Los miserables

Por Juan Gil Blas

Ilustración: Ana Bolivar

Miserable. Acepción 3 de la RAE: “Extremadamente pobre”

En el centro de Medellín (y en la ciudad entera, excepto en los barrios ricos) pululan, groso modo: desnutridos, llagados, purulentos, enfermos que carecen de remedios, de tratamiento, de asistencia, orates sin rumbo y de mirada extraviada, menesterosos, harapientos, descalzos y hambrientos, derrotados sin esperanzas, pobres entre los pobres, negados, ninguneados, hurgadores de basuras, miradores del suelo a ver qué se encuentran; en las aceras, a la intemperie y bajo el sol se les ve; chupan insultos, reciben desprecio, son apartados del metro, de los buses ni por la puerta de atrás les permiten subir; a no pisar centros comerciales los aleccionan, a no andar por lugares prohibidos (es decir, por lugares pudientes), arrinconados, sin patria, sin hogar, sin nada. Son legión, esta otra gran faceta de la antioqueñidad. Se les encuentra en Junín y Maracaibo, en El Palo y La Playa, en El Huevo, en San Ignacio, por Carabobo, por Cundinamarca, por Boyacá, por San Benito, en los parques, en las avenidas. Noche y día, de lunes a domingo, todo el mes, todo el año rondando por ahí. No son drogos, ni alcohólicos, ni siquiera habitantes de calle son (ese tecnicismo de burócratas): ¡tan fácil decir eso, tan fácil caerle al caído! Son otra cosa, son esto y no más: miserables, nacidos en la miseria, crecidos en la miseria, que morirán en la miseria sin haber conocido jamás las bondades de la vida.

Otros, también legión, miles, derrotados sí del todo, hacen del pegante y del basuco, de la arena, el vidrio y el químico su huevo, su sopa y su arroz, su presente y su futuro. Flacos, enclenques, temblorosos, se les ve por Bolívar, por la plaza de Zea, por los puentes, por el río, consumidos en la indigencia y la demencia, en el abandono más atroz. ¿Hijos de ricos? No: hijos de pobres.

Otros, multitud, copan, entre otros lugares de la ciudad, los bajos del metro, de la 1° de Mayo a los puentes de Cundinamarca. Inventan su emprendimiento en el suelo: artículos inverosímiles de tercer, cuarto, quinto o nulo uso, ropa usada, reusada y tres veces vuelta a usar, zapatos torcidos, ventiladores rotos, radios oxidados, destornilladores quebrados, quinquillería obsoleta que otros miserables adquieren para subsanar con nuevos e ingeniosos remiendos de pobre su necesidad. Es el bazar de la miseria, de la mercancía sin horizontes, en el juego espurio del libre mercado.

Otros más, en la cuerda floja de la sobrevivencia, se balancean en su destino de parias con la necesidad saliéndoseles por las costillas, con un niño o dos niños o la familia entera, o con un perro de lástima, ofreciendo confites por lo que sea, suplicando una ayuda, una misericordia, un cómprenme el confite. Suman miles, a lo largo y ancho del Valle de Aburrá. Colombianos los más, y venezolanos los menos, compitiendo a ver cuál es más miserable.

Y arriba, en las montañas que rodean el Valle de Aburrá, las casas de ladrillo naranja (“la ciudad naranja” la llamó el poeta) se hacinan como colmena, se estrechan las calles, se multiplican los callejones, las escaleras sin fin y los agujeros sin escape. Se escabullen por ellos los miserables más aventajados, con techo sí, pero con el techo cayéndoseles encima, con la humedad enfermándolos, sin un peso y la tierra tragándoselos: inventando barrios a las carreras. Muchos de ellos, desplazados del campo. Son bastión de miseria, los barrios pobres de la ciudad, viejos y nuevos.

Miserable. Acepciones 1 y 2 de la RAE: “Ruin o canalla”; “Extremadamente tacaño”

En la antípoda de aquellas decenas, centenas de miles de miserables, otros miserables, más miserables aún: los del oro que deslumbra, del mármol que brilla, del vestido de reina, del vestido cursi del dandi; del topacio, del rubí, de la esmeralda y el diamante; del desfile de modas; del auto que brilla, de las motos que vuelan; del Club; del dinero plástico, invisible, de muchos ceros a la derecha, sumando más y más ceros a la derecha; de las vedetes de sesenta que se conservan con artes de birlibirloque (el dinero) como de treinta; de los artistas de farándula encumbrados y sin corazón, de las universidades del no me toques del Derecho, la Administración y la Economía; de los Rolex; del golf, del tenis, del caballismo, del automovilismo, del motociclismo, de las piscinas que humillan al mar; de la Miami que distingue, del gringo amigo y protector; del vuelo chárter, que da espiritualidad; de los hijos de papi, que procrean hijos de papi: nacen acomodados, viven acomodados y mueren acomodados, como dijo el gran Alberto Aguirre; de los centros comerciales que relumbran, del vidrio que rebrilla; de los zapatos de cuatro millones, de las carteras de cinco, de los collares de perlas, de los anillos que producen sensación; de los iPhone de última generación, de la IA de alcurnia; de las clínicas de lujo, del médico personal; del perro de pedigrí, el caballo de paso y el pez exótico; del camarón y del caviar, de la finca de Llanogrande; de la cena mediterránea, que nutre mejor; del whisky añejo, del coñac que alienta, del champagne francés, del aguardiente antioqueño del bueno; de la marrulla, el chanchullo y el coctel; del dedo parado, de las sanas costumbres, de la gente de bien; de la apariencia, de la soberbia, del orgullo y el poder. Son miserables, también.

La razón y el corazón en el centro de la política

No se trata de un gobierno, que también, sino de un sistema, de un modo de ser de la sociedad, de una moral y de un paisaje que nos hemos acostumbrado a mirar como si se tratara de la inerte Piedra del Peñol y no de seres humanos que sufren, unos, y ocasionan, otros, la miseria de la nación, la miseria de la hermosa ciudad de la eterna primavera o Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación que llaman, miserable con creces.

O Dios o la fatalidad lo quiso así y nada qué hacer y los tecnócratas tienen la razón con sus pañitos de agua tibia y su lenguaje encubridor, o la política, la sabia política, toma la palabra para acabar, o por lo menos aminorar, o frenar, las dos afrentas que irritan a la razón y el corazón: la miseria de los miserables pobres, a quienes desde un deber ético hay que ayudar a levantar, por humanidad, y la miseria de los miserables ostentosos (y poderosos), a quienes hay que apartar del poder: por tacaños, por ruines y por canallas, como dice la RAE. También por humanidad.

Así sea.

2 comentarios en “Los miserables

  1. La sociedad en su conjunto con auspicio del Gobierno y los aportes de los industriales bien pudiera organizar una dinámica social consistente en crear y construir para ellos » Ciudadelas Inn» donde puedan desarrollar un proceso ordenado de restablecimiento a la misma., es decir, cambiar su suciedad por sociedad donde ésta sea un factor dinámico.

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