Por Anderson Vélez Ricardo

Imagen tomada de uic.mx
El 7 de agosto de 2026 se posesionó Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia. Ese día por mi cabeza pasaban muchos pensamientos y preguntas, entre ellas: ¿Por qué o cómo llegamos a este punto? En los fallos de la izquierda no pensaba porque eran sumamente claros, y es precisamente allí donde quiero empezar este escrito que puede generar incomodidad en dicho sector político.
Hace un año, en conversaciones de pasillo, yo explicaba los peligros de Abelardo de la Espriella en la contienda electoral. Muchas personas me decían que él no representaba un riesgo, y en parte tenían razón, él en sí mismo no era el peligro, sino quienes lo estaban rodeando en la campaña. De la Espriella encarnaba una figura excéntrica y egocéntrica, con una exacerbación de ciertos símbolos (como los religiosos), pero que por momentos podía percibirse como alguien gracioso. Fue en esa observación donde me detuve a mirar hacia otros países de la región y fuera de ella, encontrando el mismo patrón, pero con diferentes símbolos.
Un ejemplo de ello es Donald Trump, un individuo que proviene del mundo empresarial sin ningún conocimiento de política ni del manejo del Estado. En un primer momento llegó más mesurado, pero me quiero detener en la campaña de su segundo mandato. Trump se presentó con la frase «Make America Great Again», apelando al nacionalismo estadounidense enfocado en recuperar la economía exclusivamente para su población. Con medidas violentas y autoritarias contra los migrantes, promovió la acción de agencias de control migratorio bajo el argumento de recuperar el empleo local. Lo curioso es que estos discursos son ampliamente aceptados, pero considero que no se trata solo del mensaje, sino de cómo se comunica. Esto es lo que llevó a Trump a ganar tanta popularidad: lo hizo a través de una red de influencers que lo apoyaron, donde cada uno, desde su nicho, lograba llegar a distintos sectores del país. Incluso él mismo posee formas de comunicar muy particulares.
En la página Antiauthoritarian, un espacio creado por D-HUB (Democracy Hub), se encuentra un análisis sobre cómo funcionan estas estrategias y se explica la forma de comunicar de Trump. Él ha llegado a afirmar cosas como: «Recuperen el petróleo. Una vez que vayan y recuperen ese petróleo, no tienen nada. Los bombardean hasta el infierno, y luego lo cercan, y después entran». En Antiauthoritarian explican la razón detrás de este lenguaje:
“En su elección de lenguaje, Donald Trump tiene un método deliberado. Su forma de hablar (él la llama ‘the weave’) sigue un enfoque de flujo de conciencia que, si sabes de qué está hablando, es increíblemente fácil de seguir —y su audiencia normalmente lo sabe—. Su estilo, que suena honesto, envía la señal de que actúa ‘por instinto’, pareciendo fresco y sin guion, como si improvisara. Pero todo es intencional: Trump sabe que este estilo conecta y lo explota para generar cercanía”.
Otro caso relevante es el de Javier Milei en Argentina. El actual presidente argentino empezó a aparecer en la palestra pública en programas matutinos de televisión, donde expresaba lo que pensaba de la economía con un lenguaje directo y una actitud desafiante y provocadora. Al igual que con De la Espriella, nadie lo imaginaba como presidente. Sin embargo, con una estrategia política basada en su figura excéntrica, mostrando una actitud de rockstar y una irreverencia nunca antes vista en la política, logró captar a muchas personas, sobre todo a los jóvenes. Basta recordar que, en el marco de las elecciones legislativas —donde muchos creían que no obtendría un buen resultado—, el día anterior realizó un concierto en el Movistar Arena de Buenos Aires cantando clásicos del rock argentino con su banda. ¿El resultado? Se impuso en esas elecciones. Milei también tiene una forma muy particular de comunicar con frases como la siguiente «¡La casta política es parasitaria, chorra e inútil!»
Esto es una muestra de que la política cambió y la izquierda colombiana aún no lo ha querido asumir. Incluso después de las elecciones, se percibe una izquierda sin rumbo, en estado de shock. Si se necesita tiempo para reformular las cosas, está bien que se lo tomen, porque los cambios que deben hacerse de cara a los próximos cuatro años son fundamentales. Y aclaro: no estoy diciendo que la izquierda deba asumir el mismo lenguaje agresivo de Trump o Milei, sino que debe construir una estrategia comunicacional disruptiva que rompa definitivamente los moldes de la vieja política.
El primer cambio es aceptar que Iván Cepeda no debe ser el candidato en el siguiente ciclo electoral. La izquierda colombiana necesita renovación; necesita a los jóvenes asumiendo esa responsabilidad, a alguien con carisma, preparación y disposición para figurar en plataformas digitales. Hoy las elecciones no se ganan únicamente llenando plazas públicas: se ganan en redes sociales, adaptándose a las nuevas formas de comunicar, conversando con influencers y explicando planes de gobierno de manera sencilla y rápida, no dando discursos de dos horas cargados de teoría académica y técnica estatal. Esas dos horas se deben sintetizar de forma clara, amena y creativa en videos de máximo un minuto y medio.
Muchos dirán: “Qué falta de profesionalismo, qué falta de compromiso con la política”. Sí, pero este es el mundo de hoy, el mundo de la inmediatez, de las redes sociales y de la síntesis. Si no lo aplicamos a la política, seguirán llegando figuras como De la Espriella, Milei, Bolsonaro, Bukele o Trump.
Es hora de que las viejas formas de hacer política den un paso al costado o se queden en las oficinas procesando la información, porque la vieja política murió. Es momento de pensar la política desde la batalla cultural y la batalla digital. La izquierda debe tomar las riendas de estos escenarios y abandonar los estilos del pasado, muchas veces cargados de una superioridad moral que nos ha traído a este panorama. Si hubiésemos disputado las elecciones en las mismas condiciones de comunicación, con seguridad Colombia no estaría en este punto tan complejo de su historia.
