Por Carolina Zea Fernández

“Personas con equipaje”, Ilustración de Elena Lishanskaya
Necoclí
“Por aquí la vaina es bien jodida. Aunque eso se ha vuelto un negocio. Mire: toda esta cuadra está llena de tiendas con cosas para migrantes. Linternas, ollas, fogones, botas, impermeables, carpas. Lo que usted quiera. Y atrasito, por ese lado de la calle, se llega al puerto de donde salen los botes y desde acá les gestionamos todo. Mientras que una lancha turística para Capurganá cuesta 80 o 90 barras, al migrante se le está cobrando entre 400 y 420 dólares por cabeza. Sí, en dólares. Porque así es mejor para todos. Ahí está incluido todo. El transporte y el paso. Porque usted sabe que hay que darle su parte a la gente que controla la zona. Cuando no tienen toda la plata, se quedan por acá, trabajando y ahorrando. Acampan por ahí en la calle, en la playa, y trabajan en cualquier cosa, en las construcciones, en los restaurantes, en el mercado. Los turcos y la gente de por allá, la mayoría, sí traen bastante plata, y en dólares. En las lanchas los colocan adelante, con su chaleco, en “primera clase” (risas), y en la parte de atrás van los otros, sin chaleco.
Pero mire lo que le digo, que eso ha ayudado a activar la economía. Los restaurantes, los hoteles, el transporte. Antes aquí la gente no venía sino de paso, para ir a Capurganá o a Sapzurro.
De acá salen pa Acandí, pa Capurganá o derecho pa Panamá, dependiendo de cuánta plata tengan. Los que no tienen plata o son muchos, se van hasta Acandí, y desde allá caminan. Desde allá el camino es mucho más largo y esa selva es muy dura. Muere mucha gente por allá. No aguantan el camino o se van por los volados, o los arrastran los ríos. Yo no sé cómo hacen esas familias que van con un poco de niños. A mí me han contado unas historias. Que a cada rato se encuentran muertos. Que les toca dejar tirados a los heridos. Además de que los niños se enferman más fácil porque no tienen las defensas desarrolladas y cualquier picadura o cualquier cosita los enferma ahí mismo, y cómo van a dejar a un niño tirado. Eso allá resulta un encarte. Pero en esa selva se ve de todo. Mejor dicho, yo creo que la mayoría de los que van es porque no saben eso allá cómo es. O están muy desesperados. Yo no sé”.
Capurganá
Mientras nos acercamos a Capurganá el paisaje cambia. Se deja atrás el mar oscuro y la arena barrosa de Necoclí, para avanzar hacia un paisaje azul turquesa. Una brisa cálida nos da la bienvenida. La arena es casi blanca. Los colores brillan bajo la incandescencia de este sol caribeño. Las personas nos sonríen y nos tratan con amabilidad. Un carro nos lleva por calles pavimentadas hasta nuestro hotel. Hay agua y energía solar.
De este lado, del lado turístico, se está en un paraíso.
Porque del otro lado, después del basurero municipal, hay otra Capurganá que no tiene nada de idílica. A lado y lado de una trocha que va a dar a la selva del Darién, se alzan casas de madera que apenas resisten a la humedad. No hay agua potable ni electricidad. Los rostros y los cuerpos evidencian el hambre y el cansancio. Van surgiendo los sonidos de múltiples acentos: chocoano, venezolano, ecuatoriano. Casi al final de la calle, hay una casa grande, encerrada con malla. Un niño lugareño me dice que es la casa de los hindúes. Me dice que en ese barrio también hay personas venidas desde Afganistán, Siria, Turquía, “de todos esos países de por allá”. “Pero esa gente es muy rara, no habla”. Y mientras pasan dos jóvenes vestidos con unas mantas amarradas, el niño les grita: “Go, go, good bye”. Cuando le pregunto por qué les dice eso, me dice que lo aprendió de sus papás.
Pensar que, a unas cuantas cuadras del malecón, lleno de restaurantes para turistas que ofrecen una infinita variedad de platos y delicias del mar, hay familias muriendo de hambre. Que mientras los turistas descansan en las playas, hay familias a las que no les queda más que apretar los labios y seguir, aunque no descansan desde hace meses, porque en el éxodo los pies y las manos no conocen el reposo y las cabezas olvidan lo que es el sosiego. Mientras en la playa hay fiesta y los visitantes bailan alegres, disfrutando de sus vacaciones, aquí hay familias llorando su desgracia, pensando cuándo descansarán de este infierno.
Pareciera que esta selva conjurara la hostilidad. Cuando se entra en ella, uno no solo se enfrenta a los peligros de no saber caminar por la manigua. También están los peligros asociados a las personas. El prójimo se vuelve enemigo en la lucha por la supervivencia. Los que van a cruzar la selva hablan, sin poder ocultar su miedo, sobre lo que saben que les espera. Las extorsiones, los atracos. Las mujeres temen más. La posibilidad de sufrir una violación es alta. También existe la amenaza de ser secuestradas y usadas en la trata de personas. Una me dice que sería muy difícil tener que vivir con el recuerdo de una violación, pero que la idea que le resulta más insoportable es la de que sus hijas también carguen con ese recuerdo.
Pienso en lo que muestran los noticieros. Las cifras oficiales hablaban de 27 muertes en el año 2023. En apenas seis días que estuve acá, se encontraron diez cuerpos. El niño me dice que eso pasa a cada rato: alguien llega con noticias de la selva, si es que encuentran los cuerpos, o a cada rato arriban lanchas llenas de cadáveres mecidos por el mar.
Me dice que hay organizaciones que prestan atención en salud física y mental de manera ambulatoria. Algunas heridas en el cuerpo se podrán sanar. Pero, ¿Qué sucede con las heridas que atraviesan el alma? Cómo suturar un corazón que se desgaja en nostalgia y tristeza. Cómo tratar las heridas y el dolor que quedan después de tanto sufrimiento y muerte. Estas heridas quedarán para siempre en quienes logren sobrevivir. El largo camino de la migración se puede superar, pero lo que padecieron estas personas allí los acompañará por siempre.
