Editorial No 35: Que la educación sea para una vida mejor

Paintbrush Warrior - Mark-Henson
“Paintbrush Warrior” – Mark-Henson

Lo que hoy está en juego, y siempre ha estado y estará, es la educación; lo contingente e histórico es que sea pública. Por lo menos en la tradición occidental, en la que nos movemos, hace menos de un siglo que la educación se concibe como un derecho que debe garantizar el Estado, aunque son pocos los Estados que lo han hecho realidad. Y es que la educación como derecho no fue en ningún momento un regalo generoso del Estado sino una conquista del pueblo en sus múltiples luchas, que le han costado mucho dolor y sangre. Por eso, lo que ocurre en la educación pública hoy es una prueba irrefutable del carácter clasista del Estado y de su función dentro del sistema de dominación: como derecho, la educación pública está siempre en peligro, amenazada por el mismo Estado y las élites de poder que lo controlan y quieren usar los recursos para fines más convenientes a sus intereses. De ahí que este derecho haya que reconquistarlo cada día desde las aulas mismas y en las calles.

Antes la educación se asumía como un privilegio “natural” de las élites, que se lo procuraban con sus propios medios; por esta misma razón la educación tenía otra función social: los aristócratas griegos que asistían a la Academia de Platon o al Liceo de Aristóteles no intentaban cualificarse para salir a buscar trabajo en un mercado laboral competitivo; de entrada su privilegio consistía en no tener que trabajar y por eso estudiaban por amor a la sabiduría, por un compromiso con cierto ideal de vida buena en términos éticos y políticos, aunque este ideal no vinculara a la mayoría de la población que tenía que trabajar para garantizarles a ellos sus extravagancias. Nosotros, en cambio, tenemos que trabajar, pues antes de garantizarnos ese ideal de vida buena debemos por lo menos mantenernos vivos. Por eso vamos al colegio, y los que podemos a la universidad, para cualificarnos como trabajadores y aspirar a algún lugar “digno” en el mercado laboral que nos permita una vida por lo menos más cómoda y confortable (no necesariamente más digna) que la de nuestros padres.

Esta es la gran dicotomía que enfrentamos cuando salimos a la calle a defender el derecho a la educación, pues la mayoría de las veces lo que defendemos realmente es el derecho al trabajo. Esto, sin atinar a pensar (por la presión de la necesidad) que en verdad lo que necesitamos, merecemos y podemos tener es una vida donde trabajemos menos y vivamos más plenamente los gozos del espíritu: es decir, que podamos poner la educación en función del crecimiento espiritual, del fortalecimiento comunitario, del amor, de la solidaridad, del respeto, de la vida buena, de la felicidad, en una palabra, de la construcción de una verdadera humanidad. Así, pues, incluso cuando el Estado garantiza el derecho a la educación, destinando recursos suficientes para ello, lo hace en favor de la dinámica capitalista y su lógica de acumulación.

Hoy, en plena era neoliberal, salimos a luchar contra el fantasma de la privatización siempre como reacción a alguna coyuntura económica, alguna amenaza legislativa o de otro tipo y no nos damos cuenta que desde hace mucho la universidad pública se ha venido privatizando de a pocos: no solo en determinadas áreas, como los posgrados y la extensión, sino que la lógica de mercado ha invadido toda su dinámica. La desfinanciación de la universidad pública es una estrategia planificada desde el Estado y la élite de poder, y tiene como propósito que la Universidad tenga que financiarse por sus propios medios, tal como ocurre hoy también con los hospitales, que se llaman Empresas Sociales del Estado y que de sociales tienen cada vez menos y del Estado solo la presión de la burocracia para que cumpla con estándares de eficiencia y rentabilidad en medio de la competencia con las EPS y hospitales privados.

En el mundo de hoy, donde el desempleo es la gran amenaza de cada día, el sistema educativo se ha perfeccionado en su doble función: formar mano de obra calificada, barata, dócil e insensible para beneficio del capital. De paso, descargar toda la responsabilidad sobre el individuo, que nunca estará lo suficientemente cualificado para aspirar a un buen trabajo en medio de la competencia voraz que reina en el mercado laboral profesional. Por eso proliferan los posgrados hasta el punto de convertirse en un negocio redondo para el mismo capital que ahora presiona, o más bien orienta, al Estado para que desvíe los recursos de la educación pública hacia sus arcas.

En esa misma medida, la mayoría de las veces las luchas por la defensa de la educación pública son ante todo luchas por la inclusión en el sistema, cuando de lo que se trata es de hacer explotar el sistema. Y en ello, lo poco que queda de la universidad pública sigue siendo sumamente importante, a fin de que la pelea por su financiación vaya más allá y fortalezca una lucha por la transformación no solo del sistema educativo sino de la educación misma y sus fines, desde adentro, desde las mismas universidades públicas. Tal vez esta sea la coyuntura más favorable para este fin, dado que tanto estudiantes, profesores como directivos parecen sensibilizados con la defensa de la educación pública. Ahora, la pregunta es para qué defendemos el carácter público de la educación. Lo primero sería entender que no son incompatibles por principio la formación para el trabajo y la formación para la vida, pues el trabajo no puede seguir siendo el destino de las mayorías y la vida el privilegio de unos pocos.

Creemos que lo público es un paso intermedio hacia la gestión comunitaria de los bienes comunes en función de fines comunes. Pero esto requiere la construcción de verdaderas comunidades, integradas por sujetos libres, solidarios y amorosos. Hoy es necesario defender el carácter público de la educación como un escenario (entre muchos otros posibles) para formar estos sujetos, capaces de construir verdaderos tejidos comunitarios e imaginar colectivamente mundos posibles donde el Estado no sea ni un aparato de poder ni un mal necesario, donde las comunidades organizadas puedan administrar sus escuelas, hospitales, centros recreativos, talleres, fábricas, granjas, cultivos, etc. Donde la vida se organice colectivamente en función de su mejoramiento permanente y no en función de la acumulación ciega de riqueza material.

El Mural por la Educación - Denst Caracol Volador y Cromos.jpg
“El Mural por la Educación” – Denst Caracol Volador y Cromos

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