Crónica de un viejo Bullying

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Ilustración: Cristina Rodriguez

Por Rubén Darío zapata Yepes

Para don José, su hijo es el incomprendido. Es que uno tiene que mirar bien cómo son las cosas, dice, para no estar todo el tiempo castigando por nada al pelao.

Desde hace tiempo su mujer lo recibe siempre con la misma queja. Que mijo, cómo vamos a hacer con este muchacho; ahí nos mandaron otra boleta de la escuela. Entonces se ha puesto que es pellizco sobre pellizco con el muchacho por cada boleta de la profesora. No mija, así no es la cosa, dice él; aguárdese mejor, que también tenemos que escuchar al niño.

Lo que pasa con el muchacho le recuerda a don José lo que le pasó a él en sus años de infancia y no quiere por nada del mundo que se repita su historia. Por eso se pegó el viaje hasta la escuela para hablar con la profesora.

-Me da la sensación, profesora, que usted lo que quiere es que todo el tiempo estemos sobre el muchacho. Pero también usted debe mirar lo que pasa en la escuela, porque no puede ser que sea siempre mi hijo un problema y los demás unos santos.

– Sí don José -terminó por aceptar la profesora-. Pero es que su hijo es muy necio y pelión; siempre está envuelto en problemas y yo no sé como corregirlo si ustedes no están pendientes de él.

-Claro que nosotros estamos pendientes, pero no podemos acabarlo a madera, sabiendo que los otros lo provocan todo el tiempo.

Eso fue lo que le pasó a él, o por lo menos así lo recuerda. Estudiaba en la escuela de su vereda y todos los días tenía que caminar más de una hora desde su casa para ir a estudiar. Pero su mamá, que lo cuidaba muy bien, le empacaba unas mediamañanas abundantes y deliciosas: un tarro de cola granulada lleno de leche, pan, arepa con mantequilla y queso, panela… En el descanso él se sentaba muy contento a disfrutar del fiambre, pero había otro niño que se la tenía dedicada. Como era más grande y gordo, se aprovechaba de él y se la quitaba. Entonces José iba, llorando, a ponerle la queja a la profesora.

-Tranquilo mijo, que eso no es nada -lo consolaba ella muy comprensiva, pero con el otro-. Mejor venga yo le doy una aguapanelita.

El caso es que la profesora nunca se tomó en serio el asunto y nunca reprendió al gordo, porque era el hermano de su novio.

Un día estaba José jugando con sus amigos en el patio de la escuela; tenía los bolsillos y las manos llenas de pepas de corozo que le había ganado a los otros jugando a las canicas. En esas pasó el gordo y de un manotazo le tumbó las pepitas de las manos. Cuando el muchacho se agachó a recogerlas, el otro lo encendió a patadas en el estómago y lo dejó tendido en el suelo. No contento con eso se inclinó sobre él y lo siguió moliendo a puños. En ese momento José descubrió cerca una piedra de tamaño mediano; la agarró y con ella empuñada le asestó un golpe al otro en la cabeza. El gordo brincó y pegó un berrido al mismo tiempo, llevándose las manos a la frente. José se quedó pasmado cuando descubrió que le había destapado la cabeza.

Esa vez lo suspendieron de la escuela por varios días, quizá semanas; don José no recuerda bien ya. El golpe, sin embargo, no fue suficiente para amedrentar al gordo, que más bien se buscó un amigo para que le ayudara a planear la venganza. Juntos labraron una varilla de palo y le pusieron un clavo grande engastado en la punta.

Para acabar de ajustar, cuando José volvió a la escuela, la profesora seguía indignada con él.

-Como usted es un demonio -le dijo-, hay que mantenerlo vigilado. Por eso se va a quedar en el salón durante el descanso, para que no pueda pelear con nadie.

Y efectivamente José se quedó en un rincón del salón, escribiendo con tinta china una plana que la profesora le había dejado de tarea: “yo no vuelvo a pelear ni a ser grosero con la profesora”. En eso estaba concentrado el muchacho y no vio cuando se aproximaba el gordo; solo sintió el guascazo que le mandó el otro y el clavo hundiéndose feroz en una de sus nalgas. La sorpresa y el dolor lo hicieron abrir hacia atrás los brazos e inconscientemente soltó la plumilla metálica que sostenía en la mano. Por el impulso, esta
voló por el aire y fue a clavarse en todo el centro de uno de los ojos del otro chico, haciéndole saltar de inmediato la niña. El gordo soltó un alarido y se tiró al suelo. Cuando comprendió lo que había pasado, José salió corriendo despavorido, aunque cojeando cada vez más. Ahora sí estaba asustado, sentía mojados los pantalones y el pie que se le iba entumeciendo, pero sabía que no podía dejarse agarrar.

Esa fue la última vez que piso un aula de clase, pero no la última que vio al gordo. Muchos años después, ya adulto y viviendo en la ciudad, de pronto tuvo conciencia de que alguien andaba siempre pegado a él como su sobra. Era un tipo raro, alto y acuerpado, que andaba con los ojos ocultos detrás de unas gafas oscuras. Un día, ya oscureciendo, estaba con un amigo buscando un bar, cuando sintió la presencia de la sombra. Le contó a su amigo la sospecha y éste volteó a ver si lograba identificarlo.

– Ah, sí- dijo el otro sin sorpresa-. Ese es Carlos, el de los Marín. Quedó muy ofendido con vos porque lo dejaste tuerto. Y jura que va a vengarse cómo sea.

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