Y… seguimos descifrando el mismo manuscrito

Por Wilder Carmona

Collage: Aula Punk

Una vez conocí a alguien que había sido desplazada, después de que en sus tierras fueran encontradas vetas de oro. Lo que le podría haber representado una oportunidad terminó convirtiéndose en la razón de su expulsión. Grupos armados comenzaron a disputarse el territorio y sus fuentes económicas locales.

Este relato es apenas el rostro particular de un problema que abarca mucho más: un país que continúa intentando responder a la violencia mediante nuevas formas de violencia. Cambian los actores, cambian los discursos y cambian los gobiernos, pero permanece la misma cuestión: ¿puede alcanzarse la paz utilizando los mismos mecanismos de fuerza que alimentan aquello que se pretende terminar?

Su caso llegó a ser considerado dentro de las iniciativas de la llamada Paz Total del gobierno anterior, pero no hubo restitución efectiva ni una transformación sustancial de las condiciones que habían originado el conflicto. Pareciera que cuando la violencia deja de ser únicamente un enfrentamiento entre grupos armados y se convierte también en una forma de economía, su desaparición deja de ser una prioridad porque no es rentable. Allí donde existen recursos naturales y rutas estratégicas, la guerra puede convertirse en un negocio que beneficia a quienes la ejercen mientras oprime a quienes no la eligieron. Quienes pretenden permanecer al margen terminan involucrados mediante el desplazamiento, la extorsión o la pérdida de sus tierras o de sus vidas.

Hace poco, Santa Marta fue militarizada después de una escalada de ataques atribuida a las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el presidente Abelardo de la Espriella recorrió la ciudad portando visiblemente una pistola. En ese contexto, el mandatario lanzó además duras advertencias contra los integrantes de los grupos armados. La escena resulta inquietante no solamente por el arma, sino también por lo que esta puede llegar a representar políticamente: la asociación entre autoridad y fuerza, como si la capacidad de ejercer violencia fuera también una demostración de poder.

Pero la violencia política necesita algo más que armas para sostenerse: necesita una representación del enemigo. Cuando una población comienza a identificar al otro únicamente como “terrorista”, “guerrillero”, “rata” o “chusma”, deja de verlo como un conciudadano y empieza a percibirlo como una amenaza que debe ser eliminada. No se trata de ignorar que existen grupos responsables de actos violentos, ni en negar la responsabilidad del Estado de proteger a la población civil. Consiste en preguntarse qué sucede cuando la categoría de enemigo termina absorbiendo cualquier otra consideración sobre quien ha sido colocado dentro de ella. La deshumanización puede convertir la violencia de un instrumento excepcional a una respuesta que comienza a parecer natural.

Platón ya había advertido, en La República, sobre una transformación semejante. En el libro VIII describe cómo el gobernante puede surgir inicialmente como “protector” del pueblo y construir su legitimidad a partir de la defensa frente a determinados enemigos. El problema aparece cuando ese protector comienza a recurrir a la violencia y obtiene una guardia armada para preservar su posición. Platón formula entonces una de sus imágenes políticas: el tirano puede “brotar de la raíz del protector”. No se trata de afirmar que la Colombia actual reproduzca literalmente la situación descrita por Platón, sino de reconocer una estructura política que conserva su vigencia: cuanto más depende la legitimidad de un gobernante de su capacidad para proteger al pueblo frente a un enemigo permanente, mayor es el riesgo de que la política termine organizada alrededor del miedo.

Hannah Arendt permite profundizar lo anterior. Para ella, poder y violencia no son sinónimos. El poder surge cuando las personas actúan conjuntamente y depende de la pluralidad, del consentimiento y de la capacidad de construir una acción común; la violencia, en cambio, es instrumental y recurre a medios coercitivos para alcanzar determinados fines. De ahí que una sociedad pueda confundir fácilmente dos cosas distintas: la capacidad de imponer obediencia mediante la fuerza y la capacidad política de construir un orden que los ciudadanos reconozcan como propio. Una pistola puede imponer distancia; pero difícilmente puede, por sí misma, construir comunidad.

Esto permite analizar el círculo de la violencia. Un grupo armado ejerce violencia y produce miedo; el miedo reclama protección; la protección se expresa mediante una mayor utilización de la fuerza; esa fuerza genera nuevas heridas, resentimientos y desplazamientos; y esas condiciones pueden convertirse nuevamente en terreno fértil para la violencia. El enemigo termina justificando la fuerza y la fuerza, a su vez, necesita que el enemigo siga existiendo. Así, lo que comenzó como una respuesta excepcional puede convertirse en una lógica permanente.

Romper ese círculo exige imaginar una política que no confunda paz con la simple derrota militar del adversario. Aquí adquiere relevancia la tradición de la no violencia asociada a Gandhi y al budismo: no como una renuncia pasiva frente a la injusticia, sino como el intento de interrumpir la lógica según la cual la violencia de uno legitima indefinidamente la violencia del otro. La cuestión no es, entonces, elegir ingenuamente entre la fuerza y la ausencia de fuerza, sino preguntarse qué formas de acción política pueden transformar el conflicto sin reproducir aquello que se pretende superar.

De pronto Colombia se encuentre todavía atrapada en una historia que se parece demasiado a la de Macondo. En Cien años de soledad, los Buendía repiten guerras, rencores y desencuentros sin alcanzar a comprender plenamente el patrón que los gobierna. Sólo al final aparece la posibilidad de descifrar los manuscritos de Melquíades, cuando ya la historia ha llegado a su desenlace. Colombia no está condenada a repetir su pasado, pero sí corre el riesgo de hacerlo mientras interprete cada nuevo episodio de violencia como un acontecimiento aislado y no como parte de una estructura que lleva décadas reproduciéndose.

Entonces, la pregunta por la paz no es cómo vencer al enemigo, sino, más bien, cómo dejar de necesitarlo para definir nuestra propia seguridad, nuestra política y nuestra idea de poder. Porque mientras la violencia continúe pareciendo la demostración más evidente de autoridad, seguiremos descifrando el mismo manuscrito.

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