Por Rubén Darío Zapata

Fotograma tomada del canal de youtube de la Revista Izquierda.
El viernes 20 de septiembre murió La Gorda Fabiola, un personaje mediático, famosa por su participación en el legendario programa de humor en Televisión, Sábados Felices. Como era de esperarse los medios masivos asumieron que su muerte ameritaba un duelo nacional, acaso porque asumían que la relación que establecen los televidentes con sus fans es realmente una relación de amistad sincera. El caso es que yo en ese momento no podía sumarme a ese duelo propuesto, no solo porque no sentía cercano al personaje, porque el duelo televisivo me parecía una continuación del espectáculo, sino porque yo estaba viviendo mi propio duelo: el día anterior había muerto mi amigo Germán Roncancio.
Su muerte nos tomó por sorpresa. Y digo nos tomó porque el amigo que me comunicó la noticia parecía tan sorprendido como yo, y seguramente mucha gente al conocer el suceso se sorprendió igual. Es algo paradójico, primero porque la muerte es una posibilidad tan segura para todos que no debería sorprender a nadie; pero, además, Germán, que fue un hombre de mil batallas sobre la tierra, ya no era un hombre en la flor de su juventud y sufría de varios achaques, de los que, por supuesto, no hablaba mucho. Uno le preguntaba cómo estaba y él, como restándole importancia, siempre decía: “Ahí con los controles de rigor, exámenes y demás. Pero, en general bien”. La sorpresa, creo yo, tuvo más que ver con que Germán parecía haber asumido la vida como si la muerte no existiera, como si no fuera una amenaza real que pudiera quitarle el sueño, pues había cosas en la vida más importantes en qué pensar. Y uno efectivamente observaba a Germán en su actitud de vida como si no fuera un ser hecho para la muerte.
Germán parecía más bien un hombre nacido para la revolución y a la revolución dedicó de verdad toda su vida. Su propia madre, cercana al padre Camilo Torres y al proceso del Frente Unido, fue su gran referente. Después Germán transitó por casi todos los procesos sociales y organizativos de envergadura que en el país tuvieron un horizonte realmente transformador y revolucionario. Yo lo conocí al final de su vida, junto al profesor Renán Vega Cantor, al frente de la Revista Cepa, un espacio de trabajo intelectual y político que había sido la encarnación de uno de los últimos sueños del maestro Orlando Fals Borda. A mantener esta revista como un baluarte del pensamiento crítico en Colombia y como posibilidad de puente entre los sectores intelectuales y los movimientos sociales y populares, dedicó Germán parte de sus mejores esfuerzos en los últimos años. El resto de su energía la dedicó a consolidar el proceso de enseñanza en una maestría de derechos humanos, acaso la primera experiencia de este tipo en el país, y a sumar sectores sociales y populares en defensa de los procesos de paz.
Era un personaje de talla nacional e internacional. Pero ni siquiera dentro de los sectores políticos de izquierda fue famoso, porque la fama nunca fue su búsqueda. Por eso su trabajo siempre fue de hormiguita, en asuntos de importancia vital para el movimiento social y popular, pero poco visibles. Por eso deseché el sentimiento de rabia que me producía ver el duelo nacional que promovían los medios en torno a la muerte de La gorda Fabiola y el silencio atronador frente a Germán. Pero él no hubiera querido un homenaje de los medios del establecimiento al que combatió toda su vida.
A través de su trabajo, de su apuesta política y su vitalidad, Germán tocó a mucha gente, transformó su vida y logró en ella la proyección de una apuesta revolucionaria o, por lo menos, que fuera sensible frente al dolor del mundo y las posibilidades de cambio. Y no lo hizo a través de las pantallas, como los famosos de la televisión, sino directamente, son su amistad, su entrega sincera y su solidaridad. Tejiendo puentes, juntando a la gente, articulando procesos.
Como en todo ser humano, en Germán seguramente también hubo aspectos que disgustaron a otros, lo cual es muy normal en una izquierda fragmentada, que alimenta sus egos a la manera en que la sociedad nos lo exige. Pero esos asuntos se los dejo a otros. Yo me quedo con aquello que, a mi modo de ver, hizo de Germán todo un luchado de talla revolucionaria, que tres días antes de la muerte estaba, seguramente desde el hospital, compartiendo las relatorías de la Asamblea Nacional Popular que había tenido lugar hacía poco y en la que no se privó de estar.
A mí su partida me pegó duro en el centro del alma. El año pasado habíamos tenido que cerrar, por sustracción de materia (recursos humanos y económicos) el proceso Cepa y sé que ese fue un golpe terrible para él, pues era una de sus apuestas políticas más importantes. Desde entonces no nos habíamos vuelto a ver y escasamente habíamos intercambiado algunos saludos; ninguno de los dos terminábamos de aceptar lo que había pasado y lo irreversible de la decisión.
Cuando supe la noticia de su muerte, supe también que para mí Germán había sido una especie de faro solitario. Tuve el impulso irracional y loco de llamarlo para preguntarle qué había pasado, pues supe también que no tenía contacto con su familia, que, para ese momento, estaba en el exterior. Fue terrible ese golpe de conciencia, que vino además con la certidumbre de que muchas conversaciones se habían quedado sin desarrollar, muchas preguntas sin responder y muchos abrazos se habían quedado varados en la distancia. Que sea esta la oportunidad de un homenaje sincero, de una catarsis que nos permita encajar la realidad de su ausencia, mientras yo sigo dándole vueltas a la entrevista que nunca le hice.

Lamentando desde el alma la partida de Germán Roncancio , Comparto el texto que en este trocito lo refleja: Germán parecía más bien un hombre nacido para la revolución y a la revolución dedicó de verdad toda su vida.
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Lamentando desde el alma la partida de German Roncancio. Creo que este trocito lo refleja: » Germán parecía más bien un hombre nacido para la revolución y a la revolución dedicó de verdad toda su vida. «
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