Donde están sembrando odio, nosotros sembramos resistencia

Por María Paulina González Álzate

Imagen: Alberto Jerez

En Colombia las elecciones dieron un giro bastante inesperado. Después de varios meses de campaña y de la aparición de personajes que ni sabíamos que existían porque estaban disfrutando en el extranjero, llegó a la presidencia Abelardo de la Espriella: un abogado que lideró la campaña/movimientoz Firmes por la patria, con doble nacionalidad y que ha pasado gran parte de su vida por fuera del país. Esto significa que en realidad no sabe cómo funciona Colombia, algo fundamental para alguien que va a gobernar. Volver a vivir lo mismo que en el Paro Nacional donde un ministro afirmaba que una canasta de huevos costaba $1.800 no sería nada lindo.

Con Abelardo, incluso antes de posicionarse, ya hemos visto perfilamientos a jóvenes de izquierda y el nombramiento de ministras conservadoras o que representan la narcocultura. Esto preocupa en todos los ámbitos, pues estos personajes encarnan a la élite del país: esa que no está dispuesta a gobernar por y para el pueblo, sino a favor de los intereses de los poderosos, el problema no es solo la ignorancia sobre el costo de vida; es la distancia histórica entre las élites y el territorio. Mientras se gobierne desde el privilegio, el perfilamiento y la narrativa del consumo o la seguridad privada no se gobierna reamente: es creer que este país es un experimento social donde los dolores del pueblo no son reales. La cultura, la educación y los derechos sociales no se entienden desde Miami o desde los clubes privados, se entienden desde la vereda, el barrio, la olla comunitaria y la marcha.

Colombia llevaba 200 años siendo gobernada por esta élite y por partidos de derecha, en una larga predominancia de poder hegemónico a lo largo de los siglos.

En estos cuatro años con la victoria de Abelardo, al pueblo colombiano le toca recordarse a sí mismo de qué está hecho. Ya no tenemos la misma comodidad; ahora nos toca movilizarnos con resistencia.

La gravedad del escenario actual es algo extraña ya que el centro democrático decidió organizarse en contra de Abelardo. ¿Qué tan peligroso e inviable tiene que ser un proyecto político para que dos fuerzas opuestas que se han odiado históricamente —como el Centro Democrático y el Pacto Histórico— hayan terminado celebrando juntos la misma victoria al unirse en el Congreso para frenarle la presidencia del Senado a su candidato? Cuando dos polos ideológicos que han dividido al país por décadas encuentran un punto de coincidencia únicamente para ponerle un freno a un gobierno entrante, la señal para el pueblo es clara: estamos ante un poder que ni sus propios aliados de la derecha están dispuestos a soportar.

Colombia viene de una historia de lucha y la historia no puede contarse solo desde el gobierno: hay que contarla desde la sangre derramada, desde las madres que hoy siguen

buscando a sus hijos, desde las comunidades desplazadas, los líderes asesinados y las guerras complejas que han dejado una herida profunda. La violencia bipartidista, el conflicto armado, el paramilitarismo, el narcotráfico, el despojo de tierras y las persecuciones políticas se convirtieron en la forma de controlar al pueblo. Pero allí donde quisieron sembrar odio, nació la memoria, la búsqueda, la organización y la resistencia.

Quiero que recordemos que la resistencia del pueblo colombiano no empieza hoy por el triunfo de Abelardo, esa resistencia ya habita en nosotros. Viene de las luchas campesinas, indígenas, estudiantiles, feministas, sindicales y barriales; de las movilizaciones contra el hambre y contra las reformas que quería imponer la élite. Y reconociendo algo incómodo: en los últimos cuatro años, muchos sectores populares y activistas nos quedamos quietos, confiando en que volveríamos a tener otro gobierno progresista. Por esa quietud perdimos calle, fuerza, presencia, y quizás por eso Abelardo cree que puede hacer lo que quiera con el pueblo.

La tarea ahora es organizarnos: crear colectividades fuertes, reconstruir el tejido popular en las plazas, en los barrios, en las universidades, en las veredas, en los sindicatos y en las colectivas feministas. Si algo nos ha enseñado la historia, es que el poder del pueblo se fortalece cuando nos unimos y hacemos colectividad.

Asumir que se puede dirigir una nación sin haber respirado sus luchas es condenar a las mayorías a la invisibilidad simbólica y material. Ante la llegada de un proyecto que pretende mercantilizar la memoria y restaurar el privilegio de unos pocos desde el odio y la distancia, la respuesta jamás puede ser el repliegue. Hay que tener claro que la verdadera legitimidad del poder no se decreta en un escritorio ni en un nombramiento: se construye en la memoria histórica y en las necesidades reales del pueblo.

Por eso, frente al individualismo, la violencia y el clasismo que amenazan con imponerse, nuestro acto más revolucionario será cuidar la vida y tejer lazos comunitarios. La resistencia no se reduce únicamente a la marcha en la calle; es sostener la olla comunitaria, proteger a los líderes sociales que hoy quedan en mayor riesgo, disputar la narrativa desde el arte independiente y educar en los barrios. Si las élites pretenden gobernar desde la soberbia, la respuesta popular debe ser la colectividad, la pedagogía crítica y la dignidad incuestionable de quienes jamás nos hemos rendido.

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