Nieve, frío extremo y calentamiento mundial

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Foto de la película “El Día despues de mañana”

Por Renán Vega Cantor

Desde finales de 2017 se empezó a vivir una oleada de frío en los Estados Unidos y Canadá, del que no se tenía precedentes en los últimos 80 años. El símbolo más emblemático de ese frío, que alcanzó temperaturas cercanas a los 40 grados bajo cero en algunos lugares, fue el congelamiento de las Cataratas del Niágara. Aparte de eso, la caída de la temperatura se sintió en lugares, comúnmente asociados a zonas tropicales, como Miami, en donde cayó nieve después de 27 años. Incluso, murieron de frío tiburones y otras especies marinas.

Como siempre sucede con estos cambios bruscos de temperaturas, hubo muertos y damnificados, pertenecientes a los sectores más pobres de la sociedad. Esa oleada de frío produjo una veintena de muertos solo en los Estados Unidos.

Estos cambios bruscos en el clima no sorprenden, si tenemos en cuenta los efectos que genera el calentamiento mundial en marcha. Lo llamativo del caso, por la crasa ignorancia que evidencia, fue la declaración del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cuando en su cuenta de twitter y con tono burlesco sostuvo: “En el este, podría ser la noche de Fin de Año más fría de las registradas. Quizás podríamos utilizar un poco de ese viejo calentamiento global por el que nuestro país, pero no otros, iba a pagar billones de dólares para combatir. ¡Abríguense!”

Trump, un campeón del negacionismo climático, es un ejemplo de la crasa ignorancia que caracteriza en general a los políticos de los Estados Unidos y del mundo entero, con notables excepciones desde luego. Esa ignorancia arrogante, ligada al poder del capital, en materia climática confunde varias cosas, aunque pareciera basarse en hechos evidentes. Que esté haciendo frío parecería contradecir la dura realidad del calentamiento mundial, pero no hay tal, por varias razones.

El trastorno climático que estamos viviendo es mundial, se presenta como promedio, medido con el aumento de temperatura, en todo el globo, con independencia de las fronteras nacionales, artificialmente construidas y que nada tienen que ver con los fenómenos cósmicos como el clima planetario. En ese sentido, se da el caso que a nivel local, en un lugar concreto, la temperatura baje y los inviernos sean más fríos. Eso no contradice el cambio climático en el mundo ni mucho menos.

Una cosa es el clima –producto de la sumatoria compleja de una serie de factores como temperatura, humedad, vientos, corrientes marinas…– y otra es el tiempo, entendido como la temperatura que se registra en un momento determinado en cierto lugar. Que ese tiempo sea frío, como ha sucedido en este invierno en Estados Unidos, no quiere decir que el clima necesariamente, para una zona amplia del planeta, tienda a ser más frío.

Que haya una oleada de frío no disminuye el impacto de las olas de calor en el resto del año y para el conjunto de la tierra. Porque al mismo tiempo que las iguanas se morían de frío en La Florida, al otro lado del mundo, en Sidney (Australia) la temperatura alcanzaba los 48 grados centígrados y el asfalto de las carreteras se derretía como un helado.

Para completar, la misma oleada de frío que llegó hasta Estados Unidos es la más clara demostración del cambio climático, puesto que el llamado “ciclón bomba”, se nutre de la diferencia de temperatura entre la tierra fría y las aguas cálidas, cada vez más cálidas, del Océano Atlántico. Eso se manifiesta en lluvias torrenciales, nieve en grandes cantidades, vientos huracanados, inundaciones devastadoras…

Y, por si faltara algo, el calentamiento global está descongelando en forma acelerada al polo norte, y ese deshielo origina una mayor cantidad de agua fría que llega a las costas de los Estados Unidos y produce fases de enfriamiento como la que se está viviendo en este invierno en el norte del continente americano.

El calentamiento mundial que está en marcha, como lo ratifica cualquier información medianamente seria, implica un cambio drástico del clima tal y como lo conocemos, que producirá climas extremos, incluyendo fríos insoportables, pero en general lo que se presenta es un aumento promedio de la temperatura mundial, y entre más elevado sea ese aumento más imprevisibles serán sus efectos. Con una temperatura adicional por encima de los dos grados estaremos fritos, y las estupideces de los políticos, como Trump, serán simplemente una anécdota sin sentido, propia del negacionismo más ordinario de los grandes capitalistas del mundo.

O, como lo ha dicho un estudioso del cambio climático, Mark Lynas en su libro Seis Grados (El futuro en un planeta más cálido): “Puesto que los políticos se habían negado a considerar el futuro, el futuro había hecho una visita a los políticos en su propio hogar”. En este caso, el invierno tormentoso de los Estados Unidos es un anticipo de un futuro de deshielo del ártico y Groenlandia que ya está aquí, se está acelerando mucho más allá de lo previsto, y antes se pronosticaba para el siglo XXII, pero está sucediendo ante nuestros ojos. Y ese deshielo es un producto directo del calentamiento mundial, aunque Trump no tenga idea de lo que está aconteciendo.

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