Intifadas de piedras y cuchillos contra el colonialismo israelí

intifada-palestina en todo su furor B&N
Foto: porisrael.org

Por Älvaro Lopera

Nacimiento de Israel y guerras de despojo

Israel nació en 1948 hurtando más del 50% del territorio palestino preexistente. Su creación como país se selló con grandes desplazamientos y masacres palestinas. La naciente ONU había dado el aval para la perfidia. En 1967, en una guerra relámpago conocida como La guerra de los seis días, Israel ocupó territorio palestino: Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este. Arrebató territorio sirio: los Altos del Golán. Usurpó territorio egipcio: la península del Sinaí. Después de la traición a los pueblos árabes de parte del presidente egipcio, Anwar El Sadat, Israel devolvió la península del Sinaí a Egipto. Para entonces resaltaba la diáspora palestina en múltiples campamentos de países colindantes, la cual, a 2017, suma más de cuatro millones de personas.

Ralph Schoenman, en su libro ‘La historia oculta del sionismo’, nos cuenta que después de
esa fatídica guerra, en los territorios ocupados un palestino no podía plantar un tomate sin
permiso, inconseguible, del gobierno militar. No podía blanquear su casa. No podía poner un cristal. No podía cavar un pozo. No podía llevar una camisa con los colores de la bandera
palestina. No podía tener en su casa un cassette con cantos nacionales palestinos. Y podía ser apresado por cualquier razón que se le ocurriera a un mando militar sionista.

Sobrevendrían grandes masacres como la de Sabra y Chatila en 1982, en donde la falange cristiana libanesa asesinaría cerca de dos mil palestinos de todas las condiciones, en asocio con el ejército israelí. Nunca Israel ha sido realmente condenado por los múltiples genocidios que ha cometido y sigue cometiendo, amparado en La industria del holocausto, como llama acertadamente Norman Filkenstein – escritor americano hijo de judíos antisionistas que sufrieron las penurias de los campos de concentración nazis– al negocio sionista de mostrar las llagas de la historia de los judíos en Europa, para avanzar seguros en la limpieza étnica en territorio palestino.

Las Intifadas: origen e historia

Ese 24 de marzo de 2016 era un día brillante en Hebrón, Cisjordania. El palestino Abdel Fatah al Sharif estaba acostado boca arriba en una calle en medio de la soldadesca sionista. Previamente había sido desarmado y herido después de atacar con un cuchillo a un militar. A su lado había una ambulancia israelí y varios soldados, entre ellos, el sargento Elor Azaría. Este habló algo con un par israelí y le apuntó con su fusil al joven de 21 años que yacía en el suelo, aturdido por las heridas y la golpiza recibidas después del ataque, con la mirada perdida, esperando solo el apresamiento. Unos segundos después, con la frialdad de un sicario, el sargento le disparó en la cabeza.

La Intifada (rebelión popular) del cuchillo – así llamada por la prensa israelí, pues casi todos los ataques se hacen con cuchillos o navajas– había empezado meses antes, en septiembre de 2015, a raíz de la gran expansión de los asentamientos israelíes a costa del territorio palestino. En esta la población ataca más con garra que con armas a patrullas o a habitantes de urbanizaciones invasoras sionistas, terminando siempre con la muerte del atacante, pues nunca han detenido a nadie. En este alzamiento que perdura hasta hoy, han muerto cerca de 250 palestinos y 36 judíos.

En 1987 se lanzaría la primera Intifada palestina, en donde los niños y los jóvenes jugaron un papel principal. Esta tendría una duración de casi seis años. Se le llamó la Intifada de las piedras contra las balas. Allí combatieron de una manera muy desigual unas muchachadas que con hondas y manos peladas se enfrentaron a soldados muy bien equipados para la guerra. El ministro de defensa de entonces, Isaac Rabin, dio la orden de fracturar con rocas los brazos y antebrazos de los niños que fueran apresados. Decía que era mejor que nunca volvieran a lanzar piedras que llevarlos a la cárcel y después liberarlos para que continuaran resistiendo. Después ganaría un premio nobel de paz.

En 1993, el líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), Yasser Arafat, tendería la mano al león sionista representado entonces por el primer ministro Isaac Rabin: firmaron los acuerdos de Oslo, nació la Autoridad Palestina y la posibilidad de un nuevo Estado palestino.

Pero no duró el sueño. Rabín sería asesinado en 1995 por un extremista israelí que lo acusó de vender los ideales sionistas. Lo acordado no floreció y en el año 2000, ante una provocación del entonces electo primer ministro, Ariel Sharón, gran responsable de la masacre de Sabra y Chatila, se inició otra Intifada en la explanada de Las Mezquitas, la cual duraría cinco años. La resistencia al invasor colonialista ha sido permanente y en ella participa una parte considerable de la niñez y la juventud palestinas.

Papel de la “justicia” sionista

En facebook tienen sintonía sinnúmero de dirigentes sionistas, entre ellos el rabino Shmuel Eliyahu, el cual abiertamente hace llamados tales como “no debe quedar un palestino vivo, hay que ejecutarlos a todos”, sin que ese portal le bloquee dichas incitaciones terroristas. Ramzy Baroud, que escribe en el portal Middle East Monitor, el 16 de abril de 2016, en un escrito titulado “Una cultura de la impunidad a la vista de todo el mundo”, denunciaba a raíz del asesinato de Abdel Fatah, que “no solo la sociedad israelí apoya en particular al soldado responsable de este incidente sangriento, casi la inmensa mayoría defiende asimismo las ejecuciones en el campo de batalla. De hecho, la cultura de la impunidad en Israel está relacionada tanto con las tendencias políticas como con las creencias religiosas”.

Lo anterior se ref leja en la justicia sionista, y más ahora cuando salió a la luz pública el veredicto que el tribunal militar expidió este 21 de febrero ante semejante crimen: 18 meses de cárcel. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, había pedido el indulto para ese criminal.

La portavoz del Alto Comisionado de la ONU para los derechos humanos, Ravina Shamdasani, se expresó así: “que se haya juzgado el caso y se haya pronunciado una sentencia es mucho más de lo que habíamos visto hasta ahora, pero que se le haya condenado a solo 18 meses tras haber cometido una violación a los derechos humanos de tales características es inaceptable. La sentencia es indulgente y contrasta con las condenas a tres años de prisión para niños palestinos por lanzar piedras a coches”, aseveró.

Las Intifadas persistirán, dicen los palestinos, hasta la derrota del colonialismo israelí.

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