Por Jhonny Zeta

Ilustración: Jhonny Zeta
Desechables, gamínes, mendigos, vagabundos, locos, mugrosos, habitantes de calle. Son apelativos con y sin eufemismo, atribuidos a quienes desde sus libertades, necesidades, miedos y trastornos se ven buscando sueños de cartón para vender, para comprar otro vuelo o para armar el cambuche.
Parcos o delirantes, con piel de oso o semidesnudos, transitan por las calles de la ciudad primaveral, ofician como pescadores auténticos de la oportunidad que ofrece un bote de basura, una acera, una fogata o un restaurante. Le hacen frente a la amenaza; hacen caso omiso al insulto. El temor y el asco son su escudo frente a los ciudadanos y ciudadanas que se nombran como decentes.
En octubre del año pasado los periódicos locales y nacionales parecían ponerse de acuerdo para anunciar que de los 3.214 habitantes de calle que el DANE había censado en el 2019 se había pasado al estimativo de más de 8.000 personas. En estas noticias la palabra “personas” no era la más sonada. En cambio, sí se resaltaba con negrilla los reclamos de concejales de buena familia, con pantallazo de sus trinos, acusando a la administración de turno por su incapacidad para resolver el asunto. Resolver, solucionar o tramitar, hacen parte de las fórmulas paliativas a las que remite la demagogia política y los medios de comunicación frente a una problemática que es una verdadera telaraña de aristas que se bifurcan, se tuercen o llegan a puntos ciegos como las calles de Medellín.
Por su parte, las administraciones salientes y las entrantes centran sus esfuerzos, sobre todo los discursivos, en señalar que están activos los Centro Día y las Granjas de desintoxicación y resocialización para la atención básica: alimentación, aseo, alojamiento, recreación y atención psicosocial. El asunto estriba en que sus estadísticas de atención no llegan a cubrir ni la cuarta parte de la población que vive del rebusque, pidiendo limosna, con costal y cobija haciendo el sueño de acera o armando cambuches en parques, puentes y glorietas. Eso de tener cama y baño a la vista de todos es reprochable en el Distrito de la Innovación y la Tecnología, la misma ciudad con más habitantes de calle en todo el país.
Ante la preocupación por los malos olores, las basuras, la disminución de la percepción de seguridad (cómo no resaltarla), invasión del espacio público, daños en la infraestructura, consumo de sustancias ilícitas, las entidades reclaman mayor control por parte de las autoridades.
¿Quiénes son, cómo y por qué llegaron a la calle? Preguntas que pasan de agache.
El dignificar al ser humano lleva a pensar en su bienestar. Nadie nace para decir: voy a ser habitante de calle, existen antecedentes que inducen a cualquier persona para llegar a esa condición, incluso abogados, ingenieros y doctores graduados. Desde el punto de vista médico y psicológico la principal razón es el policonsumo de sustancias psicoactivas, la otra son las ludopatías, la tercera que tiene que ver con situaciones particulares que le hacen perder el sentido por la vida, algunos ejemplos son la muerte de un ser querido, los maltratos, abusos y violaciones sufridas, derivando en depresión, ansiedad y otras patologías severas también asociadas a no buscar o a no encontrar atención y tratamiento.
Los funcionarios de la Secretaría de Bienestar Social reconocen la complejidad para la atención de personas en situación de calle que vienen de otros municipios y ciudades o que son extranjeros, debido a que esta población ha crecido en los últimos años de manera exponencial. Plantean que la ciudad es atractiva por el clima, si se compara con otras ciudades, porque pueden dormir casi en cualquier lugar; además que las costumbres hacen que los ciudadanos sean solidarios en dinero o especies, esto incide en tener con qué comprar y consumir sustancias ilícitas.
Cuando presentan problemas de salud física o mental graves es difícil brindarles la atención en centros médicos y acceder a ciertos servicios como albergues de necesidades especiales. Otro problema se presenta porque muchas personas en esta condición no hacen uso de los servicios para el auto cuidado, la alimentación y el aseo personal que ofrecen los Centro Día; la razón es que pueden tener deudas con otros habitantes por consumo, porque quieren evitar problemas, o porque consideran que la calle les da todo lo necesario.
La voz de los excluidos
Sumado a otros grupos poblacionales, los llamados “desechables” hacen parte de este escenario compartido por las apariencias y las ambiciones cizañeras, saben que los ciudadanos que se consideran decentes miran la necesidad con cara de escusa y sospecha. Desde la mendicidad también se sabe leer el gesto, emitir la palabra oportuna y certera, mostrar empatía, ocultar y exhibir sus intenciones con ingenio: hoy por mí y mañana también, usted me da y diosito le paga, que lo que usted me pueda ofrecer nunca le falte, todos vamos para el mismo lugar, ¿o es que a los gusanos les importa si usted se bañaba diariamente y tenía mucha plata?
Están y seguirán estando para recordarnos lo inequitativa que es la sociedad. Gravitando en el aire de la necesidad queda también la pregunta por las maneras como los combos controlan los territorios donde hacen presencia las personas habitantes de calle, es decir, casi toda la ciudad; cómo las mafias explotan y se lucran del consumo, un negocio siempre rentable, capaz de corromper las esferas institucionales y judiciales. Entonces sí podremos reconocer los males comunes que nos tienen rezando y pecando como buenos ciudadanos.
La ciudad no parece disminuir los niveles de discriminación, uno de los enfoques principales del Decreto 1285 de 2022, de la Política Pública Social para Habitantes de Calle en el marco de la Ley 1641 de 2013, esa que seguramente habrán leído unos cuantos.
Abono: en marzo de 1993 se publicó El contrasueño. Historias de la vida desechable, del periodista y escritor Carlos Sánchez Ocampo, libro de buen pulso y sensibilidad, periodismo de a pie, que hace una inmersión y les da voz y dignidad a los contrabandistas de su propia pobreza, que viven del árbol del milagro diario.
