
Portada: «Por la paz latinoamericana» – Juan Carlos Ñañake Torres
Fiel a su ilusión de ser el pueblo elegido, Israel se empeña hoy en abrir las puertas del Infierno: no solo cumple ya un año de genocidio sistemático en Gaza, sino que pretende extender su guerra sin cuartel a los pueblos de Líbano, en donde ha empezado una invasión terrestre, a Irán, Yemen y Siria, en donde cometió el exabrupto de bombardear una base aérea de Rusia, con lo cual saca la guerra de los confines del Medio oriente. Es una guerra que no puede ganar por más que elimine poblaciones enteras y se anexe territorios que no le pertenecen, pues si su propósito, más allá de eliminar al enemigo (al que más bien parece fortalecer), es la liberación de los 100 rehenes que permanecen en poder de Hamas, seguramente no lo va a conseguir por esta vía.
Pero Israel no quiere liberar a los rehenes. Lo que pretende es consolidar su poderío militar a fin no solo de mantener los territorios anexados en Gaza sino de extenderlos, en un gesto que recuerda las invasiones Nazis en Europa justificadas en la superioridad racial de los alemanes y, por lo tanto, en su derecho privilegiado a expandir su espacio vital por encima de otros pueblos considerados inferiores. El privilegio que se arroga Israel es el de ser el pueblo elegido por Dios, quien, además, le prometió aquellos territorios que, por desgracia, hoy ocupan otros pueblos con más arraigo. Así que, en su intención de mostrar su poderío militar, lo único que logrará Israel es sembrar más dolor y muerte en la región y, sobre todo, consolidar un odio en contra suya que hoy se extiende más allá del Medio oriente.
Esta no es una guerra que pueda ganar nadie. Una guerra en donde Israel realiza un salto al vacío a ver si en el caso extremo logra la intervención militar del imperio, que, hasta ahora, ha protegido sus crímenes de lesa humanidad en Gaza y en la región entera. Dicho de otra manera: Israel le apuesta a provocar una tercera guerra mundial, soñando con que al final, tal como pasó después de la segunda guerra mundial, pueda lograr un nuevo y favorable reparto de los territorios de la región. Se olvida que la tercera guerra mundial posiblemente no tenga un final al estilo de las guerras anteriores, y que, si lo tiene, el reparto que tanto anhela Israel probablemente no sea a su favor, dado que en esta disputa por la hegemonía mundial ya Estados Unidos no aparece como un ganador seguro.
Si se mira bien, las puertas del Infierno no las empuja solo Israel, aunque no es una tarea de la que reniegue; más bien Israel es la mano movida por el imperio gringo (que hoy tiene como lacayos a los gobiernos europeos) para atraer a la guerra a los países que ponen en cuestión su hegemonía mundial. Eso explica el ataque de Israel a la base aérea rusa en Siria, además del sostenimiento de la OTAN de una guerra perdida desde el principio en Ucrania (al fin de cuentas los que sufren son los ucranianos). Es la lógica de un imperio decadente que empieza a derrumbarse, que ya no puede sostener con el discurso su legitimidad como policía del mundo ni usufructuar solo las ganancias que el control del mercado global le garantizaba.
Desafortunadamente, los coletazos de un imperio en ruinas siempre traen mucho dolor para los pueblos del mundo. Y somos los pueblos del mundo los que hoy tenemos que precavernos de los efectos de la caída del imperio. Y el primer paso para ello es parar la guerra en Medio oriente, portal que lleva, si se abre como hoy pretende hacerlo Israel, al horror de la destrucción total o, por lo menos, de una destrucción y un sufrimiento tales que la humanidad tardará décadas y siglos en reponerse.
La bandera de la paz es una bandera que hoy debe y puede unir a los pueblos del mundo. Pero la aspiración de la paz no debemos confundirla con un pacifismo ingenuo. Si esta se limita al silencio de las armas, a la aceptación del designio de los poderosos, será una paz para garantizar el orden social impuesto por los opresores y explotadores, una paz que naturaliza el desprecio a la vida de los humillados y ofendidos, sustentada sobre la deshumanización completa.
Así que la búsqueda de la paz, por lo menos en el Medio oriente, implica exigirle a Israel la devolución de los territorios ocupados, el respeto a la vida y la dignidad de los palestinos y el abandono definitivo del proyecto expansionista y fascista del sionismo. Y ello implica, a su vez, la exigencia perentoria a las potencias capitalistas de que retiren su apoyo político, militar y económico a este régimen de muerte en que ha devenido el sionismo.
Todo lo anterior, por supuesto, nos lleva a reconocer que el mundo hoy está dirigido, en su mayoría, por políticos inescrupulosos, ensoberbecidos con el poder y estrechos de mira, pues no alcanzan a ver más que sus conquistas de hoy, sin reparar en las consecuencias de sus acciones mañana. Así las cosas, parar la guerra en Medio oriente, y también en Ucrania, implica que los pueblos del mundo nos tomemos en serio la tarea de organizarnos y confrontar a nuestros dirigentes para lograr un timonazo no solo en términos de la política exterior sino de las políticas al interior de los países y Estados, donde se mantienen las mismas dinámicas de muerte para preservar el poderío del capital.
Si lo expresamos de manera más radical, no se trata solo de exigirle a la clase dirigente que cambie su política frente a Israel y abandone su abyección al imperio decadente. Se trata más bien de asumir la dirección en nuestras manos, como pueblos, y reorientar el rumbo de la humanidad en defensa de la vida digna, con justicia y libertad. Reconocer que el revolcón en el orden geopolítico es inminente, que la caída del imperio hegemónico hoy es un hecho, no implica tomar partido y alinearse con el que tiene hoy la posibilidad de disputar con éxito la hegemonía. No se trata solo de cambiar el orden mundial, sino, y sobre todo, de cambiar el orden social existente. No estamos condenados, como pueblos, a padecer las catástrofes que las disputas entre imperios echan sobre la humanidad; podemos y debemos hacernos protagonistas del cambio para avanzar hacia un mundo sin dominación ni opresión de ningún tipo.

Contraportada: «Reunir el amor y la bondad de todos ayuda a los necesitados a escapar del sufrimiento» – Lin
