Agosto, mes de hecatombes nucleares

Por Equipo de Redacción

Foto: agencia AFP.

El 6 y 9 de agosto de 1945, las bombas nucleares de fisión llamadas Little Boy (15 kilotones) y Fat Man (21 kilotones), fueron lanzadas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, respectivamente, por orden del presidente norteamericano Harry Truman. El físico teórico que había dirigido la fabricación del artefacto apocalíptico que desde entonces cambiaría el mundo, o, por lo menos, el tipo de guerras y dominio geopolítico, fue Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan iniciado en la presidencia de Franklin D. Roosevelt.

La bomba fue exitosamente ensayada –Prueba Trinity– el 16 de julio de 1945, en Nuevo México, Estados Unidos (con resultados desastrosos de salud aún no reconocidos en la población nativa), antes de la reunión de Potsdam, Alemania, que se iniciaría un día después, el 17 de Julio. Allí participaron las tres potencias triunfantes de la Segunda Guerra Mundial, Unión Soviética, Estados Unidos y Gran Bretaña, y trataron los temas de la rendición de Japón y del futuro de Alemania.

La Unión Soviética se comprometió con la tarea de declararle la guerra a Japón, comenzándola el 8 de agosto y tomando Manchuria y despejando toda la zona hasta el mar de Japón. Un día después Truman lanzaría la segunda bomba sobre Nagasaki, la cual agregaría cientos de miles de japoneses muertos o con secuelas de por vida. La historia se encargaría de demostrar que el lanzamiento de dichas bombas fue el equivalente a un juego de billar a tres bandas: estudiarían los efectos reales de la radiación sobre la población, se amedrentaría a la Unión Soviética, que aún no las poseía, y se vengaría con creces el Pearl Harbor de Japón, además de imponer su dominio sobre el sudeste de Asia.

Se había abierto la caja de pandora de la energía nuclear, entonces, ¿qué seguiría para el mundo? Tras la detonación de la primera bomba de fisión soviética, en agosto de 1949, se lograría el empate estratégico con Estados Unidos al alcanzar la mutua destrucción asegurada, y, por tanto, los escenarios de guerra futuros se encontrarían por fuera de los territorios de las grandes potencias. Con este avance soviético, Estados Unidos se bajaría de la nube de la potencial derrota atómica de la URSS, pues es conocido que, tras la detonación de las bombas en Hiroshima y Nagasaki, el primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, le sugirió a Harry Truman la posibilidad de bombardear a la Unión Soviética con decenas de bombas nucleares hasta su rendición.

Vendría después la bomba de fusión en 1952, o bomba de hidrógeno, la misma que aumentó el potencial de destrucción a megatones, lo cual significa que pasamos de miles, con las primeras bombas lanzadas a Japón, a millones de toneladas equivalentes de TNT. Posteriormente entrarían en la escena, por conveniencia de las potencias, países como Gran Bretaña, Francia y la China Popular como poseedores de dichas bombas. Y más tarde se subirían al carro de la muerte India, Pakistán, Israel.

Tras la guerra, el desarrollo

Este desarrollo militar derivaría al uso “pacífico” de la energía nuclear, pues el descubrimiento y aplicación de la fórmula einsteniana E=mc² abría no solo la caja de pandora de la destrucción de la vida, sino un gran abanico de oportunidades para el desarrollo de las fuerzas productivas al insertar la variable energética nuclear a las hidroeléctricas y termoeléctricas en la sociedad moderna. Se puede decir que el capitalismo y su antagonista, el socialismo soviético, habían logrado, como Prometeo, controlar con las riendas tecnológicas el fuego inherente, la potencia sacada a la vasta energía que el núcleo de la materia alberga en su seno. Solo que no se habían previsto muchas cosas, entre ellas, los riesgos inherentes a su empleo y al futuro de los desechos radiactivos.

El Prometeo revelador de la energía empezó a jalonar el PIB de los países; y la energía nuclear, fruto del desarrollo de las fuerzas del átomo tras la segunda guerra mundial, también empezaría a jugar su papel, aunque los riesgos eran mucho mayores. Sobrevendrían derrames, accidentes, catástrofes como la de Chernóbil y Fukushima y la nunca resuelta disposición de residuos radiactivos. Lo último, y peor, ha sido el uso de uranio empobrecido, derivado del isótopo de uranio empleado en las centrales nucleares y del cual sobran miles si no millones de toneladas que, desde los últimos 40 años, la industria militar imperialista está usando como perforador de sus armas y contaminador de grandes superficies, como sucedió en Faluya, Irak (cáncer en la población) y en Serbia.

Fukushima, el colofón

Al accidente soviético de Chernóbil la prensa occidental le puso el foco crítico y señalador en abril de 1986, y aseguró muy alegremente que ese fue el último clavo en el ataúd del socialismo soviético. No hay tal, pero sí debemos reconocer que el esfuerzo fue gigantesco tras el accidente en Ucrania. Y los daños a la salud de miles de personas fueron enormes, sin olvidar que Cuba atendió cerca de 24 mil niños rusos, bielorrusos y ucranianos afectados.

En marzo de 2011, por el contrario, el accidente nuclear que pudo ser prevenido en Japón, tuvo una cobertura mediática mediocre, lo que pretendió esconder el tamaño del desastre; nos referimos a la fusión de tres núcleos de la central nuclear de Fukushima, la misma que no cumplió con los mínimos de seguridad de una planta ubicada cerca al mar, pues no tenía protección suficiente contra un potencial tsunami, el cual se originó tras un terremoto de 9,1 en la escala Richter. La prensa mundial, si bien informó, no hizo lo suficiente para alertar sobre las implicaciones y responsabilidades de ese accidente.

Doce años después, en la prefectura de Fukushima, empezaron a derramar lentamente –dicen que les tomará varios años– al océano Índico (que es el mismo océano Pacífico, el mismo Atlántico), con la venia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)y de Estados Unidos, el millón de toneladas de agua radioactiva almacenada y teóricamente tratada que se ha usado para la refrigeración de los núcleos. El jueves 24 de agosto de 2023 –como si fuera una conmemoración de los bombardeos norteamericanos de agosto de 1945– se inició la descarga del tritio radiactivo, del carbono 14 y otros radionucleidos, a pesar de las súplicas de los pescadores y de las naciones cercanas como Corea del Norte, China y Rusia. 

El gobierno de Estados Unidos, antes de Japón proceder a hacer semejante bestialidad en contra de la vida en el planeta, le dio tremendo espaldarazo a dicha acción. Pero tranquilos, nos mandan a decir los políticos de Corea del Sur: “el lunes 28 de agosto comeremos mariscos de nuestras costas, no hay problema”. O sea, la demagogia esconde una verdad: el daño al ADN de la vida marina y al humano tomará su tiempo, no es inmediata.

Y esa verdad de Perogrullo la sabemos todos. A nadie engañan.

Estallido de una enorme bomba nuclear

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