Linchamientos por doquier

Por Rubén Darío Zapata

Foto: Tomada de vanguardia.com

Escuché el escándalo cuando estaba terminando de bajar las escaleras de la estación del Metro, hacia la entrada de la Universidad de Antioquia; volteé a mirar y no vi nada extraño. Entonces intenté cruzar la calle hacia El Planetario. En ese momento vi una moto que se devolvía en contravía por la otra calle y, de pronto, se atravesaba cortándole el paso a un joven que corría desde los lados del Parque Norte e intentaba cruzar la vía hacia Carabobo.

Era medio día y el sol pegaba con fuerza desde el Cenit y, tal vez por eso, no había casi nadie en la calle. Pero una vez el chico estuvo tirado en la vía apareció gente como moscas de todas partes, casi todos hombres jóvenes que reaccionaban automáticamente ante la orden de cójanlo, cójanlo. El chico se paró como pudo y dio unos cuantos pasos a trompicones hasta la acera, en donde finalmente lo tumbaron las patadas.

Nada extraño que no fuera ladrón

El suceso me impresionó tanto, que durante toda la tarde no pude hablar de otra cosa con todo el que tenía oportunidad. Entonces no faltaron las historias extraordinarias que otras personas me contaron. El linchamiento de ladrones efectivamente parece estar de moda, no solo lo vemos directamente de tanto en tanto en la calle, sino que todos los días en los noticieros vemos noticias en donde la comunidad se organiza, cansada de la inseguridad y de la falta de eficacia de la Policía, para castigar a los ladrones y darles una lección tan contundente que nadie más se atreva a robar en la vecindad.

Sin embargo, al parecer, el linchamiento se ha convertido también en una forma de atraco, por lo menos en Medellín. Son cada vez más las historias de gente que cuenta haber sido atracada de esa manera: un grupito de hombres rodea a la presa de tal manera que no pueda correr, empieza a gritar señalándola de ladrón, mientras la golpean. Muchos de los caminantes siguen de largo, temerosos, pero otros se acercan a cooperar con la golpiza. Entonces el primer grupo deja la violencia en manos de los recién llegados, mientras se dedica a desbalijar a la víctima y a vaciar sus bolsillos. El desagraciado finalmente queda tirado en la calle, casi muerto y desbalijado, ante el desprecio de los transeúntes.

La barbarie en acción

Sin embargo, muchos de los linchados son efectivamente a ladrones cogidos infraganti. Aun así, parecen servir de válvula de escape para un tipo de personas que siempre está dispuesta a golpear y que si pasa mucho tiempo sin hacerlo puede explotar y cometer actos todavía más crueles. El caso es que el chico que cayó en la acera, al lado de El Planetario, recibió una paliza de un montón de energúmenos. En un momento determinado, el joven quedó boca arriba, ofreciéndole la cara al sol inclemente y a los justicieros despiadados. Uno de ellos, que parecía ejercer cierto liderazgo, levantó su pie a la altura de la cintura y luego descargó con toda su furia la planta de su zapato sobre la cara del hombre indefenso, que quedó como muerto. El tipo repitió la operación unas cuatro veces, cada vez con mayor violencia, mientras le gritaba al caído un montón de advertencias que el otro posiblemente ya no escuchaba. Cuando el líder espontáneo se retiró, otros se acercaron a patear a la víctima en las costillas, la barriga y la cabeza, sin que hubiera reacción. Al final, se fueron desperdigando y en el sitio solo quedó el desgraciado, inmóvil.

Una práctica perversa

No recuerdo haber visto al tipo de la moto bajarse a pegarle al presunto ladrón. Llegué a pensar incluso que había actuado de buena fe, sin saber lo que le iba a suceder al muchacho. No obstante, hablando con alguien esa tarde le comenté que lo que debía haber hecho era llamar a la Policía y entregarle al chico para que siguiera el procedimiento. La respuesta me dejó todavía más desconcertado: Eso mismo es lo que hace la Policía cuando los coge. Y es que, al parecer, por la inoperancia de la Justicia, porque los centros de detención están a reventar y porque los ladrones salen de la cárcel más fácil de lo que cuesta meterlos, cada vez se hace más frecuente que la Policía opte por atrapar al ladrón, pegarle una paliza aleccionadora y dejarlo aporreado en la calle.

La agresividad en la sociedad contemporánea

Todo lo anterior me recuerda una tesis del filósofo alemán Herbert Marcuse, modificando el principio de represión en Freud. Según Marcuse, la represión no tiene que ser la marca de la civilización. La sociedad contemporánea ha creado las condiciones para disminuir el nivel de represión que debe enfrentar el individuo para garantizar su autoconservación. Pero en la medida en que esta sociedad vive en función de la explotación del trabajo, mantiene al individuo atado a la autoconservación aún en las condiciones más extraordinarias de abundancia y desarrollo técnico. Para poder someter al individuo a esta lógica, la sociedad capitalista ejerce una represión excedente, innecesaria, que tiene que encontrar una válvula de escape por algún lado.

La agresividad que resulta de ello la canaliza la misma sociedad a través de la competencia capitalista y la consagración al trabajo. Pero en sociedades como la nuestra, con altos niveles de desempleo y subempleo, dicha válvula no funcia y, por tanto, tal agresividad se ejerce en la casa, las calles, el colegio, mejor si es en multitud, siempre contra los más débiles. Tal vez eso explique que al grito de cójanlo, cójanlo, salga gente de todos lados a participar de la golpiza, como si hubiera sido convocada a una fiesta.

Una práctica generalizada

Los linchamientos no son una moda colombiana. Hace poco Carmen Morán presentaba en El País de España el caso de un hombre que había sido linchado en México por haber robado un brócoli para saciar el hambre. El caso le sirvió a la periodista para evidenciar que el linchamiento en México es algo así como una práctica cotidiana. Solo en Puebla se contaban 78 linchamientos entre 2015 y 2019. Y esos son apenas los casos registrados. Un amigo que estuvo hace poco en Bolivia se perturbó cuando vio, en uno de los barrios más pobres de La Paz, Obejuelos, unos muñecos como los que quemamos nosotros el 31 de diciembre, colgados de los postes de la luz, con puntura roja en el pecho simulando sangre y la cabeza caída como si hubieran sido degollados. Sobre la barriga un letrero que rezaba: Yo era un ladrón. Al lado del poste una pancarta con una advertencia: Ladrón que pillemos, ladrón que linchamos.

Deja un comentario