Un policía enamorado

Se enamoró de mí el policia
Ilustración: Guillermo Figueroa

Por Rubén Darío Zapata

Llegué con tanta rabia a la casa, que lo que quise fue arrancar de una vez para la Casa de Justicia de El Bosque. Pero la niña se me colgó del cuello y empezó a llorar.

–Papi, papi –me suplicaba–. No vaya por allá que de pronto le pasa alguna cosa.

Estaba traumatizada después de lo que vio, y desde entonces cada que ve a un policía o escucha una patrulla entra en pánico. Cuando la llevo a la escuela por la mañana, se pone a llorar cuando me devuelvo pensando que me pueden hacer algo en el camino.

¿Qué como fue eso? Pues horrible. Imagínese que no eran ni las cinco y media de la tarde, viernes 21 de septiembre. Yo salí a recoger unos panes en Santa Mónica y me llevé a la niña. No había bajado ni una cuadra, cuando me pararon dos policías que tenían su moto detrás de un carro, como escondida, al frente de la cancha. Yo paré sin ningún recelo, pues llevaba todo en regla: la matrícula de la moto, el soat y la tecnomecánica, aunque nada de eso me pidieron. Además, no tenía por qué asustarme. En este barrio, Las Independencias I, de la comuna 13 (Medellín), todos me conocen y saben que soy serio. Tengo con mi señora un café al pie de las escaleras eléctricas donde, gracias a Dios, me va bien, sobre todo con los turistas. A mis 31 años, muchos de los cuales he vivido en el barrio, nunca he tenido problemas con los vecinos, ni con las bandas ni con la policía. Pero como usted bien sabe, siempre hay una primera vez.

Uno de ellos me requisó y me exigió vaciar mis bolsillos. Entonces me saqué las lleves y los dos celulares y se los entregué. Después me pidió la cédula y cuando creí que iba a marcar desde su celular para pedir antecedentes lo que hizo fue tomarle fotos al documento.

–Mi patrullero –pregunté yo sorprendido– ¿para qué le tiene que tomar fotos a mi cédula? Eso lo hacen por aquí los pillos.

Claro que yo estaba preocupado. Es que imagínese usted todo lo que pueden hacer con su cédula. No es sino que mire las noticias para que se dé cuenta. Entonces lo que yo hice fue pedirle al patrullero que se identificara también, pues si era funcionario público su identidad debería estar visible. Y por eso se me rebotó.

–Sabe qué –me dijo–, yo no me voy a identificar. O si le molesta tanto, dígale al alcalde que nos mande quitar a todos el chaleco.

Cuando insistí en lo de la cédula, el patrullero se volvió iracundo y me agarró por el cuello como si fuera a pegarme y me arrastró. En ese momento la niña empezó a gritar y la gente se agolpó al lado y le decían que no hiciera eso, que respetara al menos que iba con una menor de edad. En respuesta, los dos patrulleros llamaron refuerzos. En un momento llegó una patrulla y se bajaron de ella cuatro policías más que intentaron esposarme para subirme al carro.

– ¿Pero por qué me van a esposar si yo no les estoy haciendo nada?

Yo lo que quería era ganar tiempo mientras buscaba a la niña con los ojos. Dejar la moto en mitad de calle no me preocupaba mucho, pero dejar así a la niña, sí. Por fortuna resultó bien avispada y apenas empezó el problema salió corriendo a llamar a la mamá; cuando aparecieron las dos me tranquilicé y subí a la patrulla. Me llevaron hasta el CAI de San Michel, y mi esposa se fue detrás con la niña, en un taxi.

–Hágale un comparendo por irrespeto a la autoridad –sugirió precipitadamente el que parecía de mayor rango. Y se fue sin escucharme siquiera.

Yo pedí leerlo antes de firmarlo, y cuando lo leí me indigné: todo lo que decía eran embustes: que me había negado a la requisa y los había acusado de ser bandidos.

–Mi patrullero –dije– ¿Usted por qué altera los hechos?

–Ah, ¿no va a firmar? –dijo de manera altanera–. Entonces le hago otro comparendo por desacato. Y si no le gusta –remató–, pues le va a tocar irse del barrio.

Como tampoco quise firmar, su compañero le sugirió que me hicieran una anotación negativa en el libro. Y, aunque no les dije nada, me quedé cerquita para escuchar de qué se trataba. La dicha notación pretendía que yo no quise parar cuando me lo pidieron y, además, no llevaba casco. Y que como, supuestamente no tenía cédula, me llevaron al CAI para verificar la huella dactilar. Nada de eso es cierto. Yo tengo el video tomado por los vecinos donde el patrullero me está agarrando del cuello y yo llevo el casco en la mano. También tengo una foto del patrullero con mi cédula en la mano, tomándole una foto con su celular. Pero la verdad de los hechos allí ya no importaba.

–Firme aquí la salida –me dijo–, extendiéndome el documento. Entonces yo exigí de nuevo leer antes lo que supuestamente iba a firmar; tampoco quisieron y más bien me dejaron salir sin firmar nada, pero con los comparendos pendientes. Por eso tenía urgencia de ir a la Casa de Justicia para ver qué podía hacer. Pero la niña no me dejó. Igual cuando fui no pasó nada, porque allí lo único que dijeron era que debía pagar (más de un millón de pesos) y que si pagaba antes de cinco días me lo rebajaban a la mitad.

–Pero yo lo que quiero es solicitar audiencia –les dije–, porque no estoy de acuerdo con esos comparendos.

–Eso ya tiene que ser con el inspector.

Al final, en la inspección, me programaron la audiencia para febrero del otro año. Entre tanto, no puedo salir del país ni contratar con el Estado. Eso no me importa, pues yo lo que necesito es que al menos me escuchen en audiencia y este maltrato del policía no se quede impune. Y es que estos abusos de autoridad cada vez son más comunes; hace poco vimos en las noticias a un policía que agarró su fusil y empezó a disparar después de una riña, y a los policías que le dieron una paliza a un taxista en Bogotá. Lo grave aquí es que en la Comuna Trece los combos se están dando plomo y este año van más de 50 muertos, casi todos ajenos al conflicto. Se supone que la Policía aquí está es para brindar confianza y seguridad a la gente.

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