Editorial No 95: A recuperar la fuerza y el sentido de lo colectivo

Portada: «La tierra que nos une» – Anja Rozen

Cada vez con más frecuencia tenemos la sensación de que el mundo se desmorona ante nuestros ojos, sin que podamos hacer nada, o peor aún, sin que queramos hacer nada. Es la sensación de que el mundo mismo se lo tiene bien merecido. Y es un hecho que el mundo se desmorona; consciente o inconscientemente cada uno y cada una de nosotros tiene el convencimiento de que la sociedad actual avanza hacia su propia destrucción y de paso hacia la destrucción de casi todas las formas de vida conocidas hasta ahora. Es decir, hoy conocemos perfectamente la naturaleza y la capacidad destructiva del capitalismo y ya no queda en pie ningún ideal de progreso que pueda animarnos: por más que el desarrollo tecnológico avance cada vez de manera más acelerada, con él avanza aparejada la dominación y la opresión, que se expresan con la técnica moderna de maneras renovadas y más sofisticadas.

Lo que no es cierto es que no podamos hacer nada. Hay mucho de objetivo, por supuesto, en nuestra sensación de impotencia, pero la mayor carga está seguramente en aquel estado de ánimo en el que nos ha sumido la dinámica de la sociedad capitalista en la que ya no podemos reconocer siquiera que el mundo es producto de nuestras propias acciones y que son nuestras acciones las que pueden transformarlo o, en su defecto, llevarlo al límite de la destrucción.

La inestabilidad que hoy caracteriza nuestra existencia individual y colectiva, amenazada siempre por la guerra, pero esencialmente por la propia lógica y dinámicas del capitalismo, explica en buena medida esa sensación de impotencia. La posibilidad de subsistencia siempre está puesta en cuestión, porque si tienes empleo (aunque sea a término indefinido, que ya no se usa) lo más fácil es perderlo. La experiencia nos ha enseñado ya que, por más entusiasmo que despierte el desarrollo de las nuevas tecnologías, en las condiciones del capitalismo este siempre conducirá a mayor desempleo. Aunque tengas un doctorado y un posdoctorado, esto ya no garantiza que tu empleo sea para el resto de la vida; de hecho, si esa ha sido tu elección tendrás que estarte preparando permanentemente para hacer frente a la competencia y a las demandas cambiantes del mercado.

Y lo más preocupante es que el sistema hace responsable a cada uno de nosotros de la desgracia que él mismo hecha sobre los individuos. Así, si no consigues trabajo o en todo caso no logras un trabajo digno para realizar tus potencialidades, el responsable eres tú, que no tienes un buen carisma, que no has sido lo suficientemente disciplinado y obediente o no te has preparado bien. Pero te hace saber siempre que hagas lo que hagas tu destino está empeñado a la suerte, pues en un sistema como el capitalismo casi nada depende de tu ingenio, de tu disposición o tu talento. Y la suerte de la mayoría está dirigida por los grandes capitales que emplean y desechan gente en función de su rentabilidad.

Claro está que esta dinámica se sostiene gracias a la participación de nosotros mismos. A las buenas o a las malas, la mayoría hemos terminado por sucumbir al culto del individualismo (justo en una sociedad que endiosa en teoría al individuo y lo aniquila en la práctica), a la competencia y al consumismo. Son precisamente los mecanismos mediante los cuales el individuo pretende combatir la impotencia que siente frente a la omnipotencia del sistema. Pretende reafirmar su individualidad, negada por todas partes, mediante la competencia y la identificación con el poderoso que lo oprime, se entrega a la borrachera del consumo para combatir la permanente infelicidad que emana de dicha competencia y, al final, lo único que logra es reafirmar su impotencia como algo constitutivo. En el fondo, aún en medio del derroche y el confort que algunos pueden procurarse, no deja de tener vigencia la sensación de que la vida no vale nada y el mundo bien puede irse al carajo. No es gratuito que la enfermedad contemporánea sea precisamente la depresión, surgida en buena medida de esa sensación de impotencia y de culpa y de la recurrencia al goce banal que te procura el consumismo, que al mismo tiempo demanda del individuo una entrega al trabajo hasta la extenuación.

El ser humano se ha entendido, por definición, como un ser social; es decir, alguien que no puede ser sino en sociedad, donde su propio ser está dado por el conjunto de relaciones afectivas, cooperativas y solidarias con los otros. Pero en medio de la competencia, el culto al individualismo mal entendido y el consumismo como sucedáneo de la felicidad, el individuo ha terminado por sentirse completamente solo, abandonado a su suerte, desamparado.

Aupado por el neoliberalismo de hoy, el Estado ya no es concebido como una promesa de bienestar social y material para la gente, sino más bien como un ladrón que le quita a los más vulnerables para engordar los bolsillos y el ego de los más poderosos. Entre tanto, los vínculos sociales, sólidos en otro tiempo, han terminado por debilitarse hasta el extremo que el prójimo se nos presenta más bien como nuestro enemigo inmediato. En Colombia esto fue reforzado por la política de seguridad democrática, que impulsó las Convivir, los informantes por dinero y los soldados campesinos en funciones similares.

En un ambiente como este y con este sujeto que hoy somos se hace muy difícil pensar un proceso revolucionario sólido. O más bien, se nos aparece como primera tarea revolucionaria la transformación de este sujeto, de tal manera que abandone su comodidad o indiferencia frente al mundo que se hunde a sus pies y emancipe las fuerzas individuales y colectivas que le asisten para trasformar este estado de cosas que amenaza con destruir la vida misma o, por lo menos, la vida humana.

Dicho de otra manera, hoy se torna perentorio reconstruir los vínculos de afecto y amistad que han sido desdibujados por la competencia, tejer colectivos y organizaciones en los territorios cuyo propósito esencial sea reconstruir la confianza, redimensionar el amor y la solidaridad entre los oprimidos y recuperar colectivamente un sentido de vida que deje de confundir la felicidad como anhelo vital con el consumismo como satisfacción inmediata pero vacua. Solo en el seno de la lucha colectiva por transformar nuestras condiciones de vida encontraremos la fuerza transformadora que hoy le falta al individuo, en tanto el individuo de hoy es una simple ficción construida adrede y al servicio de la perpetuación de un sistema de opresión y oprobio.

Contraportada: «Sin título» – Rafael López

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