideresa Mery Hernández fue asesinada por ellos, crimen que quedó en la impunidad. Causa: haberlos enfrentado con la palabra y con los hechos, negándose a pagar las vacunas, e incitando a los vecinos a que hicieran lo mismo. El lumpen le cobró su osadía: encerraron unos perros pitbull y no los alimentaron por varios días; cuando la campesina pasaba cerca del lugar donde los tenían enjaulados, los soltaron, asesinándola de una manera horrible, recordando las perradas que hacían los españoles con la población indígena en la época de la Conquista.

En el mes de noviembre, en la parte alta de San José, un sitio cercano donde asesinaron a Mery, quemaron la chaza donde algunas de las mujeres campesinas de la vereda tenían un ventorrillo de productos agrícolas que se los ofrecían a los pocos vehículos y transeúntes que pasan por la vieja y maltrecha carretera que lleva a la parte alta de Boquerón. El motivo: habían rechazado la vacuna.

Mariela asegura que en Santa Elena las bandas están robando los carros y los productos agrícolas al campesinado que sale cada semana a los mercados que se ofertan en la ciudad, en los cuales la Administración Municipal solo participa con las carpas; con nada más.

Ninguna Administración pasada o presente se ha comprometido con este sector de la población que lucha en solitario, no solo contra la pandemia y contra las múltiples amenazas que lo desestabilizan en los corregimientos, sino también contra la falta de compromiso y de políticas públicas que lo pongan en mejores condiciones socioeconómicas y de seguridad.

La esperanza es que llegará el día en que tendremos un gobierno popular, del pueblo y para el pueblo, que sí realice la tarea y no aplace más los derechos campesinos.

Infraestructura derruida por el invierno
Paisaje veredal

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