En el país del sagrado corazón

pais sagrado corazon

Por Emiro Pedraza

Alfredo Iriarte, con humor finísimo, plasmó en su obra una de las imágenes mejor logradas de la clase gobernante de los países de América Latina (en dictaduras, aunque la diferencia no es mucha). Solo en el título de su libro el lector puede ya imaginarse lo que va a encontrar: Bestiario Tropical. Es curioso que en este texto el escritor bogotano no haya reparado en ninguna figura del bestiario colombiano, prolífico en ejemplares exóticos. Ahora el zoológico se sacude con la llegada de algunas nobles especies, como el Secretario de Seguridad de Medellín, que ha caído preso por sus vínculos supuestos con la Oficina de Envigado, una estructura mafiosa y paramilitar. O el fiscal anticorrupción, que también ha dado con su cuerpo en la cárcel, por corrupción.

Las aparentes exageraciones de la vida en Macondo que describe García Márquez en Cien años de soledad, parecen cortas como retrato de lo que ha llegado a ser la realidad colombiana. Ya era suficientemente desconcertante que una mayoría de citadinos votara, en el plebiscito del año pasado, contra los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC que buscaban el fin de más de cincuenta años de guerra en territorios rurales. Pero lo más indignante acaso sea que los políticos que se oponen de manera vehemente y pasional al proceso de paz con las FARC, alegando las concesiones exageradas del Estado, le hubieran ofrecido lo mismo y mucho más a los grupos paramilitares para su desmovilización.

Y la voz cantante de toda esa campaña contra la paz y su ardor por la guerra es una persona bien particular. Con sus acusaciones temerarias, que vocifera en los medios masivos de comunicación, le ha colgado la lápida a más de uno. Por ejemplo, al abogado y defensor de derechos humanos de Antioquia, Jesús María Valle, que advirtió de las inminentes masacres que realizarían los paramilitares en las veredas El Aro y La Granja de Ituango, al norte de Antioquia, cuando dicho personaje era gobernador del departamento.

En otros casos ha justificado las masacres, cuando la alta dignidad de su cargo, presidente de la República, le exigía la máxima condena y presión por las investigaciones. Así fue, por ejemplo, ante la masacre cometida por paramilitares en alianza con militares del batallón Voltígeros de Urabá, en San José de Apartadó, donde murieron varios líderes y dos niños, uno de dos años y otra de seis meses, picados a machete por los asesinos. El presidente se limitó a decir ante los medios, con una desfachatez aterradora, que si habían matado a aquellas personas, por alguna cosa sería.

El hombre ha podido darse el lujo de señalar a diestra y siniestra a quienes le resultan incómodos, sin importarle su indefensión y la sevicia mostrada por los asesinos, pues él cuenta con un enorme esquema de seguridad que día a día desangra las finanzas del país.

Hasta hace poco, dicho esquema estaba constituido exactamente por 357 personas, 14 camionetas blindadas, más 35 vehículos, 20 motos de alto cilindraje, dos cuatrimotos, 37 fusiles de largo alcance, 177 pistolas semiautomáticas, 45 chalecos antibalas, 93 radios de comunicación y 58 teléfonos del operador Avantel. Todo ello le costaba al país aproximadamente 19 mil millones de pesos al año. Según una información reciente de RCN, el esquema ha sido reducido a 65 hombres y 12 camionetas blindadas, con un costo de 4.116 millones de pesos. Como diría cualquier pobre del campo, eso sigue siendo mucha plata.

Hoy su hermano está en la cárcel por conformación de grupos paramilitares en esa región de Antioquia y por concierto para delinquir. El grupo autodenominado “Los Doce Apóstoles”, que, según la Fiscalía, él conformó y dirigía, tenía vínculos especiales con oficiales de alto rango de la fuerza pública y gozaba de información oficial que le servía para la comisión de sus fechorías. Todo ello durante el tiempo en que el susodicho fue gobernador de la provincia.

Y lo más probable es que esto en nada afecte la dignidad del expresidente, excepto su irritabilidad. Eso ya ha pasado en otro tiempo. Al finalizar su gobierno, muchos de sus funcionarios estaban en la cárcel o eran investigados por corrupción, vínculos con paramilitares, cohecho y muchos otros delitos. Lo curioso es que frente a este asunto nunca se ha ruborizado, como no lo hace tampoco el alcalde de Medellín, responsable del nombramiento del Secretario de Seguridad. Todo lo contrario, mientras estuvo en la presidencia blindó a sus funcionarios investigados nombrándolos de embajadores o cónsules en el extranjero. Y cuando la mayoría de congresistas de su bancada resultó investigada por parapolítica se limitó a pedirles que votaran sus proyectos antes de ir a la cárcel.

Nada de eso ha afectado su imagen pública; al contrario, sigue aclamado por una multitud de indolentes seducidos por su espíritu incendiario y guerrero. Y es que en Colombia, país del ‘sagrado corazón de Jesús’, al parecer, ser criminal paga. Advertía el periodista Antonio Caballero: “Ahora vemos que en escándalos de corrupción de diversa índole están hundidos desde los más rasos hasta los más conspicuos representantes de los tres poderes del Estado. Del Ejecutivo, los últimos candidatos presidenciales (incluido el actual presidente de la república), varios ministros y muchos exministros, algunos presos, otros huidos, dos docenas de gobernadores, presos o huidos también, más de un centenar de alcaldes; y pasando a su brazo armado, varios generales del Ejército y de la Policía, para no hablar de soldados rasos ni de agentes de tránsito”.

Y si aparte de ser criminal eres de derecha y orientas tus crímenes contra los pobres y menesterosos, en favor de los poderosos, tienes asegurado un lugar en la historia de este país. Y no dentro de un Bestiario, sino en las revistas más prestigiosas, acaso como el Gran Colombiano. Por eso no es de extrañar que ahora el Vaticano en Roma esté estudiando seriamente, a instancias de la jerarquía eclesiástica y la clase política colombiana, la santificación de Monseñor Miguel Ángel Builes, cuya mayor contribución a este país fue la exhortación que hacía a sus feligreses en el púlpito, durante la época de la Violencia, para que salieran a matar liberales, pues, según él, “matar liberales no era pecado”, sino un servicio a Dios. Lo extraño, en cambio, es que en medio de este erial no haya una rebelión cada día, una asonada cada hora. Que todo este bestiario se haya naturalizado.

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