Por Carlos Mario Cartagena

Yerry Mina y Álvaro Uribe. Foto: Transfermarkt y video de Álvaro Uribe Vélez
Colombia es el país de la belleza. Así lo dice el eslogan de la marca país, con la que el actual gobierno propone promover la industria del turismo sostenible como motor de la nueva economía y acabar con la dependencia de la explotación minera- causa de graves problemas ambientales- como base de la economía nacional. Sin duda, la belleza del país viene de los contrastes de la geografía nacional donde se encuentran a la vez mares, valles, cordilleras, páramos y toda variedad climática y ecológica. Pero también las contradicciones políticas, económicas y sociales llaman la atención en un país que no acaba un conflicto interno de mucho tiempo y que es causa también de que Colombia hoy sea uno de los países con mayor desigualdad en el mundo y en la región.
Poco tiempo después del final de la Copa América de Fútbol, donde la selección colombiana fue subcampeona, se produjo un encuentro de celebración en la hacienda El Ubérrimo, propiedad del expresidente Uribe Vélez, de éste con tres famosos integrantes de la selección: Juan Guillermo Cuadrado, Jefferson Lerma y Jerry Mina (todos negros y oriundos de territorios marginados y empobrecidos). Poco antes de la reunión, los deportistas evitaron visitar al presidente de la república Gustavo Petro, en el homenaje que este pretendía hacerle a la selección.
El hecho es entendible porque Jesurum, presidente de la Federación de Fútbol, está relacionado con la casa Char, rivales políticos del actual gobernante. Es tan extrema la rivalidad, que incluso se han denunciado alianzas de los Char con carteles de México para asesinar a Petro en los tiempos de la campaña electoral que lo hizo presidente. No sobra añadir que los deportistas mencionados, con su éxito futbolístico y económico, hoy entran en la categoría de nuevos ricos gracias a sus grandes fortunas amasadas y ya reclaman por la “seguridad democrática” para cuidar su riqueza.
La hacienda El Ubérrimo comprende una gran extensión de cerca de 1500 hectáreas y está ubicada en el departamento de Córdoba, cerca de su capital Montería. Coincide su ubicación con el territorio donde tuvo origen el fenómeno paramilitar: grupos armados ilegales relacionados en muchos casos con el negocio del narcotráfico, que mientras decían defender al Estado, despojaron y desplazaron comunidades enteras. Casualmente, Uribe se vio forzado hace poco a devolver baldíos propiedad de la nación que él había ocupado. Y no hay que olvidar que la política de seguridad democrática desembocó en el genocidio -mal llamado de los falsos positivos-, donde, en nombre de la seguridad, se masacraron humildes jóvenes de zonas marginadas a quienes se quiso hacer pasar como guerrilleros muertos en combate.
A pesar de las banderas económicas de los tres huevitos, el gobierno de Uribe incrementó la desigualdad y la pobreza en la Colombia profunda; mientras tanto, en los centros de gobierno crecía la corrupción con escándalos como los de Agro Ingreso Seguro, la compra de la reelección y Odebrecht, que tocaron a la puerta de la casa de Nari, como dijo un visitante no registrado. También a Uribe se deben las reformas laboral, pensional, de salud, de vías públicas, de energía, hoy causas de una mayor crisis económica y de beneficios inmensos para el capital.
Uribe está hoy a puertas de ser juzgado por la Justicia, y no por su relación con los grupos paramilitares -asunto sobre el cual existen varias denuncias- ni por las masacres cometidas por los mismos, sino por la compra de testigos. Por ahora solo se le juzga por soborno y fraude procesal, hechos por los que fue, además, detenido preventivamente en la misma hacienda El Ubérrimo, en tiempos de Pandemia, por orden de la Corte Suprema de Justicia. Su hermano, Santiago Uribe, está preso por paramilitarismo en un proceso donde también los testigos a su favor resultaron imputados por falsos testimonios.
Por todo esto, llama la atención el encuentro de los nuevos ricos que, provenientes de la Colombia olvidada por los gobiernos, especialmente por los de Uribe, ahora conversos, vuelven la espalda al primer presidente alternativo en la historia de Colombia, para correr a abrazar al causante de tanto dolor en sus pueblos y comunidades. Pueda ser que esta no sea una señal del abandono a esas comunidades que los llaman héroes y donde muchos no alcanzarán, por falta de oportunidades, su mismo éxito personal.
Estos olvidos de los nuevos ricos pasan, en buena medida, por la falta de educación y, por tanto, de un adecuado pensamiento coincidente con las realidades que nos rodean. Así cobran importancia los llamados de un pensador como Kant al “sapere aude” del atrévete a pensar. También de Hannah Arendt, víctima del holocausto nazi, quien rechaza el autoritarismo y los totalitarismos, que se mantienen, en parte, por la ignorancia de la población agradecida con los beneficios obtenidos de las dinámicas históricas opresivas. Ella dice que debemos pensar como condición para mejorar el mundo con acciones compartidas.
Estamos ante una realidad ya descrita por el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, quien conjugó los esfuerzos de la filosofía y la psicología para adentrarse en los abismos de la del conflicto colombiano, donde las víctimas de ayer son los victimarios de hoy. Es la realidad en tiempos de la posverdad, que señala el triunfo de la mentira y de la mentalidad del rebaño que prefiere la comodidad del pastor que los guía al cielo y les ahorra tener que pensar para construir visiones alternativas del futuro.
Zuleta mismo abandonó los estudios porque no le quedaba tiempo para estudiar. Y esto era una crítica profunda a nuestro sistema educativo, que no puede estar solo dirigido a acumular contenidos, sino más bien a promover la autonomía y el pensamiento crítico. Mientras no sea así, la educación misma, igual que la falta de educación, nos condena a la autodestrucción por elegir cada vez peores gobernantes como los Bukele, Trump y Milei de otros países, que ya asesoran con sus éxitos a los Uribe, Vargas, Valencia, Cabal y López, decididos a recobrar el poder a toda costa, con las banderas de la seguridad democrática de su padre político Álvaro Uribe Vélez.
