Viaje al Carnaval por la Memoria en Remedios

Por Álvaro Lopera

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Fotos: Álvaro Lopera

Cuando arribé con mi compañera al sitio de encuentro, al lado del Planetario, aún era oscuro, pero el frío no estaba presente en el inventario de la mañana; el aire que nos palmoteaba el rostro nos informaba que el día sería, de nuevo, cálido.


El encuentro

Los buses llegaron diez minutos después de la hora oficial del encuentro. Los viajeros que se disponían a ir a una tierra que fue anegada en sangre a finales del siglo pasado, se encontraron con dos buses y un montón de amigos participantes en innumerables jornadas por la memoria. Muchas víctimas viajaban allí, a nuestro lado. Aun así se veían caras sonrientes, los besos sonaban, los abrazos no faltaron, así como las pancartas y los debates, mientras terminaban de llegar aquellos a quienes por la lejanía, o quizás, por la pobreza, les quedaba imposible satisfacer el requisito del cumplimiento. Seis de la mañana fue la hora de partida. Más de uno miró su reloj y predijo la llegada tarde al municipio de Remedios, 190 kilómetros al nordeste de Medellín.

El viaje

El lento paso de los buses contrastaba con la urgencia de cumplir, pues sabíamos que los viajeros de Medellín iban a nutrir, de una manera importante, la Marcha de la Memoria, el Carnaval por la Vida que nos estaría esperando bajo un sol canicular, y en donde nos encontraríamos con gente de ese pueblo que nos esperaba. Debíamos estar allí a las 10 de la mañana.

Rosa subió al bus unos cuantos kilómetros más adelante del punto de encuentro. A su lado se sentó don Manuel, vecino de la Honda, un asentamiento de desplazados. Después de haber recogido a otros viajeros, Rosa me miró y empezó a contarme historias: “A mi hermano, dos veces alcalde, le hicieron un atentado los paracos: cinco tiros en la cabeza, y sobrevivió. Ahora da clases en la universidad. Era de la Unión Patriótica, allá en Segovia. Claro que por veces se pierde cuando habla, pero su inteligencia no se la apagaron. Yo me tuve que venir para Medellín, porque me iban a matar. Y acá estoy bien, estudiando todo lo que se me atraviese”.

El bus siguió su marcha por una carretera en buenas condiciones. Llegamos a las doce y nos integramos al grupo de marchantes bajo un sol que expedía una luz anaranjada y los había quemado toda la mañana.

El carnaval

carnaval-por-la-vida3aLas banderas de varias organizaciones lideraron la marcha. La chirimía las seguía con las bailaoras. Después unas niñas con su profesor a bordo, con unas bombas blancas y con su ritmo, convidaban a la paz. Y en todo ese mar de expresiones, algunas víctimas de la violencia que entonaban consignas por la paz y la memoria. No estaban todas: solo unas cuantas del pueblo y algunas que venían en los buses. Faltaron demasiadas; de eso se quejó la alcaldesa. Y el dedo acusador apuntó al miedo, pero también a la falta de continuidad del trabajo con ellas, allá en Remedios. “Falta mucho trabajo, máxime que aún pervive el miedo”, afirmó. Muchos habitantes se dedicaron a mirar, ni siquiera a aplaudir o a apoyar verbalmente.

Remedios, un pueblo con centenares de víctimas

Este homenaje tan centrado en el 2 de agosto de 1997, no pretendió apagar una verdad histórica que todo el pueblo conoce: entre 1982 y 1997 ocurrieron 14 masacres y centenares de asesinatos selectivos, y miles de desplazamientos. Lucía Carvajal, la alcaldesa, afirmó tajantemente en su discurso: “Esta masacre, la del 2 de agosto, es muy representativa porque mostró a las claras, y a ojos de todo el pueblo, cómo el Ejército y la Policía eran cómplices de los paramilitares, y eso generó pánico porque se entendió que el Estado estaba comprometido abiertamente con la violación de los derechos humanos”.

Todo se inició el 1 de agosto, a las 11:30 de la noche, en el casco urbano. La Policía estaba acuartelada, después de que en el día habían realizado un operativo de control y requisa de la población en compañía del Ejército. Un grupo de hombres y mujeres con prendas de uso exclusivo de las fuerzas militares y con armamento de largo y corto alcance recorrió las calles del pueblo, y allí estuvo hasta las 2:30 de la madrugada del 2 de agosto. Llevaban en sus manos una lista. Los acompañaban tres encapuchados. Tenían la intención de retener a 11 personas, pero 3 no estaban en sus viviendas; los habitantes de la población lo vieron todo.

Después de pasearlos en una buseta los llevaron al sitio Las Negras y fusilaron a Rosa Angélica Mejía, ama de casa y empleada de servicio doméstico; Alberto Silva, empleado del Inderena; Jairo Pérez, minero y miembro de la junta cívica de Remedios; Ofelia Rivera, comerciante y miembro de la junta cívica; Ramón Padilla, celador de la escuela Santa Teresita y militante de la U.P.; Efraín Pérez, minero que vivía cerca del lugar de la masacre; más adelante asesinaron a Carlos Rojo, dos veces alcalde de Remedios, y a Luis Lopera, educador y presidente del Comité de Derechos Humanos del municipio. Ramón Padilla alcanzó a burlar la muerte, y vivió para contar los hechos.

La memoria y su impronta

Después de haber escuchado la intervención de todas las organizaciones participantes, quedó una idea clara: el Estado en alianza con los paramilitares dio paso a una máquina de terror, a una máquina de muerte contra hombres y mujeres, muchos de ellos líderes sociales comprometidos con la paz y las transformaciones sociales de su territorio. Luz Adriana Botero, de la Asociación de Víctimas del Municipio de Remedios, clama por una investigación cercana a todas las familias con víctimas para reconstruir la memoria y estamparla en un libro que todos puedan consultar, para evitar que en un futuro la atrocidad retorne.

El retorno

En las horas de la tarde, después de la marcha y en medio de los discursos allí lanzados, se asomaba el viejo terror, pues dos individuos que habían tomado distancia, seguían con mucha atención los discursos, dejando claro que los grababan. Después de cada arenga, hacían una llamada, tras la cual arribaban sendas motos con los mensajeros de la muerte que hablaban maliciosamente con ellos. Un compañero representante de derechos humanos de la CUT le salió al paso a uno de estos, y tras este acto temerario, Olivia, una de las organizadoras de la caravana, optó por acelerar la salida del pueblo.

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