Por Jonathan Borja

Los rostros de las mujeres indígenas reflejan los siglos de resistencia y lucha por la supervivencia en el territorio. Bolivia es un país de extraordinaria belleza, pero también de contrastes, siendo uno de los países con mayor población indígena, su riqueza cultural reviste de colorido y tradición el paisaje.


En el centro de la ciudad de Sucre, se puede ver el contraste entre los turistas que frecuentan los restaurantes del centro histórico, dispuestos a pagar lo que les pidan por su consumo, y el mercado donde estas mujeres, entre los 80 y 90 años de edad, luchan día a día por vender sus productos a un precio que mínimamente garantice su existencia.

La producción agrícola en las comunidades indígenas es 100 % orgánica, o natural, primero porque cultivan de acuerdo con sus tradiciones como guardianes de la vida, del territorio y del agua, y, segundo, porque no cuentan con la infraestructura ni con los ingresos necesarios para utilizar abonos o pesticidas químicos, mucho menos para competir con los gigantes de la agroindustria.


La producción orgánica difiere enormemente de la agroindustrial que llega de Colombia, Brasil u otros países del continente, por su valor nutricional y por su apariencia. Las frutas y verduras, más pequeñas, y con las “imperfecciones” propias de las semillas tradicionales no modificadas, son más perecederas y parecen no encontrar acogida entre los consumidores acostumbrados a los frutos brillantes, grandes y alterados de los supermercados. Así, las cholitas, como se les llama despectivamente a las mujeres (indígenas o mestizas) que usan pollera en las grandes ciudades de Bolivia, luchan arduamente para comercializar sus productos.

En la ciudad de Tarabuco, a 2 horas aproximadamente de Sucre, es domingo y las mujeres y hombres bajan desde las montañas de los alrededores para truequear sus productos artesanales, en su mayoría textiles producidos con la lana de oveja y alpaca, por alimentos.

En las zonas altas de Bolivia la comida es escasa, pese a que la principal fuente de subsistencia propia es la agricultura. En la altura es muy difícil producir comida, por las temperaturas y la naturaleza del suelo rocoso, y por eso el trueque está aún en el centro de la economía de los pueblos indígenas.
Llama la atención de los foráneos, que los productos que allí se intercambian son prendas y mantas o telas que ya han sido utilizados por las familias, para decepción de los turistas urgidos por comprar barato algunos de los textiles quizás más bellos del mundo, por su colorido y la calidad de sus tejidos.

Al final de la jornada, vuelven a la casa con la espalda cansada y cargada del sustento para su familia.

Muy hermosa la historia que cuenta Jhonatan Borja. Gracias por compartir
El sáb., 23 de septiembre de 2023 10:27 a. m., El Colectivo: Comunicación
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