Parque de los Estudiantes:

Sentidos de un lugar emblemático de Villavicencio

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

Los centros urbanos albergan en sus perímetros marcas simbólicas asociadas a acontecimientos históricos de relevancia nacional o local. Dichas marcas se materializan a través de monumentos, placas y denominaciones que identifican calles, alamedas o parques, y suelen evocar a personajes públicos y fechas especiales, como ocurre con los nombres de celebres batallas, y, en el caso de aquellos países que estuvieron bajo la orbita del colonialismo europeo, de los momentos de ruptura con los imperios (entiéndase las fechas asociadas a las independencias políticas).

Villavicencio no escapa a la dinámica referida. Algunos ejemplos bastarían para ilustrar la tesis: el parque central se denomina Parque de los Libertadores, en homenaje a Bolívar y Santander, de quienes hay ubicados dos bustos en su honor. Además, existen bustos y estatuas de Antonio Villavicencio, Luis Carlos Galán y Betty Camacho de Rangel en otros parques, una avenida con el nombre de Alfonso López Pumarejo y un monumento a Cristo Rey, levantado sobre el Cerro del Redentor, por disposición de la iglesia católica en 1949.

En los años 80, existió un lugar al que se denominó Parque Carlos Marx, en homenaje al revolucionario de origen alemán, en cuya área se levantó un busto que, a poco de ser instalado, fue destruido por desconocidos. En 2019 se erigió el Monumento a la Memoria Histórica, en homenaje a las víctimas del conflicto armado en el departamento del Meta, y en días pasados se instaló el Monumento Luceros de Paz, en el Parque de las Flores, en recuerdo de los líderes y lideresas de la Unión Patriótica, asesinados en Villavicencio.

Detrás de cada símbolo mencionado (y de los que ocupan otros lugares de cualquier ciudad colombiana) hay una historia que tiene que ver con el peso de las tradiciones y memorias rebeldes, con la correlación de fuerzas políticas en los contextos sociales y con los ejercicios de poder a distinto nivel (barrial, comunal, regional, nacional). De hecho, se puede afirmar que allí donde se levanta un monumento que evoca a un líder popular o una gesta rebelde existió, previamente, un movimiento social que logró conquistas que se plasmaron en el recuerdo, a través de la instalación de aquella marca simbólica. Un monumento, una placa o una denominación compartida de algún lugar (piénsese, por ejemplo, en los nombres de algunos barrios: Los Comuneros, Popular, Gaitán, Camilo Torres, Pedro Nel Jiménez, Primero de Mayo), expresan historias insumisas que bien pudieron haberse desdibujado con el paso del tiempo, o que gozan de vitalidad, como resultado de un cultivo generacional de la memoria colectiva.

El Parque de los Estudiantes es, precisamente, uno de esos lugares que hoy, cinco décadas después, se erige como un referente espacial y simbólico que evoca un momento de rebeldía social en Villavicencio. Su origen se remonta a inicios de los años 70, en momentos en que los estudiantes colombianos emprendían una de las movilizaciones más resonadas que se recuerde. A partir de ejercicios de memoria realizados con testigos de la época, se ha podido establecer que, en el marco de una protesta en un lugar denominado Parque Laureano Gómez, los estudiantes de secundaria (no hubo universidad en Villavicencio hasta 1974, cuando se creó la Universidad de los Llanos) decidieron rebautizarlo con el nombre de Parque de los Estudiantes, en un claro desafío a las autoridades políticas y como expresión del interés de resignificar y apropiarse del espacio físico, desde una visión subalterna o popular.

Desde ese instante, quedó instituido el nombre de Parque de los Estudiantes en el imaginario de ciertos sectores sociales, lo cual se reforzó, tiempo después, con dos hechos de sangre que enlutaron a la comunidad villavicense: los asesinatos de José Yesid Castañeda y Alexis Omaña, en la Universidad Nacional de Colombia en 1974, y la muerte del estudiante de la Universidad de los Llanos, Carlos Guatavita, en 1977, quien justamente falleció en el Parque de los Estudiantes, luego de recibir disparos de miembros de la fuerza pública.

En homenaje a José Yesid y Alexis, nacidos en la capital del Meta, un estudiante de artes plásticas de la Universidad Nacional y testigo del asesinato de Castañeda, Álvaro Vásquez Sánchez, también villavicense egresado del Colegio de la Salle, elaboró una escultura que denominó Espíritu y Sangre, instalada en el Parque de los Estudiantes, a finales de 1976. La obra, hecha en ferroconcreto (hierro y cemento), representa a dos figuras masculinas, una de las cuales está herida y otra que lo auxilia mientras exclama un grito de rabia, levanta su brazo y empuña su mano, en señal de lucha.

De la circunstancia histórica del monumento y de su impacto social hay una memoria que se está recuperando, en función de visibilizar la presencia de los sectores subalternos en la vida pública de la ciudad. Según el testimonio de Vásquez Sánchez, Espíritu y Sangre se elaboró en un contexto de movilizaciones campesinas, indígenas, estudiantiles y obreras en el país. El escultor quiso expresar su solidaridad a través de una obra, en cuyo diseño original el hombre herido se apoya en un fusil; sin embargo, la instalación del monumento fue condicionada por la fuerza pública a que se retirara el fusil, como, en efecto, ocurrió. Tiempo después, otro cambio se operó en la estructura del monumento: el texto que aparecía en la placa original, con la dedicatoria “Al pueblo que lucha por su liberación”, fue modificado (junto con la misma placa) por “Al pueblo que lucha por su libertad” (según el escultor, sin su consentimiento).

La instalación del monumento en el Parque de los Estudiantes reforzó el simbolismo otorgado por los jóvenes de secundaria, que, valga destacarlo otra vez, eran actores de primer orden en la vida política de la ciudad. Desde entonces, fue común que en el parque se realizaran concentraciones políticas (en el marco de paros, por ejemplo), y que allí se conmemoraran fechas especiales, como el 8 y 9 de junio (Día del Estudiante Caído). El paso del tiempo, sin embargo, ha alterado o modificado los sentidos que el parque pudo albergar en épocas pasadas. El crecimiento de la ciudad, el aumento del parque automotor (con la fuerte contaminación auditiva), la pérdida de memoria colectiva y los cambios generacionales, han conllevado a que el lugar no tenga hoy la misma trascendencia de otros tiempos, a pesar de que, en ciertas coyunturas, allí concluyan o inicien actos de protesta, como, en efecto, ha ocurrido recientemente.

En manos de los sectores subalternos organizados está la tarea de recuperar el Parque de los Estudiantes, concebido como un espacio físico con una carga simbólica que merece recuperarse y repotenciarse, en función de las aspiraciones estudiantiles y populares del presente.

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