Una pregunta por la paz

Por Carlos Mauricio Bedoya M.

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Foto: elconfidencial.com

A comienzos del año 2008 yo me encontraba en un curso de inglés con otros cinco profesores de la Universidad Nacional. En una de las sesiones el profesor nos pidió a cada uno que dijéramos qué era la paz para cada uno de nosotros. Pregunta difícil de responder y más si se debe hacer en inglés como parte de una evaluación.

Mi respuesta fue una historia de cuando yo tenía nueve años. Vivíamos en el barrio Santa Ana de Bello, en una cuadra que tuvo una peculiaridad: solo un lote de las dos hileras de casas se había dejado sin construir, extraño para un barrio que se urbanizó con casas de diseño típico. Lo importante es que ese lote fue comprado por don William, un conductor y propietario de una volqueta de color verde oscuro, con la cual vivían cómodamente él, su esposa y sus dos hijos Edwin y William.

Aunque llegaron tarde a la cuadra, les fue fácil acomodarse a las dinámicas de ésta, y les ayudó mucho que el papá era alegre, saludador y buen conversador. La mamá, doña Marina, era una mujer que, aunque en ese tiempo yo veía estrictamente como una mamá y esposa, generaba comentarios en los muchachos mayores. Y esa señora bonita a nosotros, los niños, nos generaba, en cambio, cierto temor, yo diría miedo, pues siempre tenía el rostro muy serio y en las pocas ocasiones que la escuchamos dirigirse a alguien, por ejemplo a sus hijos, lo hizo con un tono de voz recio.

Edwin tenía unos años más que yo y era buen jugador de fútbol, agraciado y valiente; y esa valentía se notó una tarde en medio de la cual jugábamos chicos y adolescentes en la misma calle. Y Jipi, que era fornido y altivo, se transó en una pelea con él.

Creo que pocas veces habíamos visto tan enconado enfrentamiento. Y en medio de esto apareció doña Marina con su cuerpo generoso y bien delineado, abriéndose paso en medio del tumulto que ya crecía. Tomó a los dos peleadores por el brazo y los paró del piso como si pesaran muy poco.

El enfrentamiento sucedía justo en medio de las casas de los dos bravos; la mamá de Edwin aferró sus manos a cada uno de ellos, sujetándolos con seguridad. Es posible que los dos muchachos no se resistieran mucho porque, en el caso del hijo, éste ya sabía de qué estaba hecha su madre, y, en el caso de Jipi, la estupefacción le ordenaba mantenerse a merced de tan decidida dama.

– ¡Lo va a matar!

– ¡Díganle a doña Blanca que esa señora “nueva” se le llevó el hijo y lo va a cascar adentro!

Nos resignábamos a mirar la escena y a ver cómo ella entraba a los dos chicos a la casa; asumimos que solo volveríamos a ver a Edwin salir vivo de allí. No hubo más golpes entre los bravos y menos uno que viniera de la mujer. Nos fuimos acercando a la casa y nos dimos cuenta que podíamos incluso observar por la puerta, a unos cuantos metros de distancia. Y supimos que a Jipi lo tenía sentado en un mueble y a Edwin en otro ubicado al extremo de la sala; en medio de los dos estaba ella.

No entendíamos lo que doña Marina les decía. Sorpresivamente se paró y se fue más adentro de la casa, y creímos que era el momento para que Jipi se escapara y pudiera continuar con vida, aunque eso significara tenerlo fastidiándonos de vez en cuando.

Luego ella apareció en la sala con dos vasos de leche y unas galletas cucas y se las dio a los muchachos. Doña Blanca, la mamá de Jipi, salió de su vivienda y se dirigió hasta donde se hallaban los comensales que antes habían sido dos fieros peleadores, y se encontró con Jipi saliendo a la puerta y luego con Edwin y su mamá. Se miraron las dos señoras y doña Marina se sonrió, y se pusieron a conversar, dando explicaciones una y recibiéndolas la otra, asintiendo a cada comentario.

Edwin y Jipi se despidieron dándose la mano, todavía serios, y las dos mamás, como satisfechas con el final de la escena, también lo hicieron. Después de ese día sentimos mucho respeto y aprecio por la mamá de Edwin y William. Los niños íbamos para ayudarle con una de sus bolsitas una vez que asomaba al final de la cuadra, y ella aceptaba, sonriendo.

“Eso es la paz para mí”, les dije en esa clase de inglés de comienzos de 2008 a mis colegas y a mi profesor, que era un gringo muy amable, blanco y de ojos azules, de apellido Corvino. Luego el profesor invitó a ver en nuestros computadores una parte del discurso que el candidato Obama pronunciara por esos mismos días en New Hampshire, y nos decía que él creía en aquel hombre de tez negra. Unos pocos meses más tarde, recordé a mi profesor Corvino cuando ese señor Obama pronunció un hermoso discurso en Berlín, diciendo que a él le gustaban los puentes, porque unían, y no los muros, porque separaban. Semejantes palabras dijo en una ciudad dividida por un muro que en 1989 fue tumbado por pedacitos y que tal vez se terminó de caer con los aplausos sentidos de los presentes.

Lo que luego pasó con ese candidato que llegó a presidente de los Estados Unidos es otra historia. Pero el discurso en Berlín me generó un sentimiento fraternal hacia Corvino, porque tal vez en la clase de inglés de esa noche, esperanzado en las palabras de su candidato, él quería decirnos: “This is peace for me, dear students” Y aunque doña Marina no hizo un discurso de semejante magnitud y sonoridad, con su ejemplo nos llevó más allá de los aplausos, para aproximarnos hasta las lindes de un acto sublime de civilización, en una calle estrecha que se alimentaba día a día de una cotidianidad cambiante, unas veces tensa y otras alegre.

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