Gente de fuego grande

Por Jhonny Zeta

Foto: Jhonny Zeta
Foto: Jhonny Zeta

Dice Eduardo Galeano que un hombre de la costa colombiana pudo subir al alto cielo y a su regreso contó: “la gente se ve como un mar de fueguitos, cada persona brilla con luz propia entre todas las demás… Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores… hay fuegos que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

El pasado 17 de agosto se realizó en el Teatro Universitario Camilo Torres el evento ‘¿Cuál es el tropel de la memoria en la UdeA? A propósito de Gustavo Marulanda: 17 años resistiendo al olvido (1999-2016)’. Fue un homenaje a la vida del líder estudiantil asesinado el 7 de agosto de 1999 por las Autodefensas Unidas de Colombia. En este evento recuperamos un testimonio (que quiere permanecer anónimo) de memoria y resistencia del movimiento estudiantil, que durante los años noventa soñó y luchó por la construcción de un mejor país. Gente de fuego grande:

Conocí a Gustavo en el Liceo Marco Fidel Suárez, en el año 1991. Era un muchacho de 25 años que estudiaba en la nocturna. Tenía estatura media y usaba botas y camisa tipo polo; pasaba por los salones invitando a las reuniones de Consejo Estudiantil. La mamá le empacaba una coca grande llena de comida que compartía con los compañeros que no llevaban almuerzo: podíamos comer 3 o 4 de ahí. Tavo hablaba duro y sin tapujos, tenía mucha fuerza física: un día aparecieron unos tipos con metralletas en la sede del Consejo Estudiantil del colegio, se lo iban a llevar; Tavo se tiró contra la puerta y dijo que de ahí lo sacaban muerto; le quitaron la correa del pantalón y le amarraron las manos. No fueron capaces de jalarlo y eran cinco, lo amenazaban con las armas y no pudieron sacarlo. Así lo recuerdo.

No era teórico, era un hombre de acción. En 1992 el Consejo Estudiantil Suarista -CES, convocó a una movilización; a la altura del Sena de Colombia, dispersaron la marcha con tanquetas y policías; ese día cogieron a Tavo y lo devolvieron al día siguiente aporreado. Uno se iba dando cuenta de que pasaban cosas así, después fueron comunes las amenazas al CES a través de cartas y carteles pegados en el patio del colegio.

Siempre que llegaba la citación a presentar el examen médico en la Cuarta Brigada se daban enfrentamientos con la fuerza pública. Por esos años cayó muerto un estudiante a quien le pegaron un balazo en el cuello; las investigaciones dictaminaron que la bala era de uso privativo de la fuerza pública. El estudiante se llamaba Hamilton Chica.

A partir de 1992 se trabajó en articulación con otras instituciones educativas como el INEM, el Pascual Bravo, el CASD de Castilla y el Gilberto Alzate Avendaño. A través del CIORES (Comité de impulso a la organización regional de estudiantes de secundaria) se intercambiaban experiencias y se impulsó el Seminario Nacional sobre Objeción de Conciencia al Servicio Militar Obligatorio, con el lema ‘no queremos ser enemigos del pueblo’.

Tavo empezó a estudiar filosofía en la universidad de Antioquia en 1993, pero siguió trabajando en los procesos de los colegios. Con las generaciones que fueron entrando a la U. de A. se organizaron las Primeras Jornadas por la Vida y la Libertad, en compañía del profesor y abogado Jesús María Valle. Después del asesinato de Valle en 1998, se organizaron las Segundas Jornadas a las que se les dio desde entonces su nombre. Cuando las amenazas fueron tomando otro calibre, la frase de Tavo en medio del chiste y todo era: ‘el que tenga miedo compre un perro’.

Una semana antes del asesinato del profe Valle, Tavo sufrió otro atentado: estábamos en reunión de egresados y estudiantes del CES cuando entró un sicario y le hizo varios tiros, pero él se alcanzó a tirar detrás de las sillas. Afortunadamente no le comprometieron ningún órgano vital. Cuando recibimos la noticia del asesinato de Valle, Tavo tenía una mano vendada, o enyesada, por el atentado. El portero del colegio dijo que el sujeto pidió permiso para entrar a entregarle el pasaje a un estudiante, porque se le había quedado. Entonces se hizo la denuncia, pues a los egresados que eran conocidos no los querían dejar entrar, pero al desconocido que hizo los tiros sí. Reitero que Tavo siempre fue de acción, de tiempo completo con el movimiento estudiantil; hablaba duro y muchos pensaban que era radical, cuando su postura política en realidad era lo más abierta del mundo; eso sí, en las negociaciones con la administración de la U. era muy frentero.

Cuando llegaron las últimas amenazas, muchos le recomendamos que se fuera del país, pero él estaba firme en seguir ahí y nos pedía que tuviéramos cuidado. Quedan las críticas de algunos sobre hasta dónde fue perjudicial que se hubiera quedado, no solo por él sino también por la colectividad. A ese 7 de agosto de 1999 le siguió una época muy fuerte de persecución: desaparecidos, profes asesinados, el clima estaba muy tenso. Algunas veces, de manera inocente, guardábamos rocas en el morral, para tener con qué defendernos si pasaba algo. Uno piensa en el día que lo mataron: fueron muchos tiros, una descarga de ametralladora… ¿de qué hubiera podido servir una piedra que uno tuviera pa’ defenderse? Pasamos por sentimientos de frustración y de mucho miedo.

De los aprendizajes y enseñanzas nos queda ese compromiso de Tavo con los sectores sociales y las ganas de hacer, eso nos lo pegó a muchos; cuando la gente no se atrevió a hacer algo por pereza o por miedo, Tavo lo hizo; fue un referente para los que estaban en el colegio o empezábamos la universidad; permitió que siguiéramos convencidos de la idea, tal vez de otras formas, con otros métodos, pero aportando en algo, no individualmente, sino en colectivo. A 17 años de su muerte uno siente que eso quedó ahí, que no fue el entusiasmo de la secundaria, de ir a una marcha, de participar de un foro. De una u otra forma seguimos luchando por eso, es decir, que si las cosas no andan bien, hay que hacer algo para que por lo menos dejen de estar tan mal”.

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