“Se necesita gente con deseos de progresar”

se necesita gente con deseos de progresar 3
Foto: Pequeño Teatro

Por Darío González Arbeláez

Del 1 al 18 de febrero de 2017 estuvo en temporada en el Pequeño Teatro de Medellín ‘Se necesita gente con deseos de progresar’. Se trata de una comedia satírica que muestra, sin diagnóstico ni ideología, la lamentable y desesperanzadora condición del desempleo en nuestro país. Dicha obra, escrita en 1994 por el colombiano José Domingo Garzón, fue montada en 2010 por el elenco del Pequeño Teatro bajo la dirección de Albeiro Pérez.

En escena, seis sillas, y en medio una mesita con revistas; atrás cinco biombos que representan las paredes de una habitación y que contienen una puerta; los cinco biombos,
incluyendo la puerta, están tapizados con avisos clasificados de periódicos, entre los cuales sobresalen algunos subrayados con gruesos círculos rojos acompañados de grandes ‘OJO’, también rojos. La simpleza y modestia de la escenografía recuerda las grises, paupérrimas y desconfiables oficinas de ‘empleos’ ubicadas en pisos alquilados de algún viejo edificio del centro de la ciudad –las mismas en que suelencobrarles a los interesados por la recepción de su hoja de vida–.

En una de las seis sillas dispuestas horizontalmente, semejando una permanente sala de espera, está sentado un viejo con traje y quepis de celador, que lee la prensa aguardando la
llamada para la entrevista. Independientemente de su edad, es un hombre con muchos deseos de ‘progresar’, que ‘se le mide a todo y que de todo sabe hacer’.

Los demás interesados en ‘progresar’, en trabajar, salen de entre el público: el lector, la hipocondríaca, la manicurista, la decoradora de interiores, el profesor de colegio, evidenciando así que el drama que se representará no es propiedad exclusiva de los infortunados y de los pobres de espíritu. De entre el público, también sale el hombre de la oficina, que entra zapateando cual si fuera el dueño del teatro.

Luego de ocupar sus lugares en aquella “sala de espera sin esperanza” y de ver pasar con arrogancia, por en medio de todos, al hombre de la oficina, se sientan en silencio en las sillas. La interacción de los personajes se resume exclusivamente en pocas miradas y muchos gestos de desconfianza, que explicitan el notable impacto de la cultura del progreso, de la competencia, pero, sobre todo, que evidencian la necesidad y el desespero de cada uno de estos personajes por conseguir un trabajo.

Todos quieren sobresalir, hacerse notar, mostrar que son los indicados. En el escenario solo se observa una falsa interacción entre ellos, la cual resulta más onírica que real, pues cada uno desde su asiento, desde su desconfianza, entabla relaciones imaginarias con los demás: el lector y la decoradora, la hipocondríaca y el profesor, el viejo y la manicurista.

Y en ese orden onírico, imaginario, cada uno de ellos, a manera de monólogo, va expresando sus ventajas sobre los demás: la manicurista se considera ‘excelente’ con las relaciones sociales; la decoradora ‘superior’ por su dominio del inglés; la hipocondríaca por su experiencia como mecanógrafa; el maestro por su saber gramatical y, el lector, bueno, porque necesita trabajar. Ese orden de elucubraciones y monólogos gestado en la espera desconfiada de cada uno, y que se desvanece abruptamente cada vez que el hombre de la oficina entra o sale intempestivo, envestido de soberbia, sin pronunciar palabra ni dirigir miradas; ese simple orden, determina el ritmo de toda la obra.

Más allá de las divertidas y sensuales elucubraciones de los personajes, la obra no es más que una extenuante espera. Nada más que un esperar sin esperanza de seis necesitados que se evitan, que se comparan, que se desean, que no cruzan más de dos palabras, pero que comparten una sala y un mismo destino. Y aunque provoca la risa, no lo hace por el desempleo, sino por aquello en lo que nos hemos convertido; por aquello que hizo de nosotros la necesidad y los discursos del progreso, la competencia y el emprendimiento: una serie de mónadas desconfiadas que se suponen únicas y que solo esperan su turno sentadas en una oficina.

De este modo, ‘Se necesita gente con deseos de progresar’ termina provocando la misma sensación apabullante que incita ‘Esperando a Godot’, a saber: el sinsentido de esperar lo que nunca llegará pero que igual hay que esperar. La misma sensación apabullante que, supongo, deben experimentar los tres millones de colombianos que hoy en día buscan un empleo de oficina en oficina, de periódico en periódico; los mismos que van a donde les indica cualquier volante o cualquier vecino, y que desconcertados se preguntan cuál es el lugar que ocupan en el 11,7 % de desempleados que registran los medios de comunicación.

A estos tres millones, sospecho, diariamente les debe ocurrir como a los seis desesperados de ‘Se necesita gente con deseos de progresar’, que después de esperar durante varias horas la llamada, la entrevista, ¡el trabajo!, lo único que reciben es un ‘vuelva mañana’, colgado al lado de la puerta, entre los avisos clasificados subrayados con gruesos círculos rojos acompañados de grandes ‘OJO’, también rojos.

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