El Caney

el caney
Ilustración tomada de: http://www.eldientedeltiempo.org

Por John Freddy Caicedo-Álvarez

Desde que la calle tiene memoria, el viejo vende tranquilo lo que desde siempre ha vendido. El andén y el semáforo son de él y otras tantas personas, que igual viven del rebusque, ese negocio incierto que depende tanto de los caprichos del mercado como del afecto construido con el barrio.

En esas va el mundo cotidiano. De pronto, sin más y de la nada, llegan a cobrar.

Hay que pagar de inmediato. No tengo, dice, pero en la tarde o en la noche le paso su dinero. ¡Que no! La plata para ya. Les voy a pagar, pero necesito el día para conseguirla, les aseguro que más tarde tienen el dinero.

Un empujón y un tipo en moto y otro en un carro pequeño. Más empujones y más refriega. Que al final del día les pago. Que nos pagás ahora.

Una camioneta pasa despacio. Alguien baja y se acerca. Con el brazo pesado y el cuerpo como un roble, rodea en un abrazo el cuello del viejo. ¿Qué pasa mi viejo? Les debo una plata, en la noche puedo pagar, pero no, quieren sus pesos sin plazo y, pues, yo no los tengo.

¿Cuánto les debe viejo? Sesenta mil pesos. ¡Sesenta mil pesos! ¿Por hijueputas sesenta mil pesos empujan e insultan al viejo?

Hay silencio, los patanes parecen ovejos. Va una mano al bolsillo y al instante cien mil pesos caen arrojados al piso. ¡Recogelos! Nada pasa. ¡Qué los recojás!, ¿o te los hago recoger? El bandido atiende, más atento de la pistola que alarga la mano que de las palabras. Recoge los billetes con temblor y cuidado atento del arma.

¿Les debe algo más viejo? No, nada más. ¿Seguro viejo? Si mijo, nada más. Entonces, se van de aquí hijueputas. No les pidás plata a esos, decime cuando te haga falta y me pagás como podás.

La camioneta, el arma y el dueño retoman lentamente su camino, doblan la esquina y desaparecen de la vista.

El viejo, la calle, el andén y todos quedan en suspenso.

El viejo se sienta y deja caer el cuerpo. No llore viejo. Pero él, a la sombra de sus amistades de rebusque, levanta apenas la cabeza y entre la desdicha y el nudo en la garganta, sonríe entre lágrimas.

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