La vaca de los invisibles

Por Tatiana Machado González

Foto tomada de Colombia Plural

Al otro lado de Ituango, atravesando las enormes montañas del Parque Nacional Nudo del Paramillo, está Mutatá, el municipio que abre las puertas del Urabá antioqueño para quienes viajan desde el interior. Así como de Ituango, de Mutatá solo tenía la imagen que dan los medios masivos de comunicación y la referencia de una amiga de la universidad, que en 2012 me narraba las desventuras de sus viajes para visitar a su familia. Por muchos años el cañón de La Llorona fue un tormento para los habitantes de esta región, que en ocasiones viajaban hasta 12 horas para llegar a Medellín, enfrentándose al peligroso camino, con sus gigantescos derrumbes y sus historias de terror, propias de las tierras donde el conflicto armado golpeó y golpea con su violencia desmedida.
Pero eso ha cambiado mucho. Aunque en esta carretera, que se ha convertido en uno de los proyectos de infraestructura más grande del departamento, aún no se termina de construir el Túnel del Toyo, el tramo más importante de la Autopista al Mar 2, que inició su construcción en noviembre de 2015, y hoy, en agosto de 2024, aún no ha culminado. Esta es la famosa autopista de la “vaca por Antioquia”, esa que recibió aportes de los prestantes comerciantes del Clan del Golfo.
Dice en la página de la ANI (Agencia Nacional de Infraestructura) que esta obra le cambió la cara a la subregión. Pero como ya se advirtió en un escrito anterior, esta es una verdad a medias, una artimaña del ingenio paisa. Es cierto que, gracias a los tramos de túneles y carreteras que ya están abiertos, el viaje se acortó a un promedio de 5 horas en carro; pero tal vez, lo que no se advierte en la página de la ANI, es que lo que se necesita es darle un impulso al corazón de la subregión.
El caso específico de Mutatá refleja esa invisibilidad de los seres humanos cuando se les pone al lado del brillo del progreso. Aquí parece que las personas no tienen ni derecho a una mascota, porque los grandes vehículos de carga pasan tan rápido y tan indiferentes, que es común encontrar perros atropellados en la carretera, y de los gatos las pesadas máquinas desaparecen hasta la piel. Este municipio es uno de los más hermosos de Antioquia que conozco. La belleza de su paisaje sobrecoge; es un valle enmarcado por las montañas de la serranía del Paramillo y las del Chocó, donde la vida florece y los ríos son de agua viva. Ni qué decir de la diversidad cultural y étnica: aquí habitan 14 comunidades Emberá y ha sido un territorio de asentamiento para los afrodescendientes desplazados desde el Chocó. Aquí la antioqueñidad no vale como fiesta, la que se vive y la que se siente es la conmemoración de la afrocolombianidad.
Pero como dice el cuento de El Principito: “lo esencial es invisible a los ojos” y en este caso aplica literal: la precariedad de las condiciones de vida en la zona urbana y rural de Mutatá no encajan con esa promesa de una región pujante y próspera. Si no se puede construir un espacio peatonal para quienes viven al lado de la carretera, algo básico por simple lógica, se pueden imaginar las condiciones de vida de aquellos que están monte adentro, como se dice. El gobernador de Antioquia promueve una vaca para terminar la carretera del orgullo paisa; pero aquí la gente pide una vaca para hacer la carretera hasta Pavarandó grande, un corregimiento poblado, en su mayoría, por afros desplazados desde el Chocó; otra vaca de un millón de pesos por antioqueño para reubicar a los habitantes de Pavarandocito, que se lo está llevando el Riosucio, y donde la gente no termina de irse porque no tienen para dónde; otra vaca para el alcantarillado y el agua potable del barrio El Regalo, ubicado en el casco urbano de Mutatá. Tal vez es que la solidaridad de los antioqueños está reservada para el concreto y no para las personas, porque lo esencial no les es reconocible a los gobernantes.
Todas las mañanas de camino al colegio donde trabajo me dejo reconfortar por el amanecer que huele a selva, por esos verdadesamarillos que aparecen entre los árboles, por el brillo negro del riachuelo. Y luego, cuando llego a donde esperan los y las jóvenes, no me queda más que dejar que la realidad me descoloque, me despeine y me desgarre. Porque por más concreto que se eche, la noticia vieja para estos dirigentes es que la gente no desaparece ni cuando la desaparecen. Aquí están estas comunidades, heridas del pecho a la espalda por la violencia. Aquí están, aunque estén soterradas las memorias de los que sirvieron de ejemplo de lo que podía pasar si no se sometían. Están los indígenas, los afros, los mestizos y los migrantes; están sus hijos siendo educados con hambre y no solo de conocimiento.
No importa, pues, la ubicación geográfica ni la naturaleza del proyecto que promete sacar del olvido a las comunidades, porque los hechos demuestran que el valor se ha puesto en las cosas y no en la gente. Los habitantes de estos territorios son invisibles para el Estado, para los empresarios y para los inversionistas. Pero ya no lo serán para ustedes: ahora llevamos juntos un pedacito de sus historias, y un día van a ser tantos pedacitos que ni todo el cemento del mundo los va a enterrar.

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