Una odisea que recoge historias ocultas
Por Jhonny Estrada

En esta ocasión, por petición del entrevistado que nos ha contado estas historias, lo llamaremos bajo el seudónimo de “Pablo”. Esto, con la intención de que él se pueda permitir contar de una manera más abierta y tranquila su experiencia en las montañas de Urrao, pues no es un secreto que en este país contar algunas verdades es un asunto peligroso.
Pablo es trabajador social egresado de la Universidad de Antioquia y se ha desempañado en diferentes campos de esta área profesional, que lo han llevado a trabajar con comunidades rurales dispersas en Antioquia. Las más lejanas y con las que más ha trabajado han sido las comunidades indígenas y las comunidades afro del municipio de Urrao. A estas últimas se llega después de dos días de camino en mula o a pie desde el casco urbano del municipio. Son dos comunidades afro, una ubicada en Mande y la otra en Puntas de Ocaidó, donde Pablo desempeñó la mayor parte de su trabajo. Las otras son tres comunidades Embera Eyabida, distribuidas en tres resguardos indígenas: Andabú, Majore Ámbura y Valle de Pérdidas.
Pablo estuvo haciendo dos tipos de acompañamiento profesional allí. El primer momento de trabajo era un diagnóstico de los determinantes sociales de salud y el segundo se enmarcó en la parte social de un proyecto de seguridad alimentaria y nutricional con comunidades indígenas. La razón es que, en Antioquia, las muertes por desnutrición en menores de 5 años se dan principalmente en niños y niñas indígenas.
Comenta Pablo que solo se tiene un subregistro de las cifras que dan cuenta de esto, dado que muchos niños y niñas son enterrados sin haber sido registrados primero como colombianos; por lo tanto, quienes hacen estos registros no se dan cuenta siquiera de que nacieron y menos de que murieron. Estas son, pues, las condiciones de realidad de estos niños, las cuales provienen de un entramado mucho más profundo, tenaz e injusto.
En cuanto a las condiciones geográficas y ecológicas, lo primero que relata Pablo es que la mitad de la subregión del suroeste está ocupada por el municipio de Urrao; sin embargo, un poco más de la mitad de este municipio está constituido por la selva chocoana. Es decir, hace parte del Chocó biogeográfico, aunque no de su departamento administrativo. En esta selva hay comunidades indígenas Embera Eyabida y comunidades afro (cimarronas) asentadas desde la época colonial, que fueron traídas para su esclavización, pero que se fugaron e hicieron comunidades en medio de la selva, en lugares donde los españoles esclavistas no llegarían a buscarlos. Algo similar pasó con los indígenas Embera, pues ellos ocupaban, mucho antes de la llegada de los españoles, el bellísimo y muy fértil valle del rio que hoy conocemos como Penderisco, pero la llegada de dichos esclavistas los obligó a trasladarse hacia la selva. De hecho, por eso Embera Eyabida significa el embera de la montaña.
Pablo comenta que Urrao ha sido un municipio muy golpeado por la violencia desde la época colonial. Empezando porque fueron muy fuertes los enfrentamientos con los bravíos indígenas comandados por el cacique Toné, uno de los últimos y más difíciles de doblegar por los colonizadores. También ha estado inmerso, desde el siglo XIX, en la mayoría de conflictos que se han dado en este país, tales como la guerra de los mil días, el conflicto entre liberales y el gobierno; luego la presencia, durante muchos años, del frente 32 de las FARC, y posterior a ello, la arremetida paramilitar que llegó desde el municipio vecino de Salgar, encabezada por la familia Uribe Vélez y sus secuaces. La razón por la que Urrao ha estado involucrado en estos conflictos es porque geográficamente es un municipio estratégico que permite el paso hacia otras regiones y departamentos, ya sea por su sistema de ríos o su sistema de montañas.
El conflicto ha golpeado de manera particular a las comunidades afro e indígenas, porque ha restringido tremendamente sus posibilidades de desarrollar una vida según sus planes propios y según sus formas de entender la vida, es decir, según sus cosmovisiones, pues ellos tienen su propia forma de vivir y entender el desarrollo. El conflicto también ha derivado en la situación de inseguridad alimentaria que afecta particularmente a los indígenas. Esto porque la selva, que es de un suelo ácido, a diferencia de la parte montañosa de Urrao, hace difícil la siembra y la cosecha de alimentos, lo que requiere entonces de un cultivo alternativo. Es decir, que una cosecha se saca en un lugar y la siembra próxima se hace en otro lugar, para que la tierra pueda descansar y llenarse de los nutrientes necesarios para una nueva cosecha. La dificultad estriba en que se requiere de una gran extensión de tierra para hacer ese ejercicio de cultivo alternativo y, cuando los actores armados legales o ilegales están presentes en el territorio, las comunidades empiezan a restringir sus movimientos y se confinan, lo que implica que no puedan desarrollar de manera normal sus procesos de siembra.
Tanto las comunidades afro como las indígenas sobreviven también de la pesca y la caza. En este caso pasa lo mismo, y es que, entre más se reduzca el espacio, menos posibilidad de cazar hay; pero también significa que deben hacer un uso más intensivo de ese recurso, por lo que no queda tiempo para que las especies hagan su ciclo natural de apareamiento y crecimiento, con la agravante de que cada vez cazan crías más pequeñas, lo que, a su vez, significa que estas ya no van a alcanzar a engendrar otros animales. Toda esta presión ecológica hace que las especies se vean tremendamente mermadas, igual que la alimentación de las comunidades.
Su alimentación también se ha visto afectada en la medida en que la minería tradicional ha sido remplazada por la de dragas y mercurio en los ríos, impuesta por los actores armados, y derivando en la contaminación de sus peces y su agua. Habrá que decir que, ciertamente, son muchas las dificultades que se podrían contar en estas comunidades; sin embargo, estas historias no se registran en la prensa ni parece importarle a la sociedad moderna del supuesto progreso.
