Por José Agudelo

Foto: Restos de un beeper detonado en el atentado del 17 de septiembre. Cortesía de Mehr News Agency.
Quien tenga familiaridad con las discusiones de las facultades de derecho y de ciencias políticas se habrá encontrado en su momento con el concepto de guerra justa. Tal concepto es problemático porque bien sirve o para justificar un avance militar específico o para calificar el desenvolvimiento del mismo avance en conformidad con convenciones como el Derecho Internacional Humanitario. Un argumento legitima la guerra con todas sus consecuencias y el otro trata de establecer los límites de esa legitimidad. Y quien haya estado al tanto del debate académico de ese concepto, se habrá encontrado con otro concepto como el de realpolitik, la política real, refiriéndose a cómo la política opera sin consideración alguna de convenciones o acuerdos teóricos o discursivos.
Pues bien, esta pequeña píldora sirve para introducir a un hecho reciente respecto a la situación de los conflictos promovidos e impuestos por el Estado de Israel en las últimas semanas. El Estado colonial de Israel justifica no solo la avanzada militar en Gaza, con los argumentos de la guerra justa y accionando con total despreocupación desde la realpolitik. También ha expandido su mira, nuevamente, al Líbano. La autoproclamada democracia antiterrorista ataca nuevamente a los civiles del Líbano, con la justificación de contrarrestar al grupo político y militar Hezbollah.
Quien tenga algo de memoria respecto a las tecnologías de comunicación, se acordará de los beepers, o pager. Un dispositivo que permitía un sistema de notificaciones a distancia y que gozó de amplia popularidad en la década de los 90. Estos aparatos permitían que organismos médicos, de seguridad y atención a accidentes, como las estaciones de bomberos, mantuvieran al tanto a quienes prestaran estos servicios en casos de urgencias, e incluso hoy es común encontrar estos dispositivos a pesar de la masificación de los teléfonos inteligentes.
Hezbollah se ha visto asediado por la inteligencia israelí al haberse opuesto, de manera pública y desafiante, desde octubre, a la ofensiva en Gaza. Desde febrero de este año, las directivas de la organización ordenaron a sus integrantes usar los beepers como medios de comunicación, ya que la red de telefonía en el Líbano había sido intervenida por los israelíes. Un cargamento proveniente de Bulgaria, de más de cinco mil beepers de la marca de Taiwan Gold Apollo, abasteció a los militantes de la organización política.
Pero el 17 de septiembre varios usuarios de estos dispositivos recibieron una notificación, lo que los impulsó a llevarse el beeper a la cara para revisarla. En menos de un segundo, tanto cada uno de ellos como gente al rededor en tiendas, hospitales, calles y escuelas, fueron afectados por una explosión proveniente de sus beepers. En todo Líbano y en parte de Siria las explosiones de estos dispositivos dejaron ese día un saldo de 12 víctimas mortales, incluyendo dos niñas, y un poco más de 2.750 heridos, con mutilaciones en ojos, rostro, manos y articulaciones, entre ellos, el embajador iraní en el Líbano. Al día siguiente, 18 de octubre, aconteció otra ronda de explosiones simultáneas, esta vez en comunicadores portátiles, o walkie-talkies. El saldo total subió a 42 muertos y más de 3.500 heridos.
Estos dispositivos fueron comprados a una compañía húngara y fabricados por una búlgara, de la que se sospecha, fue operada por la inteligencia israelí con complicidad de empresarios noruegos. Llevaban una carga de tres gramos de PETN (tetranitrato de pentaeritritol), un explosivo que con pocas cantidades puede igualar el impacto del ya famoso TNT, y que solo es detectado cuando ya está a punto de detonar. La magnitud y la forma del atentado deja claro que los dispositivos contenían un interruptor que recibía señales a distancia para proceder con las explosiones.
Hezbollah acusó a Israel y lo tomó como una declaración de guerra. Sin dar lugar a la duda, el día 20 de septiembre, Israel lanzó un ataque teledirigido con misil a un complejo de apartamentos en la capital libanesa de Beirut, ocasionando 55 muertos y más de 68 heridos. El objetivo del ataque fueron Ibrahim Aqil y Ahmed Wehbe, comandantes de la fuerza especial de Hezbollah. Dos días después, el presidente israelí, Isaac Herzog, desvinculó a las fuerzas israelíes del atentado con beepers y Walkie-talkies. El mismo día, el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó que “si Hezbollah no ha entendido el mensaje, les juro que lo entenderán”. Tres días después empezó una ofensiva bilateral con misiles que ha cobrado la vida de más de 700 personas y ha herido a más de 2000 (datos del 26 de septiembre), entre civiles y combatientes libaneses e israelíes, y ha desplazado a quinientos mil civiles libaneses, pues los impactos se han dado en varias zonas residenciales.
El conflicto del Estado de Israel, no sólo con Palestina, sino con otros países como Líbano y hasta Egipto, no es reciente, pues los primeros ataques del Estado colonial tomaron lugar poco después de la creación del país en la década de los 50. La extrema derecha sionista afirma que la tierra prometida debe abarcar desde el Líbano hasta el Sinaí, en Egipto. Estos ataques y conflictos entre naciones es lo que llevó a la conformación de grupos fundamentalistas como Hamas o Hezbollah, a finales de los años 80. Bajo el discurso del vástago de la guerra justa, la guerra contra el terrorismo, Israel ha dejado claro que no le importa saltarse los límites de la guerra, financiando empresas fantasmas para perjudicar a miles de civiles, como lo demostró con el atentado de beepers, con tal de cumplir su proyecto de expansión, propia de un Estado colonizador.
La redefinición de la guerra hecha por Israel, una guerra en la que nadie se salva, es celebrada en la prensa occidental como una maniobra excepcional de astucia. Pero es todo lo contrario: quien busque el establecimiento de la dignidad en el mundo debe rechazar cualquier artimaña que expanda el dolor y la miseria. Es imposible no defender ahora a Palestina, pues no hay ningún rehén israelí en suelo libanés que justifique la desproporción de la ofensiva en días recientes, como lo ha hecho Israel respecto a los rehenes de Hamas en el último año. Israel debe parar y entregar las armas, pero ya ha dejado claro el mensaje que insinuaba Netanyahu: Que el colonialismo, el racismo y el fascismo no dudarán en hacer explotar tus cosas, con tal de que estés fuera del camino.
