La memoria necesaria

Ilustración: Juan Noreña

Por Tatiana Machado

Algunas experiencias dejan una huella tal en nuestras vidas que parecemos discos rayados contándolas una y otra vez a nuestros allegados. En mi caso, la vida que conocí en el municipio de Ituango se convirtió en el centro de mis narraciones, de atrás hacia adelante o de adelante hacia atrás, parece que todos los acontecimientos conducen a ese momento en el tiempo. Constantemente vuelven sobre mi memoria instantes de aquella experiencia, primero eran referencias constantes para cualquier tema de conversación, pero con el paso del tiempo se han convertido en algo más íntimo, creo que es una manera de resistirme al olvido que impone el acelerado ritmo de la vida en estos días.

En mi presente mucha de la información que tengo del municipio de Ituango proviene de los medios de comunicación, de aquellos mismos portales informativos que ansiosamente consultaba antes de vivir allí, y la verdad no han cambiado mucho: alertas tempranas que no son atendidas, desplazamientos de familias que huyen del terror y de la muerte, y recientemente secuestro y asesinato. Esta información está disponible a solo un clic, son noticias que se actualizan a la brevedad, pero que no permiten ver más allá de los datos que han sido consignados de manera muy breve, estamos informados del número de abatidos en un combate, se publican las estadísticas del conflicto que allí se vive y hasta los números de las alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo, pero no comprendemos el impacto de cada hecho en la vida de las personas que viven allí, porque se presentan desconectados, aislados del contexto social y de la violencia estructural que los rodea.

Sabemos cómo es la situación de orden público en Ituango, toda la información está a una búsqueda en Google de distancia, así como sabemos de la situación de violencia que azota a las regiones más apartadas y pobres del país, y de los bombardeos en Gaza o de la violencia desmedida que se ha desatado en Haití, pero sabemos tanto y sentimos tan poco. Oculto a simple vista entre el inagotable contenido de las redes sociales está el sufrimiento de nuestros semejantes, allí mismo, perdida entre la farándula y los videos de retos esta nuestra capacidad de mirar con detenimiento y de apreciar la estructura que somete a seres humanos al exterminio sin el más mínimo pudor; las redes sociales y portales de noticias nos dan acceso inmediato a lo acontecido, en directo se transmite aquello que en el siglo pasado los nazis se esforzaban por ocultar.

El deseo por lo nuevo y por vivir el instante porque la vida se acaba y no nos damos cuenta, ha convertido nuestra historia en pequeños fragmentos desconectados, quizá siempre lo han sido, la diferencia es que ya no usamos la habilidad narrativa para crear vínculos con nuestro pasado y con nuestros semejantes ya que todas nuestras relaciones están mediadas por el dinero y el consumo. Tal vez es por eso que la experiencia de vivir en un lugar donde la supervivencia depende más de la solidaridad de otros y no solo del dinero se convierte en algo que deja huella para siempre, es un conocimiento del que no puedes apartarte: el alimento que llega a tu mesa no porque pagaste por él, sino porque alguien consideró el cansancio que se cierne sobre tu cuerpo después de un largo camino en mula, y con sus manos preparó un poco más de aguapanela y te ofreció la mitad de su pan. Puede que el relato se haga tedioso de tanto repetirlo, pero cómo no llevar siempre en el corazón y en la palabra la ternura de ese gesto y el olor de ese alimento.

Tenemos ese derecho a la memoria individual y colectiva, y también tenemos el deber de reclamarlo, ¿Por qué señalar lo tedioso que es que las historias de los abuelos se cuenten una y otra vez, pero nos parece novedoso cada video corto en una red social que es la copia de la copia de otro? ¿Cómo es que no nos parece tediosa esa versión del mundo unilateral e individualista que imponen las redes sociales? Contamos nuestra vida, la narramos a otros y enriquecemos nuestros relatos a partir de escuchar, nos apropiamos de experiencias alegres o dolorosas y nos convertimos en partes de un todo conectado por diversos y distantes puntos, debemos desear más que ser el protagonista de las historias de Instagram.

Hace unos días le comentaba a un compañero que en ocasiones me pregunto cuánto de lo que recuerdo de mi vida sucedió de esa manara, es decir si el recuerdo es fiel a lo real o cuánto es mi imaginación, cuánto de lo que les he contado en estos escritos acerca de mi experiencia como docente en zonas PDET, no son más que apreciaciones completamente permeadas de las sensaciones y las emociones que me acompañaron en ese momento. Su respuesta me recordó que no somos máquinas, que nosotros no guardamos imágenes estrictas de la realidad y que la memoria también esta compuesta de olores, sabores, colores, miedo, dolor y alegría… Y que, desde allí, desde esos fragmentos, nos damos identidad, principios, cambiamos y nos reconstruimos cuando estamos destrozados.

También aplica este principio para lo colectivo. Una de las primeras cosas que noté a mi llegada a Ituango fue la presencia de un monumento a Jesús María Valle Jaramillo; yo ya conocía el rostro del defensor de derechos humanos por los murales en la universidad de Antioquia, una y otra vez escuché sus palabras a gritos en las manifestaciones: “aquí estamos y estaremos siempre”. Pero verlo allí en medio de la vida del pueblo, entre los campesinos y los buses escaleras tan cerca de quienes murió defendiendo lo consideré como un acto de memoria; sin embargo, en 2021 la imagen fue retirada por el alcalde de entonces, alegando que no era estéticamente correcta: no fue un grupo armado quien la quitó de allí, fue esa otra forma de la guerra y de la violencia que proviene de la institucionalidad.

Esta fue una noticia en diversos portales y emisoras, y vista así, como un suceso aislado, parece solo una mala decisión del alcalde; pero desde este relato que he construido es pues un ataque a la memoria, una afrenta a un pueblo que no se le permite ni grabar los nombres de sus muertos en las cruces de los calvarios. Estamos, pues, en una lucha por la memoria que trasciende nuestra existencia como individuos efímeros y que va hacia una práctica que construya una sociedad más justa y en paz.

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