Editorial N0 112: La crisis del imperio es oportunidad para construir otra humanidad

Portada: Mural «Somo de Maíz» de Pavel Eguez

La historia y la experiencia cotidiana nos han probado que ningún poder puede sostenerse mucho tiempo en la mera coerción violenta. Todo imperio se ha erigido después de la conquista en una especie de poder espiritual que le ofrece a los sometidos un modelo para una vida más elevada, y su ruina ha empezado siempre por su decadencia espiritual. Así, el esclavismo y la servidumbre no se perpetuaron por tantos siglos en América Latina solo por la fuerza del colonizador, sino también porque este logró crear una matriz ideológica que puso sus valores y sus prácticas culturales como modelos a imitar e hizo ver a los negros e indígenas como pueblos inferiores que debían elevarse a la condición de blancos o aceptar su esclavitud como producto de su propia inferioridad. El éxito de tal misión fue tan grande, que todavía hoy estamos luchando en estos territorios contra la naturalización de la colonialidad que se instaló en nuestra subjetividad colectiva.
Europa se presentó a sí misma como una fuerza espiritual que prometía sacarnos del atraso y el salvajismo que ella misma les endilgaba a los pueblos colonizados. Estados Unidos se erigió en potencia espiritual desde el mismo momento de su independencia, realizada supuestamente a nombre de un ideal elevado y pisoteado permanentemente por la Europa colonizadora: la libertad. Y sobre ese caballito ha venido cabalgando por más de dos siglos, aunque en la práctica lo desmintiera permanentemente. Estados Unidos no impugnó el ideal de civilización europea, sino que se presentó como la real y más avanzada encarnación de dicho ideal. Por eso su fuerza espiritual decayó al mismo tiempo en que Europa se arruinaba como proyecto civilizador.
Aimé Cesaire en su discurso sobre el colonialismo denunciaba que Europa, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, ya no podía presentarse ni ser reconocida como un proyecto civilizador, era más bien la prueba fehaciente de la barbarie de la que acusaba a otros pueblos. No hay que olvidar, sin embargo, que, al lado del horror provocado por los nazis, una de las peores afrentas contra la humanidad la realizó Estados Unidos al final de la guerra con las dos bombas atómicas que arrojó sobre ciudades inermes de Japón. Era la presentación en público del poderío militar de los Estados Unidos y de su decadencia espiritual.
Desde ese momento el futuro del imperio Yanqui estaba ya delineado. Mucha ciencia se ha desarrollado desde entonces en Estados Unidos, pero toda en función del poder militar, de las técnicas de control social y de superexplotación del trabajo y elevación de la productividad. No hay detrás del proyecto imperial de los Estados Unidos ningún gran humanista, ningún gran discurso o corriente teórica que presente ideas medianamente coherentes en las que se muestre, aunque sea de soslayo, un proyecto posible de humanidad. Estados Unidos ha representado desde siempre un proyecto contra la humanidad, pero en sus inicios se esforzó al menos por exhibirse a sí mismo como la tierra de la libertad.
Hoy no hacen el mínimo esfuerzo, pero, aunque lo hicieran, ya nadie les cree, ni siquiera quienes los defienden (como la derecha colombiana) que lo hacen a nombre de sus intereses económicos y políticos inmediatos. Así como dejamos de creer en Europa como la esencia de la civilización a fuerza de tantas evidencias empíricas que la mostraban más bien como encarnación de la barbarie, el dominio y la deshumanización, hemos dejado de creer en los Estados Unidos de América como la tierra de la libertad. No hay libertad en Estados Unidos, ni siquiera para los estadounidenses; y a donde quiera que Estados Unidos extiende sus tentáculos arrasa de golpe con las libertades existentes.
Ya nadie cree en una intervención militar de los Estados Unidos a nombre de la democracia, que no defiende ni siquiera en su propio territorio; nadie cree en las cruzadas pacíficas de Estados Unidos alrededor del mundo, pues no le interesa la paz sino las ganancias que pueda obtener con las guerras. Nadie cree en la famosa lucha contra las drogas liderada por los Estados Unidos; es solo su estrategia para el control militar de otros territorios, tal como ha sucedido por décadas en Colombia y como se proyecta ahora en Venezuela. Y Trump lo expresa abiertamente, porque ya no le interesa presentar a Estados Unidos como el adalid de la paz, la democracia o la libertad. Solo espera lograr el sometimiento del mundo a los intereses de Estados Unidos por la fuerza, incluyendo los aranceles y las visas como armas políticas para castigar a quienes no se plieguen.
Pero Trump es apenas la consecuencia de décadas de despliegue de un proyecto contra la humanidad a nombre de la gloria, militar y económica, de los Estados Unidos. Él representa tanto el desprecio del espíritu y la arrogancia del ignorante que solo confía en el poder de su pistola, ambos como marcas de fábrica del proyecto cultural y económico de los Estados Unidos.
Por eso tiene razón Petro cuando confronta en su discurso ante la ONU (y en otros escenarios) la actitud y las estrategias de Trump. Lo que está confrontando realmente es a un imperio en decadencia que no tiene ya nada que ofrecerle a la humanidad sino terror, y que, sin embargo, no logra despertar temor porque es, ahora sí literalmente, un tigre de papel. En este contexto resuena con plena validez la sentencia de Nietzsche de que aquello que está cayendo hay que empujarlo hacia abajo. Y a un imperio en decadencia no se le empuja militarmente; más bien se atacan sus propios fundamentos, sus bases espirituales que se evidencian huecas justamente en la decadencia. Y por eso Petro realmente lo que hace es convocar a los pueblos del mundo en torno a la discusión y construcción de un nuevo proyecto de humanidad.
No hay forma de que Estados Unidos recupere su incidencia mundial como imperio porque ya no puede presentarse como una fuerza espiritual coherente con un proyecto de humanidad, y nadie lo reconoce como tal. Así que la transformación del mundo en el que Estados Unidos era el centro es inminente e inevitable, y viene dándose hace ya un buen tiempo. La pregunta es qué papel jugaremos en la construcción de una nueva civilización los pueblos que hasta hoy hemos sido fortines para el saqueo de los poderosos. O mantenemos nuestra fidelidad masoquista al imperio (como propone la derecha en Colombia) y nos hundimos con él, o buscamos entre los poderes emergentes uno que nos abrigue, o erigirnos al fin como artífices y protagonistas en la construcción de una sociedad justa, donde haya respeto y solidaridad entre los individuos y entre los pueblos. Donde se potencien todas las culturas y se respete a la naturaleza como la casa común que nos acoge a todos. Esas son las alternativas que se nos abren y en ellas se juega el futuro de la humanidad y nuestra responsabilidad moral para asumir la tarea.

Contraportada: Sin titulo – Tijana Lukovic

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