Editorial No 6: La acción colectiva puede revertir lo irreversible

Sin título Jordan (2)

En el camino hacia la utopía, El Colectivo tiene que atravesar múltiples trochas. Y a veces el terreno es tan difícil que el carro se balancea de un lado a otro, amenazando volcarse. En esos casos solo es posible superar la trocha si los pasajeros logramos acomodarnos y equilibrar la carga hacia el lado contrario del desnivel de la carretera. En otras ocasiones, El Colectivo patina en un barrizal o se hunde en un pantano; entonces debemos apearnos para levantar el carro con la fuerza colectiva de nuestros brazos. Si bien es El Colectivo el vehículo que nos conduce al país de la Utopía, al mismo tiempo somos sus pasajeros quienes garantizamos, a través de la acción colectiva y organizada, que pueda llegar.

En ese mismo sentido, debería ser claro que solo la acción colectiva, organizada de manera consciente y dirigida estratégicamente hacia un objetivo colectivamente construido, puede lograr transformaciones radicales de la sociedad, hasta el punto de cambiarle el rumbo que la lleva hacia la autodestrucción.

Esta acción no tiene que entenderse siempre como una gran movilización que paraliza la sociedad, aunque ella hace parte. No obstante, si estas movilizaciones no están orientadas estratégicamente por los objetivos pacientemente definidos en el trabajo colectivo o si no logran conducir a ellos, su éxito será fugaz y esporádico. La acción colectiva es, antes que nada, aquella nacida de las necesidades de las colectividades humanas, elevadas a la conciencia a través de los procesos organizativos en donde descubrimos que para satisfacerlas realmente tenemos que actuar en colectivo y orientar estratégicamente la acción hacia objetivos claros que van más allá de la satisfacción puntual de dichas necesidades e intentan transformar las condiciones sociales, políticas y culturales que lo impiden.

Las organizaciones sociales y populares no solo se constituyen para salir a la calle a exigir de sus gobernantes mejores condiciones. Nacen ante todo de la inconformidad con la sociedad existente, del convencimiento de que es posible soñar juntos, diseñar y hacer realidad otra sociedad en donde la vida sea dignificada para todos.
La acción colectiva es aquella que se organiza en dirección a la realización de estos sueños. Por eso la eficacia de las organizaciones sociales y populares no ha de medirse solo por su fuerza reivindicativa, sino también por su capacidad de articular esta a sus objetivos estratégicos de largo plazo, es decir a la realización de los sueños
colectivos revolucionarios.

Por eso la acción colectiva no se reduce a las grandes gestas. Es ante todo una acción persistente en el seno de las comunidades, en sus territorios y organizaciones, donde nos juntamos para soñar, para sembrar, para educarnos, para transformar nuestro territorio. Es un trabajo en el que construimos paciente, y a veces silenciosamente,
un tejido social y una identidad colectiva que no se desarrollan aniquilando las diferencias individuales sino justamente incorporándolas a la colectividad. Y eso es posible no solo a partir de la construcción de formas de economía alternativa, de organizaciones autónomas, de procesos de formación, etc., sino ante todo a partir del
compartir cotidiano, de la lúdica, la conversación, el sentimiento de vecindad, la solidaridad que nos ayudan a construir un sujeto colectivo capaz de acción coordinada y solidaria.

Las diferencias de los individuos son esenciales al colectivo, y nos permiten una división no capitalista ni jerarquizada del trabajo, basada en las disposiciones personales, los talentos y las preferencias. El colectivo posibilita descubrirnos como individuos reales y no como la ficción que de ello ha hecho el capitalismo, nos hace reconocer
nuestras capacidades y talentos cuando rticulamos nuestras acciones con las de los demás. De esta manera descubrimos nuestro lugar en el colectivo y sabemos cuál es nuestro mayor aporte a esa acción colectiva. Ese es el efecto sinérgico que hace que la fuerza de la acción colectiva o sea simplemente la suma de la fuerza de las acciones individuales, pues cada una se alimenta y multiplica con la fuerza de los demás  por eso crecemos individualmente con ella. De ahí que el efecto de la negligencia, la irresponsabilidad individual o la competencia sobre la acción colectiva tampoco pueda medirse como una simple resta. Ella termina aniquilando la sinergia colectiva y minando la confianza en su capacidad transformadora.

Por eso donde primero golpea el dominador es en el corazón de la vida colectiva, destruyendo los vínculos de solidaridad, incapacitando a los individuos para integrarse a la comunidad y poner la fuerza de su acción en función de los proyectos colectivos. Sobre todo el capitalismo ha logrado posicionar el imaginario del individuo aislado que se enfrenta a la sociedad para no dejarse devorar por ella. Es un individuo egoísta y competitivo, y la única relación que tiene con los demás es de confrontación para defender sus intereses particulares que, según esta ideología,
son los únicos concretos.

Es cierto que la mayoría de quienes nos integramos en una organización social y popular lo hacemos con el deseo genuino de trabajar con los demás en pos de construir una sociedad realmente humana. Pero en nuestras prácticas se hacen evidentes las actitudes, comportamientos y valores que nos constituyen como sujetos nacidos dentro del capitalismo. Muchas veces nos dedicamos a parasitar en la organización, porque nos representa estatus, reconocimiento o ingresos. O buscamos protagonismos individuales, como respuesta al anonimato tan grande
al que nos ha sometido el capitalismo en medio de la más despiadada competencia; incluso, las organizaciones mismas, en vez de avanzar hacia la articulación entre ellas para multiplicar la acción revolucionaria, asumen la práctica de la competencia pueril.

Lo esperanzador, sin embargo, es que en el colectivo mismo está una parte de la superación de este lastre que carga consigo el sujeto formado en la sociedad capitalista. En él, y en el trabajo solidario que promueve, está la posibilidad de formar un nuevo sujeto que incorpore unas lógicas distintas a las del individuo ególatra, que se disponga a trabajar coordinadamente con el otro en el convencimiento de que la acción colectiva no solo permite resolver problemas que nos afectan a todos, sino que nos ayuda a crecer como seres realmente humanos y sociales por naturaleza. En materia de ética y política no hay casi nada irreversible, ni siquiera el tipo de subjetividad alienado que se nos ha impuesto, mucho menos el sistema económico que produce humillación y amenaza destruir la vida por completo. Todo depende de la fuerza y la convicción con que nos aboquemos a construir esta acción colectiva.

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