Federico García Lorca: “Un romance de vida y muerte”

Por Alberto Mira

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“Federico García Lorca”, Ilustración de Menchu Gamero

Hace ya 80 años, en la madrugada del 19 de agosto de 1936, las balas de los falangistas españoles cegaron la vida, en Granada, del más alto faro de esa nación: Federico García Lorca. Era poeta, dramaturgo, músico, pintor, y sobre todo alma y vida de la España profunda, puente fecundo entre la llamada alta cultura y la cultura popular; cantador del pueblo, gitano alegrón, ráfaga centelleante, amigo fi el, eterno niño, sacudidor de versos, amador de su tierra, melancólico y feliz hasta las últimas.

El 18 de julio anterior, los militares españoles declaraban el estado de guerra y se alzaban frente a la República, iniciando así la guerra civil española; el baño de horror y sangre que Federico días antes ya profetizaba: “Estos campos se van a llenar de muertos”. Sí, esos campos “abonados de mieses, deleitosos de frutas, viciosos de pescado, dulces de miel y de azúcar” se iban a convertir a partir de aquel año en cementerios de muerte y barbarie y en trincheras de lucha y resistencia en  la guerra fratricida que llevó a franquistas y republicanos a enfrentarse por aquella tierra pródiga.

Federico fue una de las primeras víctimas del fascismo español. Al declararse en Granada el estado de guerra el 20 de Julio de 1936, los falangistas, los militares y los guardias civiles adeptos al golpe militar empezaron una verdadera carnicería contra los republicanos, los comunistas, los anarquistas, los socialistas, los obreros, los campesinos, los estudiantes; contra el pueblo que venía construyendo paso a paso una España para todos y todas, la España republicana, que en varias regiones era una España socialista y en otras una España anarquista o libertaria. Pan y libertad eran los ecos que se escuchaban por todas las tierras de Castilla, de Aragón, de Andalucía, de Catalunya, de Huelva, de León.

No es que Federico fuera militante de algún partido u organización política; era ante todo un artista, un hombre que comprendía que la humanidad estaba hecha de muchas junturas y de muchos mundos; de hecho, cuando en esos momentos políticos alguien le preguntó por su preferencia política, él manifestó que se sentía “a su vez católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico”. Era un español íntegro, pero ante todo un militante de la vida y de la creación, un hombre del mundo:

“Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.

Pero los fascistas lo acusaron de “masón, rojo y homosexual” y por eso ordenaron su muerte. El suyo fue un crimen de odio, de envidia, de terror; un crimen contra quien no hacía más que proclamar y practicar la cultura como pasaje para la libertad, diciendo que el pan tenía que estar acompañado de un libro para que el pueblo pudiera realmente ser libre:

“No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

Fue la libertad de ser y de crear la principal bandera de Federico y por eso la poesía y el teatro fueron sus principales armas en la lucha por esa libertad:

“Yo he abrazado el teatro porque siento la necesidad de la expresión en la forma dramática. Creo sinceramente que el teatro no es ni puede ser otra cosa que emoción y poesía, en la palabra, en la acción y en el gesto”.

La obra de Federico es su verdad, y está basada en la cultura popular española, en la cultura campesina, gitana, obrera:

“En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Particularmente yo tengo un ansia verdadera por comunicarme con los demás. Por eso llamé a las puertas del teatro y al teatro consagro toda mi sensibilidad”.

Y ese afán de comunicarse con los demás hizo de Federico un gran tipo, un hombre alegre, reidor, fi estero, solidario y querendón, como dijo su gran amigo Rafael Alberti: “Una descarga como de eléctrica simpatía, una irresistible atmósfera de magia para envolver y aprisionar a sus auditores, se desprendía de él cuando hablaba, recitaba, representaba veloces ocurrencias teatrales, o cantaba”.

Mejor todavía lo detalló Pablo Neruda, cuando escribió: “!Qué poeta!. Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el genio, el corazón alado y la cascada cristalina. Federico García Lorca era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir. Ingenuo y comediante, cósmico y provinciano, músico singular, espléndido mimo, espantadizo y supersticioso, radiante y gentil, era una especie de resumen de las edades de España, del florecimiento popular, un producto arábigo-andaluz que iluminaba y perfumaba como un jazminero toda la escena de aquella España, ay de mí, desaparecida”.

Federico, sin embargo, tenía también un aire nostálgico y melancólico. Su obra está llena también de velos negros, de lunas blancas, de noches agitadas, de una mortecina luz donde las navajas brillaban y hacían correr el vital líquido y teñir de rojo a las azucenas. Muchos de sus poemas son mortales y en varios intuye lo que se venía para España, como en este fragmento:

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

 

2 comentarios

  1. Me llamo Menchu Gamero y soy la autora del cuadro de Garcia Lorca, reproducido en vuestro blog. Me gustaría que asi lo hagáis constar o si no que retireis la imagen. Ya he hecho llegar mi queja a Cultura Inquieta (de dónde decís que habéis sacado la imagen) y ni se han dignado contestar. Es increible que gente que trabaja en el mundo de la cultura, sea tan poco respetuosa.

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    • Hola Menchu, gracias por escribir, a falta de ilustradores propios nosotros tomamos las imágenes de internet y siempre procuramos colocar el autor original de la misma, si la tomamos de Cultura Inquieta y allí no esta tu nombre lo lamentamos mucho, pondremos tu nombre en la imagen, mil disculpas.

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