¡Vivan las cadenas!

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen tomada de ethic.es/

A comienzos de 1814, el rey Fernando VII regresó a España. Napoleón lo había hecho abdicar en Bayona en mayo de 1808 y había puesto a reinar a su hermano José Bonaparte. Pero una oposición espontánea hecha de pueblo y de ejércitos regulares plantó cara al invasor y trajo de nuevo al Borbón al trono. Pero España había cambiado entretanto: el Antiguo Régimen había sido abolido de facto y una nueva Constitución liberal había introducido, a partir de 1812, importantes cambios que buscaban modernizar a la vieja monarquía y a la administración del Imperio. Medidas como la abolición de la Inquisición, el reconocimiento de ciertas libertades civiles como la libertad de prensa, el derecho al voto o la igualdad jurídica entre peninsulares y americanos supusieron un soplo de aire fresco para la España de «charanga y pandereta, cerrado y sacristía», que le hiela a uno el corazón, como en los versos memorables de Machado.

Pero Fernando VII no estaba dispuesto ni a leer el momento, ni a transigir con las reformas introducidas y mucho menos a ejercer su poder en el marco de un nuevo régimen constitucional aprobado en su ausencia. Se apresuró, ni bien llegado al suelo patrio, a abolir la Constitución de 1812. Los absolutistas y reaccionarios de toda condición acogieron aquella noticia con júbilo: «¡Vivan las cadenas! ¡Muera la nación!» dicen que gritaban. Incluso se cuenta que la turba envalentonada, imitando el andar de los cuadrúpedos, se ponía a cuatro patas y en medio del frenesí desuncía los arneses de los carruajes para echárselos encima y gritar de nuevo con más fuerza: ¡Vivan las cadenas! Y celebrar así que el Rey Felón había vuelto, que el liberalismo había sido defenestrado y que el populacho podía seguir refugiándose tranquilo y sin sobresaltos bajo la enagua del fraile.

Vergonzoso desprecio por la razón que por mucho se parece a lo que hoy vivimos. En Colombia, las derechas ilustres —que históricamente vivieron obsesionadas con la correcta declinación de los latines y con escribir gramáticas y poemas— han ido siendo arrinconadas por una caterva malista poco preocupada por el cultivo del espíritu y más bien fastidiada por los valores de la vieja aristocracia del espíritu. El fenómeno adquiere rasgos globales. La actitud anti-intelectual en boga se manifiesta de formas variopintas: el escepticismo climático que minimiza la gravedad del calentamiento global, el rechazo de la evidencia científica en temas como la efectividad de las vacunas, el negacionismo histórico que impugna cifras o bien para minimizar el terror paramilitar o bien para negar la violencia del Estado.

Pero el anti-intelectualismo es principalmente desconfianza por la ciencia. Suele retomar la crítica antipositivista de la teoría marxista según la cual el saber científico está atravesado por determinismos de tipo socioeconómico que constituyen un sistema ideológico inconfesado para darle inmediatamente la vuelta al argumento resolviéndolo a través del recurso a una teoría de la conspiración: las ciencias humanas se hallarían hoy en un lamentable estado de infestación de ideas progre-izquierdistas responsables de la hecatombe moral actual. Por eso, el hombre de acción, buen ejecutor y tecnócrata gerente es preferido al estudioso humanista y a su discurrir dialéctico. El efectismo binario, que suele enlazarse con lo emocional y con la sobresimplificación de la complejidad de los fenómenos sociales, es preferido al pensamiento del detalle y del matiz, de los pasos sucesivos y de la reflexividad pausada.

Pero este anti-intelectualismo no nace de la nada, ni es un fenómeno de incubación reciente. Entre nosotros se trata más bien de un fenómeno de largo aliento; una hexis o disposición estable, cuyo inveterado alcance hunde sus raíces en la cultura misma, en los referentes que esta vehicula y en el tipo de comportamiento que se define como deseable. La cultura judía, por ejemplo, tiene en el jajam, el dayán o el cabalista a referentes que encarnan a su modo la erudición, el estudio de la ley sagrada o de la sabiduría arcana que rige al mundo. En tierra de Islam, el alfaquí, el muftí o el cadí encarnan a estudiosos encargados de aplicar la ley coránica y de profundizar en el conocimiento de lo humano para administrar mejor la justicia. Otros pueblos pueden preciarse de su larga tradición intelectual y honran en sus calles y plazas a sus sabios e intelectuales. Los pueblos ancestrales de África tienen por figuras muy respetadas a sus ancianos custodios de la memoria o del conocimiento de la naturaleza.

El referente cultural antioqueño es, en cambio, el hombre de acción, heredero de un hacha recibida de sus mayores como herencia. El referente intelectual en la cultura tradicional de las montañas de esta esquina ocupa un lugar subalterno comparado con el que tiene en el imaginario popular el negociante dedicado a hacer dinero. Existe una continuidad histórica entre el negociante avispado y el capataz montaraz que llegó a desyerbar montañas para rentabilizarlas y una de sus versiones actuales: Westcol o, en general, el creador de contenido digital que desyerba plataformas digitales para “monetizar”.

El destino de una de las pocas figuras que, en la literatura regional, encarna la búsqueda intelectual sincera, la ecuanimidad y el amor por la ponderación allende el fanatismo resulta revelador de una cierta alergia por el saber, nunca del todo conjurada entre nosotros: José María Casafús, inolvidable personaje de Tomás Carrasquilla, a quien su grey, «acostumbrada al trueno del púlpito y al anatema cotidiano», acalló y expulsó. Verdaderamente deseoso del conocimiento, capaz de alejarse de la militancia partidista, Casafús es un cura ajeno a las disputas conservadoras, que recibe el rechazo de su comunidad. En vez de condenar las ideas tenidas por impías y de farfullar contra ellas prédicas a la diabla, se encierra a estudiarlas y busca comprenderlas.

La carta delatoria con destino a Su Eminencia no se hace esperar y el motejado como Luterito es reducido al silencio y perseguido. Una vez triunfa la conseja de sacristía, la gentualla fanatizada siente que puede seguir respirando en paz, por haber expulsado el elemento perturbador que expone su propia incoherencia resistiéndose al abucheo fanático y al linchamiento gratuito de lo diferente.

El anti-intelectualismo actualmente en boga es entonces expresión de eso que Carrasquilla supo pintar magistralmente: algo anclado de manera pertinaz en el alma de este pueblo, en su piedad religiosa que juzga a unas supersticiones aceptables y a otras condenables, o en su escasez de referentes intelectuales. Conservadurismo satisfecho, expuesto «con sonsonete y gangoseo» en voz ya de canónigo, ya de alcalde, es erigido así en norma social. Seguiremos luchando para que llegue el día en que merezcamos una descripción mejor que la que se le ocurrió a León de Greiff: «Sucesos banales y gente necia, local y chata y roma. Gran tráfico en el marco de la plaza. Chismes. Catolicismo. Y una total inopia en los cerebros».

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