Masacre sin fin en Palestina (1967-2017) La “Guerra de los seis días” y la industria del Holocausto

Israeli ground operation in Gaza
Foto tomada de http://www.questiondigital.com

RENAN VEGA CANTOR

El 5 de junio de 1967, Israel, sin declaración previa y sin ninguna causa bélica en el horizonte, comenzó una guerra de agresión contra sus vecinos árabes mediante el bombardeo de la fuerza aérea de Egipto, que en menos de una semana lo llevó a apoderarse de los territorios de Gaza, Cisjordania, Jerusalén, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Al cabo de 130 horas, la guerra había terminado, con un aplastante triunfo para el estado sionista.

Esta guerra de conquista ha sido catastrófica para el pueblo palestino, cuyos nefastos resultados se proyectan hasta el presente: 400.000 expulsados en junio de 1967, que nunca pudieron regresar a su patria; ocupación de los territorios y apropiación de sus recursos hídricos; asesinato, tortura y encarcelamiento de miles de niños y hombres; configuración del campo de concentración más grande del mundo, en Gaza y Cisjordania, donde millones de seres humanos soportan la opresión y explotación de los ocupantes.

Para justificar esa guerra de ocupación colonial, el lobby israelí construyó el mito del Holocausto, un asunto poco nombrado a la hora de rememorar la criminal guerra de agresión de los seis días. Que el Holocausto se haya impuesto como un hecho único en la memoria del mundo se ha debido a una orquestada acción del lobby judío de los Estados Unidos. La palabra holocausto que proviene del griego (holo: “todo”, y caustos: “quemado”), empezó a usarse con mayúsculas después de 1967, el año de la Guerra de los Seis Días, cuando el Estado de Israel ocupó a sangre y fuego los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania.

Debe dejarse en claro que no estamos negando la masacre de judíos en Alemania y en otros sitios de Europa después del ascenso de Hitler al poder en 1933. Se señala que, en virtud de los resultados geopolíticos de la Guerra de los Seis Días, un genocidio fue transformado en el Holocausto, para conferirle un halo “sagrado” y misterioso, y pasó a ser catalogado como la peor acción criminal de la historia, dejando de lado genocidios similares o peores, como el de los armenios por los turcos (1915-1916), congoleses a manos de los belgas (1890-1910), o los millones de indígenas y negros que fueron exterminados durante la conquista europea de América.

Antes de 1967, en Estados Unidos no se utilizaba el término Holocausto, por las alianzas de la Guerra Fría, donde Alemania desempeñaba un papel importante. En Estados Unidos nadie estaba interesado en denunciar los crímenes de los alemanes contra los judíos, porque se trataba de mantener los nexos con los responsables de ese genocidio. Esta actitud cambió tras la guerra de junio de 1967, cuando Estados Unidos, impresionado por la victoria de Israel, lo convirtió en su aliado estratégico en el Oriente Medio. Emergió el uso mediático del Holocausto, hasta que se transformó en una industria, para justificar la política criminal del Estado de Israel y respaldar su alianza con el imperialismo estadounidense.

El Holocausto opera como una excusa para deslegitimar cualquier crítica al Estado de Israel. Quienes sienten en carne propia el impacto del Holocausto son los palestinos, puesto que los sionistas se valen de la persecución nazi para ocultar los crímenes de Israel.

Como en cualquier industria, la del Holocausto necesita producir a diario para mantener su rentabilidad. Todos los días se estrenan películas, series de televisión, programas de radio, se publican libros, revistas y propaganda alusivos al hecho. En los Estados Unidos, el Holocausto es más nombrado que el ataque de Pearl Harbor o el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima o Nagasaki y en sus universidades se dictan cátedras obligatorias sobre el tema.

En Estados Unidos se han editado unos 10 mil libros sobre el asunto, la mayor parte de ellos verdaderas patrañas intelectuales, sin ningún rigor ni seriedad. A pesar de que han transcurrido 72 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no disminuyen los sobrevivientes del Holocausto, sino que aumentan sin cesar. Eso se explica porque, en una lógica vulgarmente económica, nuevos sobrevivientes son indispensables para presionar a Alemania y Suiza y obligarlos a pagar millonarias indemnizaciones a los representantes del lobby judío de los Estados Unidos.

El genocidio nazi es una especie de casino de Montecarlo, en el que los industriales del Holocausto amasan cuantiosas ganancias, como lo indica un dato: el Congreso Mundial Judío, con sede en los Estados Unidos, recibió hasta fines de la década de 1990 siete mil millones de dólares por indemnizaciones a víctimas del Holocausto. Como lo ha dicho Norman Finkelstein, “una parte importante de los sobrevivientes del Holocausto nunca ha visto ni un dólar de ese dinero, porque lo cobran las organizaciones judías que gestionan las reparaciones económicas ante los Estados europeos involucrados”.

Por esta razón, “muchos de sus dirigentes son verdaderos gánsteres y sinvergüenzas profesionales que deberían estar en la cárcel”, puesto que el exterminio en los campos de concentración “fue utilizado por los dirigentes israelíes en el último cuarto de siglo como instrumento para un chantaje moral y político, pero en tiempos más recientes también para el chantaje financiero”.

El Holocausto también es un arma ideológica de dominación porque el victimismo étnico de que hacen gala los partidarios del Estado de Israel, sirve para presentarlo ante la faz del mundo como una “mansa oveja” que sigue siendo víctimas de los “antisemitas”, empezando por los palestinos. Se invierte la historia y los palestinos –torturados, masacrados y perseguidos por el Estado de Israel desde 1948– aparecen como los agresores de los “pacíficos” sionistas.

Al elevar el Holocausto al nivel de crimen único se niegan y ocultan otros genocidios, de antes y de ahora, como si el resto de la humanidad doliente no tuviera derecho a que sus sufrimientos fueran dignos de consideración. Como bien lo dice Norman Finkelstein: “A la vista de los sufrimientos de los afroamericanos, los vietnamitas y los palestinos, el credo de mi madre siempre fue: ‘Todos somos víctimas del Holocausto’”.

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