Por Jhonny Estrada

Fotos: Cristian Quinto
Como si fuese música de la industria, en los últimos meses en Medellín se escuchaba por todos lados la misma queja ¡que hp sol tan bravo!, que parecía emerger en todos los habitantes de una notable desesperación ante el infernal calor. Sin embargo, como sumergidos en una extraña y cínica inocencia, nadie parecía preguntarse por las causas de las condiciones climáticas actuales, y ni por asomo se descubrían implicados en ellas, para, por lo menos, reconocer que debemos hacer algo al respecto. Como a quien se le han borrado las relaciones causales, su incomodidad ante el solazo no iba más allá de la queja.
Sumergidos como estamos todos en las velocidades de la rueda del progreso, parece imposible parar y reflexionar hacia dónde nos dirigen nuestras acciones, en un modelo de sociedad basado en la explotación del planeta. Y seguimos consumiendo y tirando como si la naturaleza tuviera recursos infinitos, como si la transformación climática no tuviera nada que ver con nosotros, cegados y contentos en el confort que brinda la tecnología.
Lo cierto es que la actitud de desentendimiento asumida por la humanidad de hoy, en lo que concierne a su relación con la naturaleza, es el reflejo de un inmenso problema, en el que lo que está en juego es la vida de los animales y la humanidad de mañana. Este problema tiene como base fundante el modelo social y económico en el que estamos inscritos, que, en tanto capitalista, está basado en la explotación del ser humano y de la naturaleza, para la satisfacción de las necesidades humanas, se supone. Aunque, en últimas, obedece más a los intereses de acumulación de capital de una minoría.
Este es un sistema injusto que, partiendo de la propiedad privada y el trabajo enajenado, es decir, de la explotación del hombre, ha convertido todo lo existente en mercancía. Así es como se nos aparece todo, incluso la naturaleza: como algo alejado, objeto de explotación, intercambio y ganancia. Pero lo que la humanidad parece ignorar de forma deliberada es su relación intrínseca y necesaria con su entorno y el planeta que habita. Por lo que debería primar, por parte del ser humano, una relación de cuidado con la naturaleza, asumiéndose también como parte de ella.
No obstante, el adiestramiento capitalista ha puesto en el horizonte el progreso como un ideal que terminó impulsando de manera cegada la acción humana. Este, que en la modernidad surge con el primado de la razón como progreso técnico, se abría en su momento como posibilidad y promesa del progreso social de toda la humanidad. La que, además, también podría estar reconciliada con la naturaleza, y en sentido de su subsistencia, podría tener una relación armoniosa y no hostil con ella. Pero no fue así y, más bien la razón se impuso como antagónica y dominadora de lo natural e instintivo, con la que el hombre se creyó entonces superior a todo lo que lo rodea.
Por otro lado, el progreso en la técnica terminó reinstalando la explotación del sistema capitalista, pues fue el instrumento para acelerar la producción de mercancías, todas hechas con materias primas extraídas de la tierra, e intensificó aún más la miseria social, dadas las condiciones injustas del trabajo. La técnica pues, es usada para la explotación del hombre y la naturaleza por igual, en beneficio de la acumulación de unos pocos. Por tanto, lo que hoy llamamos desarrollo es algo meramente fantasmal, dado que, a medida que se evidencia el avance tecnológico, también avanza el detrimento de la humanidad y el planeta.
Así las cosas, el calentamiento global y las bruscas transformaciones climáticas se presentan hoy como un problema mundial. Pero los señores dueños de las grandes industrias explotadoras se hacen los de la vista gorda, mientras puedan seguir acumulando y ostentando el poder, a través de la instrumentalización de la dichosa y alienada sociedad de consumo. También han adoptado una actitud de fe ciega en la ciencia, suponiendo que esta puede solucionar cualquier problema de forma mágica, atacando las consecuencias y no las causas. Fe que es transmitida por los dominadores a los dominados a través de la tecnología que consumen estos últimos, la que ellos ni siquiera comprenden, pues se les presenta como algo mágico, o del futuro.
Y así las industrias talan y destruyen para extraer o construir, y luego siembran 3 arbolitos o le dejan la deuda a la ciencia o al ciudadano común; no se preocupan por hacer algo al respecto del calentamiento global buscando las causas, sino solo por echarse el bloqueador. Sin embargo, ya no se puede tapar con un dedo el panorama de este problema vital, que cada vez es más preocupante.
Todos en la ciudad experimentamos cómo las zonas verdes se convirtieron en sedientos paisajes y mangas amarillentas, áridas y muertas, bajo un solazo que parecía no acabar. Tanto, que anhelábamos las fuertes lluvias así estas pudieran desatar otras catástrofes, tal vez igual o más nefastas. Más de la mitad del territorio colombiano estuvo en alerta por altas temperaturas, y según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, ha habido en los últimos meses 746 municipios con alguna alerta por incendios forestales. Además, en toda la temporada del fenómeno del niño se han registrado 1.446 incendios, según el Ministerio de Ambiente.
En Bogotá, desde el 11 de abril comenzaron las jornadas de racionamiento dado el crítico estado de los niveles de los embalses. Por ejemplo, el sistema Chingaza, quizá el más importante dado que abastece de agua al 70 % de la ciudad capital, se encontraba en niveles por debajo del 16 %, por lo que se debieron tomar medidas.
Según la Unidad de Gestión de Riesgo y Desastres, en menos de tres meses se han consumido por el fuego más de 2.131 hectáreas de bosque. Por ejemplo, el Humedal Berlín en el departamento de Córdoba, donde murieron aproximadamente 70 animales, entre ellos un oso hormiguero.

