Por Jhonny Estrada

Ilustración: Jhonny Estrada
En Latinoamérica, la colonización y la occidentalización siguen avanzando bajo las promesas del progreso capitalista, dejando a su paso, como hasta hoy, ruinas e injusticias que afectan en mayor grado a los menos favorecidos. El desarrollo, que se jacta de traer consigo la mejor calidad de vida con sus comodidades alienantes, avanza sin mirar hacia atrás. Y así, mientras todos estamos corriendo con ansiedad hacia el maravilloso y confortable futuro tecnológico, perdemos de vista las historias de quienes son sacrificados para que el desarrollo llegue hasta nuestras casas en forma de agua caliente o de una tarde de Netflix.
Historias que son tan fáciles de olvidar o de las que ni siquiera nos enteramos, porque, además de que muchas no suceden en el mundo de los citadinos, tampoco circulan en los medios hegemónicos. Estos últimos, más bien desinforman y moldean la cultura y la cosmovisión, vendiéndonos la cara de un mundo bueno y feliz -el mejor de los posibles- en el que lo malo que sucede son baches y no injusticias históricas que reclaman su transformación. Por eso, como un acto de rebeldía, seguiremos sumergidos en el relato que compartimos en la edición anterior sobre el trabajador social egresado de la UdeA, a quien decidimos llamar Pablo, y quien denunciaba los embates que sufren las comunidades de cimarrones y Embera Eyabida de las montañas de Urrao; relato que es resistencia a la amnesia obligatoria, como decía Galeano.
Pablo nos comentaba las condiciones por las cuales estas comunidades sufrían una reducción en su calidad alimentaria, lo que a su vez acarreaba la muerte de muchos de sus niños. Condiciones en las que los grupos armados tenían mucho que ver. Así, relata y continúa diciendo: parte del problema de los actores armados allí, a saber, en las comunidades Embera y Cimarrones de Mande y Puntas de Ocaido, ha sido el reemplazo, a fuerza de fusil, de la minería tradicional. Esto afecta a los indígenas y, en particular, a la comunidad de afros cimarrones, pues, dado que sus antepasados se habían fugado de minas, tienen la minería como una actividad ancestral que hace parte de sus señas de identidad y de sus formas de relacionarse con el territorio.
Ellos tienen una forma de minería ancestral que no afecta al medio ambiente, la cual llaman popularmente “lavar” y que nosotros conocemos como barequeo. Esta consiste en ir a los ríos con unas bateas luego de que hay lluvia, aprovechando que el Chocó es el segundo lugar con más pluviosidad del mundo y que cada que crecen los ríos se crean sedimentos que exponen pequeñas pepitas de oro.
Esta minería ancestral o tradicional es reemplazada hoy por el uso de químicos, en particular por el mercurio, al cual ellos conocen popularmente como “azogue” y que facilita el trabajo porque permite separar el oro de otras sustancias como la tierra, la piedra, etc. Esta forma es usada por los poderosos de manera masiva, con dragas y técnicas industriales río arriba. Sin embargo, para las comunidades, esta técnica tiene consecuencias muy graves: lo primero es que los peces, una de sus fuentes de alimentación, van mermando sus poblaciones al morir intoxicados y cambian sus ciclos de reproducción. Además, tanto los peces como el agua quedan contaminados y empiezan a ser dañinos para las comunidades.
Valga decir que los Embera Eyabida de Urrao tienen baja talla corporal, lo cual no se puede explicar meramente en términos étnicos, sino principalmente por la falta de proteína en su alimentación. Esto se puede constatar en que los Embera que están en otros lugares y que tienen otra dieta más generosa, poseen una talla más alta. Por su parte, los Eyabida cada vez consiguen pescados más pequeños, de menor calidad y más llenos de mercurio.
Otra cuestión importante, es que para estas comunidades el agua es la vida. De hecho, para los Embera hay un espíritu del agua que cuida de los ríos y de su comunidad. Por tanto, es muy difícil para ellos convencerse de que es necesario hervir el agua, porque pensar que el espíritu del agua puede ser dañino es poco sensato, cuando se supone que es sostenedor de la vida.
Pablo comenta que, en términos del conflicto, la época que estuvo allí fue relativamente tranquila, pues el actor dominante, que era las FARC EP, estaba en el proceso de paz. No obstante, llegó un tiempo en que se estuvo complejizando el asunto, porque ese vacío lo estaban tratando de captar dos grupos armados que venían del Chocó. Entonces se comenzó a vivir mucha tensión, pues la manera de estos grupos para comenzar a cooptar el territorio era salir a hacer patrullajes, y como había solo un camino bueno para entrar a la selva, que justo atravesaba la comunidad, existía el peligro constante ante los posibles combates.
El hecho de que los Embera deban estar allí y se hayan tenido que desplazar del valle fértil del río Penderisco para preservar sus comunidades, es un acto de sobrevivencia que responde a las injusticias que han sufrido con el colonialismo; como también que los cimarrones hayan tenido que irse a crear sus vidas en lugares tan apartados para escapar del proceso de esclavización.
Pablo comenta que estas injusticias fueron perpetuadas mediante un epistemicidio liderado por la madre Laura. Ella fue una mujer de espíritu fanático y reaccionario, que se dio a la misión de convertir a los indígenas al cristianismo, lo que implicó la eliminación de algunas de sus cosmovisiones y modos de vida. Por ejemplo, fue ella quien convenció a los Embera de que era inadecuado estar desnudo y que era necesario el uso de prendas. Por tanto, lo que hoy vemos y entendemos en nuestras ciudades como el vestido tradicional de los Embera, particularmente el de las mujeres, es el fruto de ese trabajo de aculturación que lideró la madre Laura, apoyada en una doctrina importada de los Estados Unidos que dictaba: “matad al indio y salvad al hombre”. Es decir “no asesines a los indígenas sino a su cultura”.
