Soledad de Barrio

Por Hamilton A. Suarez Betancur

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La Ciudad abajo vista desde el Picacho, Foto: Hamilton. A Suarez Betancur

La soledad ha sido siempre un problema en un barrio popular. Las calles parecen un imán que atrae a la gente, como si quisiera a toda hora expresar afuera el bullicio que se retiene con pudor adentro de las casas. Ni la noche es una fiel compañera de la melancolía, pues es atravesada impunemente por los corridos que retumban desde alguna esquina y por los muchachos que queman su vida y sus pulmones mirando las cuatro calles de su feudo de poder.

Por eso, elijo una hora antes del alba para escalar las calles que conducen a El Picacho. Cuando pienso en los recuerdos de los otros, me cuesta creer que sobre este suelo pudiese existir algún proyecto de vivienda que diera como resultado un barrio popular. Pero, al subir por una estrecha seguidilla de escalones que separan en algo más de dos metros las puertas de las casas, comprendo que la necesidad no entiende de curvas de nivel ni de pendientes, mucho menos cuando se trata de luchar por un cobijo, que suele ser la máxima aspiración de un pobre, que no tiene más territorio que el que pueda conquistar con su fuerza de trabajo.

Los cables son como pentagramas que de alguna manera simbolizan la consolidación del barrio, y no se exagera cuando se dice que parecen como lazos que unen las fachadas de las casas para evitar que se desplomen. La gracia de la vida cotidiana aporta sus réditos a la formación del paisaje urbano con un sello particular: los zapatos viejos guindando en los alambres y cuerdas de energía.

Caminar por aquí a estas horas reviste el cuerpo de anonimato. Por el contrario, el confinamiento que sufren muchos al iniciar el día le resta ojos a las calles, y los pocos que ya se empiezan a ver rayando el alba andan tan sumidos en sus pensamientos soñolientos, que apenas perciben que alguien más cruza por la esquina hacia el cerro en dirección contraria.

Caminar por senderos flanqueados por las casas del borde urbano da la posibilidad de ir inventariando los gustos de aquellos que no veo, pero que infiero en el tronar de sus radios o en el alarido de su discreto canto. La ducha que suelta el agua fría deja escapar sus sonidos por las rendijas de las ventanas de los baños, que, por la estrechez de los hogares, van a dar hacia el afuera.

Las casas se disipan. Una vez más se siente el paisaje agobiante de la urbe, ya tocada por esa luz del sol que llega a plazos. Es como una sábana gris claro que se posa en la ciudad, un velo que se confunde con el smog que ya reposa en el ambiente y los pulmones, con el agua del rocío que, como yo, se eleva para buscar una sublimación que da un poco más de sentido a un día que siempre es difícil iniciar.

Ya el verde hace parte del paisaje. Poco a poco se va alcanzando la cumbre, donde un Cristo inexpresivo recuerda cuán obligados están los hombres, que inventan poderes para someterse a sí mismos a una historia de cadenas. El paisaje de las comunas desde allí nunca es igual, nunca es idéntico, ni siquiera se desgasta con el tiempo y la intemperie, no se agota.

Nunca he mirado la misma ciudad desde El Picacho. Siempre hay algo más por descubrir: una forma, un resalto, una discontinuidad, un verde que se niega a morir en el concreto o una quebrada que baja como una cicatriz buscando el río. Algunas calles son tan rectas que parecen trazadas con escuadras; perfectas líneas que aluden a un ordenamiento planeado. Es una analogía de barrotes que aluden al encarcelamiento de miles de personas, pues de llevar el barrio inscrito en el paisaje pasan a lastrarlo entre su piel como un tatuaje que identifica su procedencia en la mañana y su destino que llega con la noche.

Los barrotes en las partes altas se convierten en un fárrago de calles, donde se confunden los techos con el bermejo desnudo de suelos y paredes. Es un espagueti de senderos, de enredos de curvas y de nomenclaturas imposibles. Esa huella digital en el paisaje es como una fotografía del pasado y es ello lo que estalla como su memoria más valiosa.

Desandar los caminos es como deshacer los pasos que ya no son tan gratos como los del ascenso. La gravedad hace que el cuerpo haga un esfuerzo mínimo por bajar, hasta nivelar la altura de las casas con el horizonte de los ojos, hasta cuando ya se ve el confinamiento por las construcciones de tres pisos, que son también el número de las generaciones de este barrio; por las terrazas que avisan que vienen los bisnietos y de la herencia que se nombra “el aire”: la primera cuota de un futuro incierto en las varillas oxidadas, que son como puntos suspensivos que alguna vez serán vivienda.

Ya no se es el transeúnte solitario. El espacio ya se debe disputar con las motos que zumban como abejas y los buses que no dan abasto, repletos con cientos de trabajadores y obreros que van en busca de un sustento en la venta de su fuerza de trabajo.

El humo ya retorna, el ruido también y la posibilidad de ser anónimo ante la carencia de miradas por la madrugada ya se ha disipado. Niños corriendo hacia sus clases, amas de casa que salen a comprar el desayuno, buses, motos, transportes escolares por montones; los transeúntes se vuelcan a las calles, que, una vez más, parecen un imán que atrae a la gente, como si quisieran a toda hora expresar afuera el bullicio que se retiene con pudor adentro de las casas.

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