Editorial No 36: Otra política para confrontar la derechización actual de la vida

Rito sagrado-Julian Coche Mendoza
“Rito sagrado” de Julian Coche Mendoza

Brasil, el país más grande y pujante de América Latina, acaba de elegir como presidente a Bolsonaro, un exmilitar oscuro, atrabiliario y pendenciero, estilo Uribe, que defiende muy horondo la dictadura militar y la tortura. Y ha ganado con una diferencia de votos abrumadora frente al candidato de centro-izquierda, que, supuestamente, presentaba una imagen más sobria y, sobre todo, un programa de gobierno para disminuir las desigualdades sociales y mejorar las condiciones de vida de los brasileños más pobres. Esto, definitivamente, representa una desgracia para los pobres del mundo, pero una desgracia que no nos ha caído encima de la noche a la mañana, sino que ha venido cobrando forma ante nuestros propios ojos impávidos durante las últimas tres décadas.

El fenómeno Bolsonaro, por lo demás, no es exclusivo de Brasil. Como personaje siniestro, que ha logrado movilizar las masas con un discurso y una política de gobierno contra los intereses más básicos de éstas, Uribe le lleva incluso la delantera, con su discurso y actitud prepotente, machista, homofóbica y misógina; y entre los mal hablados y atrabiliarios tenemos también a Peña Nieto en México o a Macri en Argentina. Si miramos más allá de América latina nos quedamos aterrados con Putin, Rajoy y otros. ¿Cómo han podido estos tipos desarrollar políticas tan criminales en contra de sus propios pueblos, llevar la corrupción a niveles fabulosos, estrechar tanto sus vínculos con las mafias internacionales, y, sin embargo, mantener el favor de las masas?

Es un hecho que estos gobiernos no han sido elegidos y reelegidos solo con los votos de su propia clase, sino con los votos de los pobres, que son las mayorías en el mundo. Pero de poco nos sirve, para respondernos la pregunta anterior, el expediente fácil de que las masas son manipuladas por los políticos o que estos triunfan gracias a sus maquinarias bien aceitadas. Mucho menos el recurso inquisidor del que se han apropiado otros, señalando al “pueblo” como responsable por votar de manera tan inconsciente. Si de verdad queremos darle un viraje a esta tendencia, tenemos que mirar la realidad de frente y asumir que eso que hasta hoy se ha llamado izquierda, o corriente política revolucionaria, ha fracasado, cuando no desistido, en su tarea de formar un sujeto consciente, crítico, autónomo y capaz de transformar su propia realidad. Y ello se evidencia en el fracaso de los gobiernos, supuestamente progresistas, en América Latina, que desaprovecharon su cuarto de hora para generar procesos de transformación social que, más allá del mejoramiento de las condiciones materiales de vida, evidenciaran un cambio de conciencia y capacidad de agencia de las masas.

Más allá de señalar culpables debemos hoy analizar el contexto en el que estamos y buscar en él las posibilidades que nos presenta para avanzar en una transformación real. Evidentemente vivimos en un contexto de derechización de la sociedad en su conjunto. La ideología y el comportamiento derechista se hace presente no solo en que las masas elijan gozosas a sus verdugos y en que cuando un político progresista llega al poder lo ejerce con las mismas mañas y estrategias de sus enemigos; ella está presente en nuestro comportamiento y en nuestro discurso cotidiano. En la naturalización de prácticas excluyentes, de dominación, de desprecio por el otro, de corrupción, etc., se hace patente el rostro del fascismo que, cuando se manifiesta colectivamente y en masa deja ver el monstruo que como sociedad estamos encarnando.

Cuando aceptamos que la homosexualidad es antinatural, que los pobres se merecen su suerte por perezosos, que las mujeres son brutas e inferiores por naturaleza, que en los barrios populares solo nacen malandros, que cuando matan a alguien es porque se lo merecía, que los estudiantes salen a protestar porque son desadaptados tirapiedras, que los sindicalistas son los que acaban con las empresas, que los campesinos e indígenas son atrasados, que el estudio es un privilegio, que el dinero es el bien más preciado y que los ricos son dignos de admiración porque han sabido hacer plata, que la naturaleza es un reservorio de recursos para ser explotado de forma gratuita e inmisericorde en función de dicho enriquecimiento, cuando pensamos así le estamos dando vida a ese monstruo que amenaza de muerte todo lo bello y noble.

Y la mayoría de las veces pensamos así y actuamos en consecuencia, aunque no nos demos cuenta; al fin y al cabo, somos hijos de la sociedad en que vivimos. Lo nuevo del actual contexto es que hoy, legitimadas por políticos como Bolsonaro y Uribe, buena parte de las masas, cuya consciencia ha sido formada por los medios masivos de comunicación, sus novelas y toda la publicidad mercantil, piensa y actúa así de forma “consciente”, como si fuera la forma natural de hacerlo. Están blindadas contra los argumentos, contra el diálogo y el consenso; solo aceptan el “argumento” del más fuerte, del que truena con el rugido y la bala, y defienden con vehemencia su actuación, tronando de la misma manera.

Y mientras la derecha, sin mucho esfuerzo, por cierto, ha ido moldeando este tipo de sujetos desde todas las instancias sociales (instituciones, familia, medios masivos, escuela), buena parte de los sectores de izquierda nos volcamos a la conquista del poder por la vía electoral, con la idea que desde allí se podrían realizar reformas estructurales que dieran origen a una nueva sociedad. Entre tanto, hemos descuidado el trabajo paciente que nos ha enseñado la arañita cuando teje lenta, casi imperceptiblemente, tupidos tejidos con las secreciones de su propio cuerpo.

Así como la imposición del neoliberalismo con toda la injusticia y miseria que trae para las masas ha requerido la formación de este sujeto egoísta, machista y fascista, la apertura a una sociedad justa requiere la recuperación en los individuos y colectividades de los valores que el neoliberalismo ha venido aniquilando; requiere, en última instancia, de la reconstrucción de un tejido comunitario que ha sido roto por la lógica exacerbada del mercado y la competencia. A esa tarea deberíamos orientarnos si la meta realmente es la construcción de poder político como capacidad de acción y de transformación social. No sobra recordar que el verdadero poder es colectivo, comunitario, y se construye desde abajo, todos los días, a cada instante.

La semillera-mark-henson
“La semillera (Fragmento) de Mark Henson

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