La muerte

Por Tatiana Machado

Cada uno debería, por el hecho de haber muerto, ser único como Dios”

Elias Canetti, El libro de los muertos.

Imagen: Víctor Camilo Cuartas

El pasado 18 de marzo de 2022 transcurría para mí como muchas otras tardes de viernes entre el cansancio y la alegría de otra jornada laboral que culminaba, las risas con mi compañera, el viaje en moto por una carretera rodeada de inmensas montañas entre doradas y verdes, el murmullo del río, los aromas cargados de selva y monte, los viajeros campesinos en los buses escaleras. Ahora que puedo recordar aquella tarde con detenimiento, mientras escribo la siento más vibrante y estridente y no creo poder transmitir semejantes cosas con palabras, pero lo quiero intentar porque de no hacerlo me reventaría.

Eran las tres y media de la tarde cuando escuché que mi compañera, quien manejaba la moto, me preguntó en un tono chillón: – ¿Qué es eso? –. Yo, con el miedo recorriéndome el cuerpo y nublándome el juicio, le respondí: -No sé, profe, pero no pare-. Ambas sabíamos perfectamente lo que era, el cuerpo de un joven yacía en medio de la polvorienta carretera con heridas en la cabeza; más tarde, ese mismo día, me enteraría que eran dos heridas de bala que acabaron con su vida.

Nuestros ojos no pudieron evitar la imagen, fueron unos segundos, pero es como si hubiese estado horas memorizándola: aún tenía el casco de motociclista al lado; desde su frente y hacia sus ojos chorreaban dos líneas de sangre rojísimas como nublándole la vista, pero, aunque sus ojos estaban abiertos, él ya no veía. Tenía un buso azul, jean y medias blancas: lo sé porque le faltaba un zapato que estaba más adelante, era de color negro.

Nos apresuramos y continuamos el camino hacia el pueblo. Pocos segundos después nos encontramos con el bus escalera que se dirigía a una de las veredas y que iba lleno de pasajeros. Fue en ese momento cuando vi mucho más: la familia de aquel joven esperándolo, la madre y el padre, que ignoraban la terrible soledad que padecía su hijo tirado en aquel transitado paraje, El miedo fue reemplazado por una tristeza inmensa.

Nosotras no fuimos las primeras en ver la escena, pues el viernes es uno de los días de más movimiento en las carreteras que conducen al casco urbano y el asesinato tuvo lugar a unos pocos metros de un paradero en donde funciona una tienda con billares; sin embargo, nadie estaba junto a él intentando auxiliarlo o, dadas la circunstancias, acompañándolo. A todos los que habíamos visto la escena nos había ganado el temor de que cerca estuvieran los perpetradores, esperando el menor indicio de humanidad de parte de alguno de nosotros para acusarnos de simpatizantes de quien sabe qué y nos dispararan allí mismo.

Más adelante nos encontramos el carro de la funeraria que iba a recoger el cuerpo, pues en Ituango ellos son los únicos que tienen garantizada seguridad para ir a realizar la diligencia, ya que los grupos armados no permiten que sean las autoridades. Al llegar al pueblo me sorprendió encontrarme con todo en calma y normalidad, le di un abrazo a mi compañera y le agradecí, después caminé hasta mi casa e igual que todos los demás continué con mi rutina habitual.

Esa noche no puede dormir, pensaba en cuantas cosas hubiesen podido evitar la muerte de aquel muchacho, como dicen algunos, el vuelo de una abeja o si creyera en dios un suspiro suyo. Pero nada había por hacer, ahora pasaba a ser una cifra más en el conjunto de víctimas del conflicto armado en Colombia, no único como yo lo sentía, sino otro de tantos, y comprendí por qué todo lo que me rodeaba seguía su curso.

¿Qué hacia este hecho tan especial para mí? Lo cierto es que, como casi todos los colombianos, no fui ajena al conflicto y la violencia, pero por primera vez me enfrentaba de manera tan certera a la deshumanización a la que hemos sido sometidos y sus dolorosas consecuencias. La muerte nos persigue siempre, está por todos los lugares recordándonos la fragilidad de nuestra vida y, sin embargo, no puedo creer que en ese rincón del norte de Antioquia el tiempo no se detuviera por el asesinato de uno de los suyos. Pero este país no se ha detenido en los mil años que parece que ha durado esta guerra por ninguno de nuestros semejantes.

El joven se llamaba Johan Sebastián y tenía 21 años, él o más bien su muerte cargaron de un nuevo significado las palabras de un poema leído ¿contar muertos? ¿Redondear cifras? De alguna forma comprendo por qué siento que ningún muerto es un digito para sumar a una cifra. Un asesinato, entre tantos, me enfrentó al hecho de que no importa qué tanto crea que sé de ciencias humanas y de todo en general, no dimensiono lo que la larga estela de muerte que cubre este país nos ha hecho como sociedad.

Al día siguiente, en la noche, pasé por el lugar donde lo velaban, tenía la necesidad, y estoy segura de que no era morbo, quería rendirle un homenaje; no me acerqué a ver su rostro, solo vi a quienes lo acompañaban, unos pocos, personas que lo amaban, me dejé sentir acompañada por ellos en un acto tal vez egoísta. Afuera escuché los comentarios de siempre: “En algo estaría metido”, “Seguro no era muy sano”, como si no supieran que en este país no se necesita un motivo para matar, esas palabras son solo para justificarnos, para sentirnos menos malos y sobre todo para continuar con la vida hasta que nos toque.

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