Editorial No 52: Enseñanzas políticas de la pandemia

Fill de siringa (2009) – Eloy Añez Marañon

Repliegue y no apaciguamiento, eso es lo que puede ser para nosotros esta cuarentena obligada. Y es que, independiente de la gravedad de la pandemia provocada por el Covid-19, es un hecho que el gobierno colombiano (y la mayoría de gobiernos del mundo) la ha capitalizado para frenar la protesta social contra su política económica y de paso recomponer su imagen que venía en picada. Esta crisis ha desvelado las injustas estructuras del poder económico y político en que se sostiene el capitalismo, y más aún el modelo neoliberal, y que profundizan día a día la inequidad, la opresión y la miseria. Pero, sobre todo, ha desvelado, para quienes todavía se negaban a verlo, la bajeza moral de las élites gobernantes, especialmente la colombiana.

En el caso de las estructuras injustas, era claro desde el principio quiénes iban a sufrir realmente las consecuencias de la crisis generada por la pandemia. Contrario a lo que piensan algunos ilusos, las pestes son poco democráticas, pues su impacto está siempre mediado por las condiciones sociales y económicas en que viven los pueblos. En la sociedad actual es claro que no todos tenemos las mismas posibilidades de cuidarnos ni el mismo acceso a la atención médica: unos se pueden dar el lujo de encerrarse en sus casas, pedir su mercado a domicilio y recibir atención y medicinas en sus casas, sin exponerse para nada. Para los demás, el encierro significa hambre, aislamiento, abandono.

Ahora sabemos también en los hombros de quiénes va a recaer la recuperación económica cuando la pandemia al fin nos dé tregua. La inteligencia de la apertura gradual de la economía de la que habla Duque consiste realmente en mandar a los pobres a trabajar y a exponerse al contagio en las calles, en los transportes o en las fábricas, para que los más acomodados se mantengan seguros de la peste por un tiempo más. Puede que esa no sea una intención consciente, pero es el resultado de una estructura económica y social profundamente desigual e injusta. Para los pobres, la amenaza está tanto adentro como afuera de sus casas, está en la sociedad en la que vivimos, los asedia día y noche, durante los 365 días del año con sus 365 noches, pero en tiempos de pandemia la amenaza es directa y se ejecuta sin dilaciones.

En cuanto a la bajeza moral de la élite, ya nos ha quedado claro en qué consiste la solidaridad para los gobernantes y la élite política y empresarial. Ni los banqueros ni los gremios agropecuarios podrían contarse entre los más vulnerables a la crisis, pero se han embolsillado buena parte de la ayuda destinada por el gobierno supuestamente para aquellos sectores. Realmente el gobierno aprovecha esta crisis para profundizar su política de transferencia de fondos públicos a manos privadas sin ningún asomo de vergüenza, como no ha habido vergüenza en los funcionarios que realizaron los millonarios contratos para quedarse con la plata destinada en principio para los más pobres.

Sin embargo, no podemos decir que, en términos generales, seamos mejores que ellos. Si así fuera no estarían gobernando ni imponiendo su infamia como norma social. Ser pobres, oprimidos o excluidos no nos hace mejores, pero nos obliga moralmente a serlo; de ello depende no solo el futuro como especie sino la posibilidad de una vida que valga la pena ser vivida, una vida en donde los individuos puedan desplegar todas sus potencialidades en medio de una dinámica social rica y abierta. En otras palabras, el reto es una profunda reforma moral en donde la solidaridad deje de ser una pose para convertirse en el fundamento de la vida social, en donde la libertad esté anclada a condiciones materiales y espirituales sólidas, en donde el amor no sea más un cliché publicitario.

Esta reforma moral, sin embargo, no se consigue separada de la movilización política: ni antes ni después de las transformaciones en la economía y en las estructuras del poder político. Más bien, son estos nuevos valores los que fundamentan los contenidos de las transformaciones exigidas y se materializan en nuestras propias prácticas cotidianas, que incluyen nuestra propia vida interior y el manejo de nuestras relaciones más cercanas e íntimas.

La necesidad de esta reforma se nos ha hecho evidente precisamente en las últimas movilizaciones, con la ausencia de un sujeto político capaz de promover articulaciones entre las diversas expresiones sociales que buscan una alternativa a la actual forma de sociedad. Se manifiesta también en un desencuentro generacional entre una dirigencia obrera desgastada y acomodada y unos movimientos sociales compuestos básicamente por jóvenes, supuestamente amplios y pluralistas, pero sin un referente de sociedad que vaya más allá de las reivindicaciones puntuales de cada sector alzado en protesta. Es el desencuentro entre un sujeto clásico, perdido en la burocracia del propio sistema y afincado en las prácticas heredadas de este, y una juventud desconfiada de los discursos revolucionarios y de los grandes proyectos políticos que otrora encarnaran los partidos y las famosas vanguardias.

La injusta organización de la sociedad parece que la tenemos clara todos, y la ruindad moral de la élite en el poder se hace cada vez más evidente hasta para los que no quieren ver. La necesidad de cambiar este orden de cosas establecido es urgente y lo sabemos, pero creemos haber perdido la claridad sobre las estrategias de lucha. La clave, sin embargo, no está en las estrategias sino en el sujeto llamado a realizar dicho cambio. Hoy está claro que debe ser plural, incluyente. Que el movimiento obrero no solo no es hoy el sector más fuerte en esta lucha, sino que sus reivindicaciones por décadas se han enfrentado a las de sujetos políticos menos clásicos como los ecologistas, las feministas, los homosexuales, los animalistas, llegando incluso a llamar sus luchas pequeño burguesas porque no se proponían en muchos casos la toma del poder y la construcción del comunismo. Parte de esa reforma moral de la que hablamos tiene que propiciar los puentes, las confianzas, para construir juntos una sociedad distinta que aún no sabemos cómo será, pero sí sabemos lo que no queremos que sea: ni patriarcal ni homofóbica ni capitalista ni totalitaria.

Solo juntándonos entre quienes nos reconocemos distintos y distintas a la vez que reconocemos la legitimidad de las diversas luchas, podremos avanzar en esa reforma moral y consolidar la fuerza para confrontar lo que hoy parece inamovible: nuestra propia impotencia frente al poder sistemático y aparentemente universal de los dominadores. Estos días de cuarentena pueden posibilitarnos la reflexión tranquila y profunda, individual y colectiva, acerca de nuestra condición de sujetos morales y políticos, y dicha reflexión no es un apaciguamiento de la lucha sino un impulso para ir más allá de las barreras que hasta ahora nos han impedido ser individuos libres, diversos y dispuestos a la vida en comunidad.

Manos- eduardo kingman

2 comentarios

  1. Interesante y orientador artículo.
    Maravillosa la fusión propuesta reforma moral y trabajo político, Considero es para el sujeto político un coctel,que enerva la lucha contra la desigualdad y la injusticia de este sistema.
    La ilustración hermosa, ilumina, demuestra el pluralismo.
    Manos: Bellas ,muchas, unidad,fuerza.

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  2. Excelente editorial, pienso que es el camino más indicado y dialéctico, cuáles son los valores sobre los que queremos construir la nueva sociedad y el nuevo sujeto, como decía Lenin, el capitalismo no caerá solo, abra que empujarlo

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