Los deseos del corazón

Por Lenin Aníbal Pineda

“Jesús y los pobres”, imagen tomada de jesuitas.lat

Una de las grandes conclusiones a que llegó la filosofía del siglo XIX fue que la religión era un espacio habitado de deseos. Era otro modo de decir que la religión es en un proceso en el que las realidades más humanas se hipostasian, es decir, se vuelven personas espirituales con poder sobre la realidad. De este proceso fundamental, se sigue, por ejemplo, el hecho de que los mitos se repitan. Es decir, que existe, entre todas las creencias religiosas, un vínculo de parentesco que explica que las religiones del mundo insistan en mensajeros que vienen del cielo para anunciar algo, cataclismos globales en donde el mundo es pasado por agua o por fuego, niños venidos para salvarnos, dioses que se hacen humanos o que mueren y vuelven a la vida, etc.

Este parentesco entre las creencias de los seres humanos se explica por el hecho de que toda experiencia religiosa encuentra en la vida social y biológica y su relación con el mundo el material de trabajo más propio. En las creencias religiosas, lo más prosaico de la vida humana se nimba de luz mistérica que abre la realidad a un principio que la trasciende y con el que pretende conectar por mor del sentimiento. Así es como el nacimiento, la juventud, la adultez, la senectud, la muerte o la maternidad se transforman en símbolo de algo que está por encima de ellos, la fuerza espiritual ciega o personal y amorosa que todo lo atraviesa y que logra llenar de sentido la existencia en el mundo presente.

El contenido de toda religión son las experiencias humanas y los deseos más profundos del corazón: la vida para siempre, la juventud que no se acaba, el fin de toda opresión y de todo dolor, la universal reconciliación de todos los seres, la presencia y ayuda amorosa de la madre a lo largo de la vida, etc. Las imágenes desiderativas y utópicas pueblan la fantasía religiosa: desde el país que mana leche y miel hasta el Reino en el que Dios «secará toda lágrima de los ojos, y la muerte ya no existirá, ni habrá más tristeza ni llanto ni dolor. Las cosas anteriores habrán desaparecido» (Ap. 21, 4).

Pero las imágenes religiosas no se quedan en un goce intimista de la fantasía, al contrario, se transforman en imágenes performativas, es decir, volcadas a la producción de un efecto afuera: inspiradoras de la acción, aglutinantes, formadoras de verdaderos estados de opinión intrínsecamente comunitarios y compartidos. La fe no es nunca individual; por eso, no parece tener sentido la hipótesis según la cual pudiera existir una religión que contara a un solo creyente entre sus estadísticas. Sin la comunidad, la religión se reduce a una pura fantasía esquizoide. Por eso, las creencias son, de suyo, generadoras de vínculos interpersonales. La religión une a sus creyentes entre sí al punto de sentirse hermanos entre ellos y de aceptar una cierta vida común.

Entre nosotros un dato es fundamental: el cristianismo, principalmente católico, se ha constituido como la religión históricamente dominante y ha sido formador del ethos social latinoamericano. En su historia, hecha de luces y sombras, el cristianismo latinoamericano ha forjado una marca cultural propia y ha dejado una huella importante en nuestra configuración cultural.

Pero a este cristianismo latinoamericano podrá, asimismo, criticársele, en clave marxista, su unión y concordia de intereses con las clases poderosas, su secular connivencia con el poder político, su prédica que pospone la justicia a un reino que solo se puede visitar tras la muerte, el ser un factor que provoca a menudo la resignación y aúpa el inmovilismo social, su rol como neutralizador de la energía revolucionaria en favor de un mundo mejor y la justificación histórica que ha prestado al dominio de una parte de la humanidad sobre otra. Ante esta herencia non sancta, ¿puede todavía la religión cristiana aportar elementos a una ética de la emancipación humana o se trata simplemente de una forma de ilusión llamada a extinguirse? ¿Puede nuestro cristianismo ayudar a reconfigurar los lazos de fraternidad en una sociedad cuyo desarrollo tendencial la empuja al individualismo?

De todas las religiones monoteístas, es en el cristianismo donde lo humano llega más lejos en lo divino. No solo porque Dios, de por sí, se exprese en las religiones del libro en términos iguales a los que nosotros usamos humanamente para expresar el amor, el enojo, o la compasión sino porque lo humano logra en el cristianismo capturar irremediablemente lo divino y reconducirlo al sí mismo de nuestra propia humanidad.

Sobre el altar de la iglesia cristiana la figura humana es exaltada: ora en la desnudez del Cristo, ora en la joven madre que lleva en brazos a su hijo, ora en alguna figura histórica del cristianismo, hombre o mujer, cuya virtud elevada retiene la memoria de la Iglesia. En Jesús mismo lo humano asalta lo divino y realiza la síntesis de lo humano y lo divino. Los Padres de la Iglesia siempre insistieron por ello que con la Encarnación no solo Dios se había hecho hombre, sino que el hombre debía también hacerse Dios: «sois dioses» (Jn 10, 34).

Desde entonces, pues, aquel al que nadie puede ver sin morir y que no contienen los cielos de los cielos juega indefenso en el regazo de una muchacha. Un nuevo sentimiento de importancia recubre pues lo humano: no se es más un gusano mortal ante el dios dinástico, sino que se adquiere estatus de hijo. En otras palabras, el gran paso del cristianismo, su mayor atrevimiento fue convertir a Dios en un flaco barbado de treinta y tantos años. Esta reconducción del misterio divino a la humanidad, al valorizar la vida humana, a pesar de todas las mistificaciones ideológicas a que haya podido ser sometida, ha acompañado las luchas de los cristianos por la dignidad.

Junto a teologías que hacen del ser humano un enclenque incapaz del bien por su condición de pecador, la conciencia profunda de la propia valía nunca ha dejado de estar presente en la conciencia cristiana. Aquí los dioses han dejado de representar el poder imperial del faraón, lo divino ha dejado de encarnar la voluntad del César y se ha pasado del lado de los pequeños y desposeídos. Desde el relato del Éxodo, Dios ha decidido tomar partido por el esclavo en contra del interés del señor, ha decidido colmar de bienes al hambriento y despedir vacío al rico. El cristianismo es, desde el principio, como dice Ernst Bloch, una ideología del oprimido.

Entre la proclamación gozosa del «mira, yo hago nuevas todas las cosas» y el puño izquierdo alzado existe identidad de objetivos y pueden y deben coadyuvar juntos en la tarea de construir el Reino de la libertad. El cristianismo cree que la forma de este mundo ha de pasar para dar paso a una cualitativamente mejor. Hay ciertamente un cristianismo reaccionario que se desentiende de esa tarea, al considerarla imposible de ser realizada en la tierra. Pero otros cristianismos han sabido mantener viva la llama de la búsqueda decidida de una mejora del mundo. Hoy, esos cristianos están dispersos entre las bancas de sus iglesias, pero son lo mejor que tendrá para ofrecer su fe al mundo: son la gente de buena voluntad. Para ellos, unas felices Pascuas.

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