Sin embargo, algunos expertos fantoches han intentado explicar la situación apuntando a causas como la deforestación, el aumento de la población o la poca oferta de agua, pero nunca se les ocurre apuntar a las industrias y su contaminación o al crecimiento incontrolado del parque automotor.
A nivel internacional, en las playas de Rio de Janeiro en el mes de marzo, se llegó a presentar una temperatura de 40º grados en los termómetros, algo como 62,3 de sensación térmica, batiendo todos los records históricos. Y, por otro lado, muy alejado de allí, en Dubái, que es un desierto, se presentó una lluvia que duró casi 12 horas, y cayó la cantidad de agua que debería haber caído en un año, dejando la ciudad inundada. Algunos dicen que allí tienen tecnología para manipular el clima y hacer llover, cuestión que, en todo caso, de lo dañino que puede ser, es mejor no imaginarlo o dejarlo aún en el campo de la especulación.

En todo esto, se puede notar la anomalía climática que ha desatado la humanidad y su dinámica de vida, una que más bien ya no puede controlar. Los cambios violentos del clima se presentan en forma de contradicción, pues llueve en el desierto y se derriten los polos, el sol llega con sequia a las zonas húmedas, como Brasil o Colombia. En nuestro país ya está pasando el fenómeno del niño y se introduce, inmediatamente, el de la niña. Por lo que, si todo sigue así, la lluvia también traerá tragedias. Espero que los techos de mis barrios pobres resistan el vendaval, y que los pueblos en las zonas ribereñas no se inunden como pasa siempre en estas temporadas. Y el pobre es el que más sufrirá las consecuencias, mientras los privilegiados capitalistas cruzan las piernas en sus fuertes y calurosas casas.
Lo aterrador es que, aun cuando hemos llegado hasta estas circunstancias climáticas catastróficas con el sistema capitalista, este se ha instalado tan fuerte en nuestra psiquis, que lo concebimos natural e inmodificable. Por lo que parece que avanzamos, pero en un camino irreversible hacia la autodestrucción. Es por eso que debemos vislumbrar otros horizontes y cambiar la relación que tenemos con la naturaleza. Porque, en ultimas, el día que la naturaleza se rebele del todo, o la destruyamos del todo, solo serán los privilegiados los que se vayan con sus científicos a vivir de otros cuerpos celestes, dejándonos aquí el mierdero, quizá tapando el sol con un dedo.

