Por Rubén Darío Zapata

Foto tomada de nuestrasnoticias.co
La panela es uno de los productos más tradicionales de Colombia. A diferencia del azúcar no es solo un endulzante, sino alimento con altas propiedades nutritivas. Se consume prácticamente en todo el país, aunque principalmente en la región Andina, y se produce en 564 municipios, donde 350 mil familias derivan de esta actividad su subsistencia. Su técnica de producción es tan sencilla que hasta el día de hoy ha logrado sostenerse de manera prácticamente artesanal: se hierve el jugo de la caña a temperaturas entre 70 y 90 grados y luego dicho jugo se solidifica en grandes hornos. Eso ha permitido que la producción de la panela se mantenga en manos de pequeños y medianos productores.
Según Carlos Mayorga, gerente general de Fedepanela, gremio que agrupa a buena parte de los paneleros del país, casi el 90% de los productores de panela son pequeños productores, donde la mano de obra familiar es protagonista. Menos del 3% son lo que podría llamarse grandes productores. Sin embargo, desde hace tiempo el sector ha venido siendo codiciado por los grandes capitales que pretenden controlar el negocio.
En parte, como explica Carlos, el hecho de que aún la producción panelera no se haya monopolizado, se debe a la ley 40 de 1990, impulsada por los campesinos paneleros y apoyada por algunos legisladores del momento. Esa ley consideraba varios aspectos de protección a los paneleros, pero sobre todo la prohibición a los grandes ingenios azucareros de incursionar en la producción de panela, lo cual significa un blindaje a los pequeños y medianos productores de panela. No obstante, en los últimos años, la estrategia que ha puesto en cuestión este blindaje ha sido la de intentar patentar el producto.
A finales de 2020, el ingeniero agrónomo Jorge Enrique González Ulloa, curiosamente accionista de la empresa Riopaila, inició un proceso ante la Superintendencia de Industria y Comercio para patentar el proceso de producción de panela, bajo el argumento de que su método preservaba al máximo los policosanoles presentes en el jugo de caña. Entonces Fedepanela, a través de sus abogados y técnicos, accionó también para evitar el otorgamiento de la patente, mostrando que no había realmente nada innovador en el método propuesto por González Ulloa.
Aun así, Ulloa había obtenido ya una patente para su método en Estados Unidos y La Superintendencia en Colombia hacía la revisión en el marco del Tratado de Cooperación en Materia de Patentes (PCT). De hecho, González ha solicitado patentes para la producción de panela en otros países como Ecuador, Nicaragua, Costa Rica, Cuba, China, Australia y la Unión Europea. Y ha llegado incluso a registrar para su producto el nombre de Policane.
Por ahora, la Superintendencia de Industria y Comercio colombiana acaba de negar la patente a González Ulloa, con el argumento de que no presentaba ningún rasgo innovador ni constituía invento alguno. En palabras de Fedepanela, se trataba de patentar el método que durante todo el tiempo han utilizado los paneleros. El hecho ha sido, por supuesto, celebrado como una gran victoria por el gremio de los paneleros.
No es una victoria definitiva
Pero Ulloa no es el único que ha solicitado una patente que atenta contra la actividad y el sustento de los paneleros. Según cuenta Mayorga, a finales de diciembre del año identificaron que otra empresa estaba intentando obtener una patente para el método de producción del melao de panela, otro derivado de la caña que los campesinos han producido como miel de panela o de caña. “También en este caso –dice Mayorga- exhibimos los argumentos técnicos y jurídicos ante la Superintendencia”. Esta vez el asunto fue menos complicado, porque, a través de un acercamiento que hicieron con los empresarios que pretendían patentar el proceso, tanto el gobierno colombiano como Fedepanela, pudieron explicarles lo que representaba el sector panelero en el país, lo que significaba patentar el procedimiento y les hicieron caer en cuenta no solo de las consecuencias de patentarlo, sino que era un procedimiento que los campesinos habían usado toda la vida. “Eran asuntos que ellos desconocían –explica Mayorga- y después de ese acercamiento ellos mismos radicaron un documento en la Superintendencia de Industria y Comercio, desistiendo de la solicitud de patente”.
Estos resultados parecen llenar de optimismo al gremio de los paneleros. De hecho, Mayorga, aunque admite que los intentos de patentar la panela o sus procedimientos en el extranjero continúan, se muestra confiado en los esfuerzos que ante ellos siempre emprenderá Fedepanela: “Para eso está Fedepanela, para blindar a los paneleros y a su actividad no solo en Colombia, sino también en otros países”.
¿Qué pasa en otros países?
Ya González Ulloa se había precavido de hacer patentar su método primero en Estados Unidos e intenta hacerlo patentar en otros países. Igual han hecho otros supuestos innovadores. Eso, de hecho, obliga a la pregunta de cómo afecta a los paneleros colombianos su patentación allí. Mayorga reconoce que, en principio, eso puede afectar las exportaciones del producto que, aunque por ahora muy significativas (Entre diez mil y once mil toneladas al año), la expectativa sí es ir posicionándolo en el mercado exterior para descargar la presión sobre el mercado interno. En cuanto a la producción interna de panela, el gremio confía en poder defender el derecho de uso que tienen los productores paneleros colombianos, pues se trata de una práctica ejercida por los campesinos desde hace cientos de años.
No obstante, lo que ha ocurrido con las semillas patentadas por las grandes trasnacionales tras la firma del TLC con los Estados deja la duda de si, a través de estos tratados internacionales y una vez conseguida la patente, estas multinacionales no pretenderán avanzar para restringir el uso, en este caso de los métodos de producción, por parte de los campesinos.
Vale reconocer que la pelea que han dado hasta ahora los paneleros, a través de los gremios que los representan como Fedepanela, ha sido muy dura e importante. Pero acaso no deba limitarse a la defensa exclusiva del gremio, sino avanzar hacia una lucha de la sociedad en general, o al menos de los sectores oprimidos, contra las pretensiones del gran capital de apoderarse de las prácticas y saberes ancestrales de los pueblos para convertirlos en negocios multimillonarios que engorden sus carteras sumiendo en la pobreza a aquellos a quienes despojaron. La lucha general contra las patentes, de todo tipo, es una parte importantísima de esta lucha más amplia contra la opresión y explotación del capital.
