Por Steven Acosta Marulanda

Acuarela de Victor Camilo Curtas
El 2025 fue un año en el que Briceño, un municipio al norte de Antioquia, supo que la violencia iba a continuar con su mandato en el territorio. Entre los meses de septiembre y noviembre cientos de personas se vieron obligadas a desplazarse forzadamente de las veredas hacia la zona urbana. En diciembre la cosa no mejoró demasiado: múltiples riñas y muertos opacaron el sentimiento de alegría, la unión de las familias y el entusiasmo de los vecinos que comparten un mismo espacio; El hijo ausente, de Pastor López, sonaba, pero el característico coro cambiaba su sentido, pues el año que vendría no podrían estar presentes algunos de los, a partir de ahora, siempre ausentes.
En 2026, todo ha empeorado. Los profesores de las veredas reportan explosiones y enfrentamientos constantes; los padres de familia manifiestan sus temores y han decidido no enviar a sus hijos a estudiar. Por su parte, organizaciones como la Cruz Roja y el Consejo Noruego vivieron de primera mano las explosiones y los enfrentamientos cuando hicieron presencia en el territorio. Esto llevó a que durante algunos días los docentes de las veredas asistieran a la sede central y trabajaran en modalidad virtual con sus estudiantes.
No obstante, y a pesar de los constantes llamados y advertencias de las organizaciones, los padres de familia y los mismos docentes, la medida duró poco y, atendiendo a diferentes presiones (aparentemente municipales y departamentales), se volvió a la presencialidad.
¿Qué encontraron los docentes y los estudiantes? El techo de una de las sedes presentaba un hueco, resultado de una explosión (dicen que de un dron al que se le soltó un explosivo); ventanas y muros del colegio tenían huecos similares a los registrados por Jesús Abad Colorado en fotografías como Niña en la ventana o Duvan del año 2002. Asimismo, el suelo estaba lleno de casquillos de bala: trofeos de una batalla no librada y la afirmación de una guerra que tarde que temprano llamará a quienes los recogieron, dinero fácil para otros, y la prueba de un conflicto presente, uno que la administración municipal no se interesó ni en maquillar para la llegada de los estudiantes.
Durante la jornada del tercer día de regreso a clases los docentes escucharon algunas explosiones, pero decidieron continuar con la jornada, “hacerse los locos” como solemos decir. Mientras regresaban al pueblo encontraron, a escasos minutos de la zona urbana, una moto incendiada en el camino, y un poco más adelante… Consternado por la imagen que acababa de presenciar, lejos de su familia y sintiéndose solo, uno de los docentes buscó los hombros de un amigo sobre el que pudiera terminar de derramar el vaso que hace mucho tiempo había recibido la gota que lo desbordó. Estuvo callado (sin percatarse de ello) durante poco más de una hora, mirando a la nada. Solo pudo hablar después de un abrazo en el que él mismo aceptó su fragilidad. No sé qué lo afectó más: lo que pasó o lo que se dijo que pudo haber pasado, pues algunas personas del pueblo decían que había un plan para colocar explosivos en el lugar de los hechos.
Mientras tanto, los estudiantes de último grado de bachillerato recibían clases de la media-técnica. Una noticia, acompañada de uno de esos gritos a los que solo un corazón desgarrado puede dar lugar, sacudía el salón de clases: el hallazgo de los profesores era el inicio de una ausencia interminable en el hogar de una de las estudiantes. Por mucho que se pueda decir, las palabras nunca son suficientes frente a la ausencia de una madre en la vida de algunas personas. Me limitaré a lo siguiente: dos días después, mientras caminaba y preguntaba por la estudiante en cuestión, me mostraron los estados de WhatsApp: imágenes de la unión perdida y frases como “mi mamá me enseñó a estar sin mi papá, pero no a estar sin ella”. Poco más pude ver antes de sentir cómo las lágrimas se deslizaban por mi cara.
Un mismo suceso en el que alguien pudo abrazar su fragilidad y reconocer que no estaba tan solo como a veces se piensa que se está; mientras que otra persona se vio empujada hacia la misma fragilidad, pero ahora reconociendo una soledad que ya no la abandonaría. La misma semana, con este acontecimiento, sumado a otros hechos que darían cuenta de la zozobra que se puede llegar a experimentar en el municipio, llevarían al docente de la media-técnica a sufrir un paro que acabaría con su vida a unos cuantos pasos del hospital, ubicado al final de la calle (una loma) del colegio; no sería ahora una hija que perdía a su madre, sino una madre que perdía a su hijo por una guerra que deja secuelas también en lo mental y o emocional, algunas que en ocasiones no se pueden resistir.
