La arena pública en la era digital

Por C. Carmona Salas

Ilustración: Ricardo Figueroa

“Si un embolador pudo ser concejal, ¿por qué yo no podría ser presidente?”: esto oía decir a los adultos cuando yo tenía la edad que ahora tiene mi hijo. En ese momento no entendía de qué iba el asunto, pero después supe que se referían a Luis Eduardo Díaz —despectivamente llamado el Concejalucho—, cuya elección como miembro del Concejo de Bogotá no fue tanto un reconocimiento a su capacidad política, sino una bofetada del electorado a las élites, demostrándoles que incluso el ciudadano más anodino podía irrumpir en las esferas del poder.

Lucho pudo tener su momento de gloria gracias a que la Constitución del 91 amplió los mecanismos de participación, permitiendo que actores diferentes a los partidos políticos tradicionales pudieran aspirar a cargos de elección popular. Sin embargo, lo que entonces apareció como un hecho pintoresco e irreverente que generó gran controversia en la opinión pública, hoy se reencaucha en un escenario diferente: para los próximos comicios legislativos, un número significativo de influencers y personajes del mundo del espectáculo buscan, a fuerza de seguidores y likes, hacerse a una curul en el Congreso.

Cabe resaltar que la plaza pública —antiguo epicentro de la pugna por el poder y lugar de encuentro entre los líderes de los partidos y la ciudadanía— ha sido reemplazada por las pantallas: el mitin se transformó en live de Instagram, el discurso en hilo de X (Twiter) y la consigna en reel de TikTok. Así fue como la arena pública migró al ámbito digital y, con ello, el ejercicio político de deliberación argumentativa —columna vertebral de toda democracia—, se ha vuelto cada vez más inmediato, emocional y peligrosamente dependiente de las lógicas del algoritmo.

Los medios masivos de información han tenido un rol determinante en la conquista, consolidación y sostenimiento del poder político, pero ya no influyen de la misma forma en la opinión pública; ahora cualquier persona con acceso a internet puede difundir sus opiniones en las distintas plataformas y redes sociales, lo que ha derivado en el boom de los influenciadores como sujetos políticos en esta nueva esfera de la cosa pública. Las campañas políticas no solo se mueven por las maquinarias de los partidos tradicionales, también se sirven de bodegas digitales que, en diferentes momentos de la historia reciente, han demostrado el alcance e influencia que ejercen las redes sociales sobre la ciudadanía.

Ante la creciente desconfianza que suscita la casta política, la figura del outsider se presenta como alternativa para el electorado. La transición de la intención de voto hacia personajes al margen de la politiquería podría considerarse un timonazo para encarar nuevas maneras de hacer política, no obstante, aunque se les podría considerar como una solución a los problemas de corrupción arraigados en los partidos, también podrían entenderse como un síntoma de la desconexión del pueblo con las instituciones y reflejo del analfabetismo político que tenemos los colombianos. El panorama se torna paradójico: ¿estamos ante el avance de la apertura democrática o frente a la banalización de la política?

Estas nuevas dinámicas representan una gran oportunidad para que, igual que Lucho, personas del común puedan participar en la lid democrática a partir de iniciativas ciudadanas o bajo el amparo de partidos políticos. En términos de ampliación y fortalecimiento de la democracia participativa podría considerarse un avance significativo. Sin embargo, deberíamos sopesar detenidamente cuáles son las apuestas programáticas, legislativas o de control político que plantean los influencers y lo que éstos podrían aportar a la construcción de país como miembros de estos cuerpos colegiados.

No se trata de desvirtuar la labor que estas figuras públicas ya han desempeñado en su paso por diferentes corporaciones regionales y nacionales, sino de reflexionar sobre su competencia y compromiso para ejercer funciones públicas. Ahora bien, en un país donde los canales privados y sus realities tienen más rating que las sesiones transmitidas por el canal del Congreso, estos personajes podrían acercar a sus followers a las cuestiones públicas. Quizá las transmisiones en directo que realicen los influencers serían una forma de control político en tiempo real y con mayor alcance y difusión. Podría ser que estos personajes, mediante el ejercicio honesto de sus funciones, demuestren que los contenidos digitales pueden generar conciencia política.

Por otra parte, pareciera que la política se está transformando en espectáculo, tanto así que el actual gobierno decidió transmitir en vivo los concejos de ministros, como si de un show televisivo se tratase. En este sentido, no sería raro que la presencia cada vez mayor de figuras mediáticas en los espacios de deliberación, en lugar de enriquecer el debate, termine por banalizar la labor política de las instituciones y, buscando viralizar sus contenidos digitales, olviden que su función debe orbitar siempre alrededor del interés de las comunidades que los eligieron.

Con la incursión de los influenciadores en la política vuelve la discusión sobre si es mejor el desempeño de activistas o de tecnócratas en cargos públicos, más aún si se trata de aquellos que habrán de legislar durante los próximos cuatro años, pero eso es otro tema. En definitiva, sería muy cándido pensar que el Congreso es el lugar al que solo llegan los espíritus más excelsos de la patria, y que ahora está siendo profanado por la presencia de los influencers.

Sea como fuere, creo que lo único que cambiaría en este caso sería el hecho de que las barbaridades y despropósitos que han ocurrido —y seguirán ocurriendo— a puerta cerrada, incluso a espaldas de los ciudadanos, ahora serán transmitidas por redes sociales. De ser así, vaticino dos posibles consecuencias: o la política ganará más rating o los influencers perderán seguidores. Amanecerá y veremos. Solo espero que, en el futuro, no me toque explicarle a mi hijo en qué momento el Congreso de la República se transformó en La casa de los famosos.

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