Periodismo para la utopía

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen tomada de utopia.hypotheses.org

La idea vulgar de utopía la hace ver como algo irrealizable, una quimera destinada a no encontrar nunca su lugar en el mundo, o aun un conjunto de buenas intenciones destinadas o al fracaso o a ser impuestas con profusión de violencia, terror y sangre. Los defensores de la utopía, como dijera alguna vez el filósofo británico John Gray, parecen ser del tipo de personas que creen que los peces deben volar, aunque por todos lados naden. En su impaciencia, ante la inadecuación de sus deseos con la realidad, el utopista se diría destinado, como el Quijote, a arrasar el mundo con su fantasía: a hacer de los molinos de viento gigantes; de las ovejas, soldados; de rústicas campesinas, princesas encantadas; o de la bacía de un barbero, el casco de un rey moro, el yelmo fantástico de Mambrino que vuelve invulnerable a quien lo lleve puesto.

Pero la utopía sí tiene que ver con la fantasía humana. Y sabido es que la fantasía tiene por costumbre viajar por lugares lejanos, en donde reinan la paz y la armonía y la tierra mana leche y miel. La Arcadia feliz, como el Macondo de José Arcadio Buendía, nos hace soñar con una naturaleza tranquila que nos ofrece generosa sus frutos, sin fábricas que empuerquen los ríos, ni autos que ensucien el aire. El país de Cucaña figura en el inventario de los sueños de la humanidad como el lugar del ocio, donde la abundancia es tal que se puede estar echado a la bartola todo el día, pues hasta las gallinas y los cerdos recorren los campos ya asados y con tenedor y cuchillo sobre el espinazo, dispuestos acaso a alegrar una cena, cuando se ofrezca.

El país de Jauja, por su parte, sueña con tierras ubérrimas y ciudades que rebosan de tanta comida y riqueza en sus graneros que se quisiera vivir para siempre en ellas. El problema es que estos lugares, como las islas de San Borodón, o como el mítico reino del Preste Juan, o como El Dorado, están perdidos y nadie sabe dónde se hallan. El problema parece entonces que nosotros estemos aquí sin saber hallar el camino para llegar a ellos.

Lo importante es quizá que este carácter fantasioso de la utopía, en donde la fábula se mezcla con la profecía de tipo bíblico y con el anuncio gozoso de lo nuevo, parece ir en contravía de los valores más importantes de la eficiencia económica. Quizá cuanto menos soñemos, mejor le va al sistema, pues con la mirada limitada a lo prosaico, no sentiremos necesidad de eso que falta. Quizá solo nos estén permitidos sueños groseros, de los que el dinero compra, de los que dejan el mundo tal cual, de los que no riñen con el statu quo. En cambio, como dice un versito de Klopstock al que Schubert puso música: «cómo se exalta el corazón cuando piensa en ti, oh infinito».

A lo mejor por eso Octavio Paz escribió alguna vez en su ensayo sobre Fernando Pessoa: «hay algo terriblemente soez en la mente moderna; la gente, que tolera toda suerte de mentiras indignas en la vida real, y toda suerte de realidades indignas, no soporta la existencia de la fábula». La sociedad capitalista exalta más bien el conocimiento práctico y la capacidad de ejecución y, por eso, desprecia la utopía. La sabe animada de fuerza transformadora y revolucionaria. Por eso le sirve infantilizarla de modo que siga siendo Arcadia, Jauja o Cucaña: lugares felices adonde se llega sin necesidad del trabajo, ni del esfuerzo, ni de un redireccionamiento radical de las fuerzas sociales; fantasías pueriles, en suma, a la vista de las cuales, el orden actual injusto parece más racional, mejor o incluso inmodificable.

Pero la utopía no es simplemente un pensar con el deseo, ni tiene que ver tan solo con lo que se imagina o se anhela, ni mucho menos se restringe a un sistema político proyectado como ideal. La utopía es realidad en marcha, lanzada hacia adelante, focus imaginarius que nos atrae sin cesar. Está dondequiera que lo nuevo se adivina y que el mundo mejor despunta. No se confunde con la simple fantasía política, aunque también esté hecha de esta. Tornasola todas las grandes producciones culturales. No es potencia perpetua, ni únicamente posibilidad de algo que no sabemos qué. En cambio, está en acto realizándose allí donde cada sueño de un mundo mejor se va concretizando: en las luchas populares, en la memoria de los vencidos, en las exigencias no cumplidas de un pasado que reclama justicia, en el esfuerzo sincero por hacer de este mundo un lugar en donde todos nos sintamos como en casa.

Entonces, como por todos lados despunta, la utopía exige de nosotros una mirada atenta y una actitud detectivesca: para descubrirla, para acompañarla, para protegerla y hacerla realidad. Cualquier pensamiento o acción política que quiera coadyuvar en la tarea de su realización debe primero identificarla, sentir incluso sus pulsaciones allí donde se está produciendo. La utopía nos recuerda que no hay lucha auténtica sin ideal, sin pasión y sin mística. Por lo mismo, nos conecta con el futuro, nos invita a construirlo con los pies en la tierra y a imaginarlo con la mirada en el horizonte de la gran emancipación humana.

Desde El Colectivo, que se tiene a sí mismo como periodismo para la utopía, queremos atisbar las transformaciones y reconocer que no hay camino de futuro verdadero sin crítica al presente. En una sociedad que no quiere cambiar, queremos recoger las primicias, los esquemas, los preludios del salto cualitativo hacia algo mejor. “Solamente la Utopía, latinoamericanamente amada y defendida y proclamada, —escribieron alguna vez José María Vigil y Pedro Casaldáliga— sostiene en el Continente organizaciones y experiencias tenazmente alternativas: frentes, partidos, movimientos, comités, prácticas comunales y de solidaridad”. Y también nos sostiene a nosotros y a este proyecto.

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