Sobre Bajo la lluvia ajena de Juan Gelman
Por Andrés Esteban Acosta

Casi cincuenta años antes, bajo otra forma de la derrota, un tango era capaz de contener la lejanía que ansía la totalidad de la patria. Totalidad imperfecta, valga la extralimitación: idealización de lo que es el todo al que se quiere retornar, sabiendo que el origen no se compone de bondades e informes del contento, que también se compone de tristezas y descomposiciones del cariño, razones -algunas- para estar en el otromundo del afecto, en la distancia que ofrece la salvación como forma de ver el corte violento de la historia propia.
El tango es Anclao en París (1931) y su autor, Enrique Cadícamo, piensa siempre en la patria como único motivo del recuerdo, sopesando el riesgo del no retorno, la urgencia cultivada para morir sin el premio de pegar las partes de la historia y ser, de nuevo, peregrino de un cielo familiar:
¡No sabes las ganas que tengo de verte!
Aquí estoy varado, sin plata y sin fe…
¡Quién sabe una noche me encane la muerte
y, chau Buenos Aires, no te vuelva a ver!
Pero el verso que une los tiempos y que hace que las poéticas obedezcan a un mismo principio de enunciación es la referencia a la intensidad con la que la lejanía de la patria penetra en el cuerpo:
yo siento que el recuerdo me clava su puñal.
En 1980, cuatro años luego del inicio de la dictadura militar en Argentina, el poeta Juan Gelman (1930-2014), también desde otro cielo, se refiere a la lejanía como exilio: de nuevo el puñal, esta vez con otra violencia, con otro sometimiento de la ilusión del mundo otro-nuevo, sellando con herida incurable el ideal de los corazones preparados para la utopía.
Bajo la lluvia ajena (notas al pie de una derrota) (1980)es el libro que muestra los pedazos del exilio: veintiséis anotaciones donde no se renuncia a la vida, porque la poesía muerde las carnes de un mundo deshonroso, muestra la rasgadura que por la palabra se torna en realidad compartida, necesaria forma -en estos casos- de esquivar los dominios del silencio.
Cada una de las entradas son notas como bien pueden ser los pensamientos que persiguen al exiliado, inundaciones de partecitas del ser desperdigadas por la nueva tierra, que no es la tierra de las promesas, sino el amparo pasajero donde las nostalgias respiran. Más que la nada, la tarea de Gelman es la verdad, los muchos asuntos por anotar que invaden a quien ni huye ni puede darse a la realización del clamor del regreso.
La otredad palpable de estar arrancado del rostro del hijo, de los rostros de los amigos, de la visión melancólica de las calles, sin la oportunidad de defenderse desde la tierra parida, es toda la realidad que Gelman lleva con palabras. No miente. No reconstituye lo que es o lo pule en procura de los fines del decir. Lo que es ocurre terrible, tal y como el poeta lo dice:
¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron.
Gelman escribe desde Roma su memorial del exilio, uno más de esta época de su poesía entregada al dolor entrañable. Destierro que no olvida, porque en cada fragmento del recuerdo crece la tierra como hogar amado; epicentro de los espasmos del alma -si por alma decimos hondura de vivir-, o retoma de los territorios donde el eco de la infancia vuelve como canciones del siempre, cantadas para recordar el camino al hogar.
Estar varado o desterrado consiste en igual soledad para quien dice su exilio; varado en un camino distinto del hilo de la lucha, ya que se lucha por la sobrevivencia de los aliados en la vida, es decir, por quienes afirmamos que es posible el amor.
El mundo está al otro lado, a miles de kilómetros. La mirada busca ese cielo, superpuesto al cielo ajeno, como una obligación de los ojos para resistir: ver lo que siempre debemos ver:
No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
[…]
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
¿A dónde volver? Al origen de la pérdida. ¿Desde dónde rogar por la tierra propia? Desde la ajenidad, amor otro que también crece, que está siempre al borde y que no puede cruzar y mezclarse con la memoria. ¿Qué dice la poesía? Lo propio desde lo ajeno, encarecidamente lo propio.
Las anotaciones desde Roma de Gelman no se embelesan con el exilio. Afirmarlo es el deber, pero la necesidad real es un deseo de superación del exilio mismo, es el verdadero móvil en las palabras: no permanecer en la pena sin memoria, o no sin la obligación de saber lo que pasó. Sus razones y su realidad son un error, la equivocación del mundo incapaz de una realidad de la dignidad.
En la poesía Gelman afirma una posición, como el cuerpo frente al desastre, así las palabras contienen el no rotundo a la muerte, sin ocultar lo que a su alrededor crece, sin fantasmas del buen decir. Las palabras contienen la misma altura que la verdad exige.
En otromundo, la poesía comparte la lucha de la realidad, también porque esta es su materia, dependen, como la tierra que se pisa y la vida que se defiende:
Amo esta tierra ajena por lo que me da, por lo que no me da.
Porque mi tierra es única. No es la mejor, es única. Y los ajenos la respetan sin querer, siendo ellos, siendo de otra manera, bellos de otra manera.
En sus bellezas me conmuevo. Nada tengo que ver con su manera de llegar a la belleza.
Esto es hermoso: dándome su belleza, me dan también la ajenidad de la belleza. La injusticia, el dolor, el sufrimiento, se interponen casi siempre.
Salú belleza. Somos pedazos de viaje universal, diferentes, contrarios, las mismas olas nos arrastran.
[…]
Como el tango, todo el recuerdo vuelve en dolor el ansia. Asimismo, por el dolor, la poesía nombra las responsabilidades de existir, incluso mirando otro cielo, habitando otromundo.
