Adiós a Johan Darío

“La uniformidad es la muerte, la diversidad es la vida”.

Mijaíl Bakunin


Por Tatiana Machado González


En la foto: Un mensaje para Johan Darío. Dice: Adiós mi querido niño.

Urabá, y más concretamente sus territorios indígenas, es una tierra sembrada de muerte. Parece que en ella la vida no puede existir más que a costa de su belleza y de su esencia misma. Es lo que pensaba mientras estaba en el sepelio de Johan Darío, un niño que celebraría sus 13 años aquel domingo, pero que de manera dolorosa le puso término a su vida el viernes anterior (24 de mayo del presente año) después de salir de clases. Johan era un niño indígena que vivía en una de las muchas comunidades indígenas que hay en el territorio; debía caminar aproximadamente una hora hasta donde el transporte escolar lo recogía para llegar al colegio a las 6:30 a.m. No pasé mucho tiempo con él y supe más de su vida el día en que lo enterraban que en las horas que compartimos en la clase de ética. Era el mayor de tres hermanos y le gustaba mucho ir al río a pescar y nadar; era la adoración de su padre, un hombre joven, que se veía además de triste, confundido por todo lo que estaba pasando.

Aunque el niño murió el viernes en la noche, ninguna autoridad se hizo presente para el levantamiento y tuvo que ser la comunidad quien lo tomara en sus brazos para regresarlo a su hogar. Los niños que asistieron aquel domingo al cementerio murmuraban y decían que a Johan lo habían matado, que unos espíritus le habían robado la vida, que eso era lo que comentaban los mayores y que este era un mal de la familia, pues hacía tan solo unas semanas un primo de él, un joven de 15 años, también se había suicidado.

Cosas de indios, decían los mestizos presentes, que no saben qué inventar. Son comunes estas expresiones que tratan con desdén a las creencias y costumbres de los pueblos indígenas; porque costumbre se nos ha vuelto admirarlos en los libros de historia y condenar los tratos que recibieron de parte de los españoles durante la dolorosa y violenta conquista. Pero los hemos condenado, como pueblos vivos, a permanecer atrapados en ese pasado porque hablamos de ellos ignorando su aún más doloroso presente.

La mayoría de los niños y niñas indígenas en el territorio asisten a escuelas primarias donde hay etnoeducadores, ubicadas en las veredas donde viven. Allí aprenden español, pero, así como en sus hogares, se habla mayormente su lengua materna. La transición a la educación secundaria es, desde lo que he podido evidenciar en mi experiencia, traumática. Su desempeño en la lectura y escritura del español no es el que exigen los contenidos académicos del grado y, por tanto, les cuesta cumplir con las actividades dentro del aula; y aunque se relacionan bien con sus pares, la comunicación con los docentes es complicada y el frío contexto de la evaluación hace que se convierta casi en una tortura para todos los involucrados. No les entiendo, no me responden, son demasiado reservados, dicen los profes… La estrategia de padrinos en el aula brinda una solución a la urgencia de calificar ejercicios y diligenciar formatos de notas, pero nada hace con el problema estructural de fondo: la barrera cultural y social que parece infranqueable.

En este contexto, muchos estudiantes indígenas no llegan a la educación media. Otros se van de sus hogares a muy temprana edad para conformar familias y esto los aleja de la educación formal. Algunos deciden ingresar a la modalidad de educación para adultos donde el nivel de exigencia académica es menor y logran terminar el bachillerato, aunque el problema persiste: se les exige que comprendan el mundo a través de conceptos completamente alejados de sus propias experiencias y conocimientos.

El juicio frente a su espiritualidad se traslada, pues, a otros aspectos de su vida: su forma de aprender y relacionarse, el manejo de sus vínculos afectivos, si tienen hijos o si no los tienen. Hasta la hora a la que salen a trabajar en las mañanas es tema de discusión. También sus luchas y sus necesidades, y hasta su muerte. En medio de todo esto, se encuentran las niñas, niños y adolescentes frente a un mundo que no los reconoce y en el que, a su vez, ellos no logran reconocerse. No han pedido nacer bajo el estereotipo de salvajes que aún se mantiene acerca de su forma de vivir y su cultura, y ante el que la única alternativa parece ser la obediencia, para así encajar a la fuerza en otro estereotipo y someterse al estilo de vida de los Kapunia o libres, como nombran a los mestizos.

Así que yo también creo que una fuerza centenaria, invisible y violenta, nos ha robado la vida de Johan Darío, así como la de otros miles de jóvenes indígenas en el país. Esta fuerza no se instala solo en el corazón de quien decide quitarse la vida ante un panorama desolador; está instalada en nuestro lenguaje que, con violencia, condena al Otro a un papel que no ha decidido desempeñar y que no lo deja ser en su esencia, descubrirse y amarse de la manera a la que todos deberíamos tener derecho. Es doloroso contarles que apenas supe el maravilloso niño que era Johan después de su muerte, al escuchar los tiernos recuerdos que sus compañeros atesoraban con él y lo generoso que había sido siempre con lo poco que tenía.

No sé cuál es el camino que pueda conducir a anular el poder que tiene la discriminación y la desigualdad sobre la vida y la muerte, pero estoy muy segura de que no es por el que transitamos. Las comunidades indígenas a lo largo y ancho del país llevan décadas clamando por las vidas de sus jóvenes, que se ven truncadas por el temor al reclutamiento forzado, por la falta de oportunidades y por todas esas formas en que la violencia estructural aplasta todo lo que no le es útil al progreso y la productividad. En internet hay muchas cifras que dan cuenta de esta tragedia y en las reuniones de los dirigentes municipales resuena el problema de estos casos como algo en lo que no pueden aportar, “porque es que a esa gente quién la entiende” … Mientras tanto, el padre de Johan Darío le comenta a la profe de la escuela de la vereda que su niño le hace mucha falta, que cree que no va poder superar ese dolor y que quisiera verlo correr hacia el río con su careta para pescar.

Un comentario en “Adiós a Johan Darío

  1. Una gran mayoría de los artículos de EL COLECTIVO me parecen muy buenos. Pero este en especial me conmovió. ¿Cómo podemos seguir en la indolencia, en el dejar pasar sin dejar hacer, en tener la mirada perdida y la mente dormida? ¿Qué debemos hacer, y yá? Gracias Profesora Tatiana, por esta bella e importante, aunque triste, lectura.

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