El profe

El profe
Ilustración: joão fazenda

Por Juan Guillermo Romero

 “Vida hijueputa”, dijo en voz baja. Su mujer lo había descubierto, una vez más, comiéndose la leche en polvo del bebé, dentro del baño. Como pudo, dejó de orinar, se acomodó la pantaloneta y en medio de un gran enojo, dobló la pierna derecha para limpiarse un par de gotas calientes que rodaban por el muslo.

Al salir, arrancó la cortina que separaba el baño del cuarto, pero nadie le reprochó nada. Saltó para no pisar a su pequeño nieto, quien dormía profundamente sobre una colchoneta, cubierto con una calurosa cobija del Atlético Nacional. Se paró con gran firmeza entre la cama y el viejo televisor donde su mujer y su hija veían un especial de animales salvajes; y con voz tambaleante dijo:

—Ya se lo había anticipado, Marina. Me voy.

—¿Pa’ dónde? Pa’l asilo —  le replicó ella, entre risas.

—Si ve, papá. Usted se llena de mocos y no es capaz de aceptar los regaños — agregó su hija, muy calmada.

Agarró la tula con los balones y los conos de entrenamiento y se dirigió a la puerta. Después de cerrarla, se metió en la boca el dedo índice de la mano derecha, para separar un pequeño tronco lechoso que aún colgaba de su paladar; luego, se limpió los ojos y respiró profundo. Lo había acabado de decidir: no ampliaría el rancho, mejor se iría para el mundial a gastarse el dinero lo más lejos posible de su esposa y de su hija.

Al entrar a la cancha, saludó a Pernicia -el mejor jugador del barrio en toda su historia-, quien acababa de llegar de Estados Unidos y aseguraba tener contactos con varios empresarios de fútbol en ese país. Su idea era venderle a Asprillita, un niño afro, proveniente de Arboletes, que llevaba tres meses entrenando con él.

“Estive, Estive, quítese esas orejeras”, le gritó muy enojado a un niño pelirrojo, antes de indicarles a todos que comenzaran a trotar a lo largo de la cancha. Como este no lo oyó, uno de sus compañeros le pegó una palmada en la cabeza, mientras otro gritaba su nombre, esta vez completo, con la ene al final. El chico por fin se quitó los audífonos de diadema, mientras él le comentaba a Pernicia que esos aparatos estaban acabando con el fútbol.

—Muchas tanguitas en el computador, muchas foticos en el celular y ¿el futbolista solo necesita…? —dijo en voz alta, mientras miraba su reloj con ansiedad.

—Comida y sueño. —le respondieron varios niños en coro, mientras trotaban a su lado.

Unos segundos después, les preguntó a todos si alguien sabía de Asprillita.  El chico de los audífonos le contestó:

—Profe, él me dijo que no iba a volver, porque usted lo regañaba hasta cuando metía gol.

—Es que al jugador que empieza no se le puede aplaudir nada, sino se daña. — le replicó a gran volumen, antes de agregar con una calma a todas luces impostada—: muchachos, tienen que aprender a aceptar los regaños, sin llenarse de mocos.

 

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