La señora necesidad

Por Jhonny Zeta

Imagen: Jhonny Zeta

La Señora Necesidad se llama Luz Virginia, pero fue bautizada inicialmente como Luz Amparo. Del primer nombre al alias no se puede decir que haya una sola historia, es mucha tela para cortar entre anécdotas, tintos y risas.

Cuando la vi ingresando al local, me distraje de la conversación, salí a saludarla. La misma alegría, el discurso sencillo y sincero de tiempo atrás volvían acompañando su cuerpo menudo, elegante, de mujer que lleva bien puesta su dignidad. Reconocí en ella ese tipo de personalidad auténtica, magnética, que cultivan ciertos seres con la austeridad de muchos años de luchas y batallas. Se acercó a la mesa, saludó y preguntó si se podía sentar un ratico. No habían pasado cinco minutos y sus historias ya nos tenían flotando en una constelación de lugares y situaciones de la Colombia del siglo pasado.

Porque entonces –dijo- a mí muchos políticos y funcionarios públicos me llamaban “la señora necesidad”. Reía ella también entusiasmada con la explicación del apodo y las consecuencias favorables que le trajo. Al rato, la administradora del local se nos acercó increpando por qué le habíamos robado la visita y si queríamos tomar algo más. Alimentamos la despedida con frases efusivas y la promesa de volver a conversar.

Le llamé dos semanas después y acordamos vernos el sábado en la tarde. Siguiendo las instrucciones crucé el Parque Biblioteca Fernando Botero, subí las escalinatas que dan a la parte trasera, a la salida más escaleras y un callejón donde al final me esperaba.

Las loterías de la vida

Virginia vive en un apartamento modesto pero confortable. Un cuadro de la Virgen de las Lajas, algunos libros y las fotos de sus hijos y su nieta nos contemplaron apaciblemente durante toda la conversación.

Su vida ha sido un vaivén por veredas, pueblos y ciudades que ponen la infancia a florecer en el Tolima grande, entre Líbano, Venadillo, Alvarado, Anzoátegui, Fresno e Ibagué; su adolescencia, un tren rápido que le hizo saltar del tercer semestre de diseño arquitectónico en la Universidad Nacional de Bogotá para regresar a Ibagué durante las vacaciones, enamorarse y contraer matrimonio.

Reconoce que ha ganado y ha perdido mucho, pero si todo se toma como aprendizaje se siente muy afortunada y, tal vez, por eso se le nota la vocación y carisma para contar las historias propias en las que casi siempre aclara que no es supersticiosa, pero está convencida que la vida es un misterio.

Corría el año de 1970, se vio desempleada junto con su esposo, llegando a Florencia, Caquetá. Cuando vio el letrero de la Secretaría de educación se decidió a entrar solicitando empleo en cualquier cosa, quedaron de llamarla. No había cumplido la mayoría de edad, que eran 21 años, dice: Ni Guillermo ni yo teníamos título de profesionales, pero nos ofrecieron trabajo como profesores en La Bocana y Fraguita, a seis días de camino selva adentro. Guillermo no quería, pero yo le dije: si usted no se va yo sí.

La escuelita estaba hecha de yaripa o guadua, aprendieron las costumbres de indígenas y colonos, la clase de geografía la dictaba un indígena y la de educación física la hacían los y las estudiantes en el río; con ellos aprendieron a pescar y a nadar. Dos años les duró el amaño porque la violencia comenzó a arreciar en la selva. Se instalaron en un caserío llamado Yurayaco, donde nació Tania, su primera hija. Montaron una tienda, pero debían dinero a un proveedor de abarrotes que tenía los bienes embargados. Los muertos seguían contándose día a día. Virginia salió para Florencia a abonar parte de la deuda y un niño de 13 años la persiguió dos cuadras diciéndole: señorita, señorita, señorita, cómpreme este pedacito de lotería. Está bien –dice- cómo me dijo señorita se lo voy a comprar y al regreso lo guardé bajo el colchón. Volvió a Florencia a los 15 días para descubrir que se había ganado un pedacito de premio mayor de la Lotería de Boyacá.

La vida como misterio

Pagaron deudas y se fueron para Ibagué, donde nacieron sus hijos Carolina y Juan Guillermo. Cuenta que sufrieron un accidente en moto, ella perdió el conocimiento, pero en el hospital veía su cuerpo desde arriba, quería bajar a él, pero no podía; cuando lo logró despertó. Lo que sí le quitó el accidente fue la migraña que sufría.

La relación matrimonial entró en crisis y se separó, aunque ambos terminaron en Medellín con lo hijos; a ella se le ocurrió viajar a Bogotá para buscar trabajo en el Ministerio de Obras Públicas.

Se convierte en la señora necesidad

Así lo cuenta Virginia:

Llegué a Bogotá, a la casa de una prima, le dije que me prestara ropa elegante, me fui bien vestida, pero con los zapatos viejos, los que me prestaron me tallaban mucho, en el ministerio me los cambié. El vigilante me preguntó a quién necesitaba y le dije que al ministro, la secretaria mandó a decir que de parte de quién y yo le dije que de parte de la necesidad, no señora su nombre, tranquilo dígale así. Cuando volvió me dijo sonriendo: bueno señora necesidad, que pase. Huy está muy elegante señora necesidad, decía la secretaria, yo le conté mi situación.

A los tres días volví, le extendí la mano al ministro y me recibió de abrazo, pidió dos desayunos y nos sentamos a conversar. Volví a Medellín y antes de un mes me llamó el director de Obras Públicas, me dijo que la orden del ministro era que a la señora necesidad le dieran un puesto en una oficina, me dieron el puesto de secretaria de archivo y correspondencia, a los ocho días ya sabía manejar máquina de escribir. Trabajé 8 años hasta que un presidente reestructuró el ministerio. Después me dieron trabajo en la alcaldía de Sonsón, volví a Medellín, vendí libros y cosas. Así fueron pasando los años hasta ahora.

Mi hija me propuso que nos viniéramos a vivir al corregimiento de San Cristóbal, llegamos a la vereda San José de la Montaña. En el 2009 Tania murió y Guillermo en 2017. Con la lectura uno aprende que la soledad es la mejor compañía, es maravillosa. Ahora me dedico a leer y a intentar escribir, estoy gateando apenas.

Abono: A finales del siglo XIX nacía en Europa la novelista Virginia Wolf, vigente sigue siendo su obra y pensamiento. Todavía insiste diciendo: Durante la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer. Todavía reclama:Como mujer no tengo patria, como mujer no quiero patria. Como mujer, mi patria es el mundo

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